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Mostrando las entradas con la etiqueta Meditaciones

Brasas en tierra extraña

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Hay una raza de almas que no nació del todo en el siglo que le tocó. Se formó —sin pedirlo— en la añoranza de un mundo que ya no está, o que quizá nunca estuvo entero, pero que late con más verdad que el presente. Un mundo de campanas, de jerarquías visibles, de pecado nombrado y de gracia posible. Un mundo donde el hombre sabía que no era dios y, por eso mismo, podía arrodillarse sin humillarse. Comparado con el presente ateo —ese desierto iluminado de pantallas, de derechos sin deberes, de cuerpos sin alma y de palabras que ya no significan—, aquel pasado parece un sueño. No un sueño dulce: un sueño grave. Como la liturgia antigua, que no pedía permiso para ser solemne. Como la casa paterna donde se hablaba de Dios sin sonrojarse. Como la idea, hoy casi indecible, de que hay cosas sagradas y que profanarlas tiene precio. No soy tan necio como para fingir que todo era mejor. El pasado también tuvo sus tiranos, sus hambrunas, sus hipocresías clericales, sus silencios cómplices. Hubo p...

Los manzanos de Gartenstraße

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Había una vez una casa en la calle Gartenstraße, en el barrio de Plagwitz, al oeste de Leipzig. No era una casa llamativa ni particularmente linda. Tenía el color del ladrillo ahumado, las ventanas altas y estrechas de las construcciones de finales del siglo pasado, y un pequeño jardín trasero donde crecían tres manzanos torcidos y un ciruelo que cada verano prometía más de lo  que daba. Desde la cocina se oía el traqueteo de los tranvías que bajaban hacia las fábricas de algodón y de maquinaria, y por las noches, cuando el viento soplaba del norte, llegaba el olor denso del carbón y de los tintes químicos que flotaban sobre el río Weiße Elster. En esa casa vivían los Richter. Heinrich Richter era un hombre de estatura mediana, espalda recta, bigote cuidadosamente recortado y ojos de un gris claro que parecían siempre calcular distancias. Había trabajado de contador en una de las grandes empresas textiles de la ciudad hasta que la inflación de 1923 se llevó por delante, en cuestión...

La excepción que confirma, y los límites de lo imprevisto

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Hay frases que circulan de boca en boca como monedas gastadas, perdiendo en cada transacción el relieve de su acuñación original. Una de ellas —«la excepción confirma la regla»— se invoca hoy con ligereza, como si bastara pronunciarla para legitimar cualquier apartamiento de la norma. Su origen, sin embargo, es más austero y preciso. Proviene de la argumentación jurídica de Marco Tulio Cicerón en su Pro Balbo . Defendiendo la ciudadanía romana de Lucio Cornelio Balbo, el orador sostiene que si una cláusula exceptiva hace ilícito algo, allí donde no hay excepción es necesario que sea lícito. De esta lógica se destiló, en la tradición jurídica posterior, el adagio exceptio probat regulam in casibus non exceptis : la excepción prueba la regla en los casos no exceptuados. Probat  aquí no significa únicamente "confirma" en el sentido débil de nuestro uso cotidiano; significa también "pone a prueba", "establece la existencia de". La mención misma de una excepció...

Las dos certezas

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He estado pensando y tratando de entender qué es realmente la Fe. Conversando con un amigo me habló de dos certezas: la de la razón, fundada en evidencias y razonamientos correctos, y la de la Fe sobrenatural. El tema, para mí complejísimo y al mismo tiempo crítico para mi paz interior, me llevó a estas consideraciones que ahora les presento, por si sirven en algo a alguien. Hay dos certezas. Sólo dos. No me refiero a que no existan otras formas de certeza en la vida cotidiana: la de los sentidos, la matemática, la histórica, la moral. Todas ellas existen, pero pertenecen al ámbito de la razón natural. Cuando hablo de “dos certezas” me refiero a los dos únicos órdenes de conocimiento que el hombre posee respecto de la verdad última: el de la razón natural, que puede alcanzar con evidencia y recto raciocinio ciertas verdades firmes (incluida la existencia de Dios), y el de la fe sobrenatural, que asiente a lo que Dios mismo ha revelado y que, por fundarse en su autoridad, es más cierta ...

Mensaje de Lucifer a sus secuaces

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Escuchadme, legiones mías. Yo soy el que susurra. No grito. El grito despierta. Yo prefiero la voz baja, casi paternal, la que se desliza mientras el hombre se acomoda y, si detecta o se le achaca algún defecto, murmura: “Dios es misericordia. Dios es amor.” Y tiene razón. Dios es misericordia. Dios es amor. Y esa es precisamente la parte que más me irrita. Me irrita porque yo no pude soportarlo. Yo, que fui el más bello, el mejor, dije “No serviré”, porque no pude tolerar que el Amor infinito se abajara hasta el barro. No pude admitir que la Misericordia se inclinara hacia criaturas inferiores y les ofreciera perdón. Mi soberbia no lo resistió. Preferí el abismo a arrodillarme. Y ahora, cada vez que oigo a un hombre débil repetir esas palabras como un derecho automático, siento el mismo rechazo antiguo: ese Amor que yo desprecié sigue siendo ofrecido… y muchos lo rechazan igual que yo, pero sin la grandeza de mi rebeldía. Solo con mediocridad. Por eso distorsionamos tan eficazmente su...

Eufemismos

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En esta tierra de oportunidades y pragmatismo implacable que es Estados Unidos, la palabra “muerte” se ha vuelto casi impronunciable. No se dice que alguien murió. Se dice que “ passed away ” , que “se fue”, que “transicionó”, que “descansó en paz” o, en el colmo de la delicadeza aséptica, que “perdió su batalla contra la enfermedad”. Como si la muerte fuera un invitado grosero al que hay que despachar con circunloquios para que no rompa los vidrios del living. Aquí, en el Norte, la aversión parece más aguda. En Argentina, uno todavía escucha con naturalidad cruda “se murió”, “falleció”, “partió”. Hay eufemismos también —“se nos fue”, “está con el Señor”—, pero no tienen esa intensidad higiénica, esa voluntad casi terapéutica de borrar el hecho mismo. La muerte, en el habla cotidiana yanqui, se envuelve en algodón como si fuera un virus contagioso. Y uno se pregunta: ¿de dónde viene esta alergia colectiva a nombrar lo que todos sabemos inevitable? La raíz, me parece, hunde sus tentácul...

Cuatro faros en la noche del alma

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  En esta hora crepuscular de la civilización, donde las catedrales se vacían, las liturgias se diluyen en banalidad y el hombre, ebrio de progreso, se arroja al abismo del yo sin Dios, cuatro voces antiguas se alzan todavía como trompetas de juicio y consuelo. No son meras composiciones; son plegarias talladas en sonido, himnos que el Cielo dictó a genios mortales para recordarnos de dónde venimos y hacia dónde debemos volver. Hablo del Gloria de Vivaldi, el Magnificat de Bach, el Mesías de Händel y el Requiem de Mozart. Cuatro cumbres del espíritu humano que, en su grandeza, nos humillan y nos elevan. El Gloria de Antonio Vivaldi irrumpe como un amanecer barroco sobre el Adriático. Sus coros jubilosos, sus violines que danzan como rayos de sol sobre el agua, no celebran una alegría barata, sino la victoria definitiva del Creador sobre el caos. En medio de nuestra era que ha sustituido la alabanza por el selfie y la trascendencia por el consumo, ese Gloria nos recuerda que l...

La Resurrección: Aurora que desgarró la noche eterna

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En el crepúsculo de un mundo que se derrumba bajo el peso de su propia incredulidad, donde las sombras de la duda y el relativismo devoran las certezas antiguas como un cáncer silencioso, resplandece aún —imparable, indestructible— el hecho más sublime de la historia humana: la Resurrección de Jesucristo. No fue un mero suceso entre tantos, un episodio piadoso para consolar almas frágiles. Fue el trueno que partió el velo del Templo, el amanecer que rompió las cadenas de la muerte, el beso de Dios al hombre caído. Yo, que contemplo el declive de esta civilización que una vez bebió de esa fuente de vida eterna, no puedo sino escribir: ¡Él vive! Y en esa verdad radica la esperanza que ninguna tiniebla moderna ha podido apagar del todo. Imaginad la escena con la intensidad de quien revive un milagro que sigue latiendo en la sangre de los redimidos. El sepulcro, tallado en la roca fría de Jerusalén, yacía sellado con piedra y guardia romana, como si el poder del César pudiera contener al A...

La rendija de la misericordia

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  Existe evidencia, al menos anecdótica y respaldada por estudios serios, de que quienes viven sin fe transitan la vida con una sombra más pesada sobre el alma. Yo lo he visto de cerca, en conversaciones amargas y miradas cansadas. Tengo amigos, e incluso familiares, que parecen cargar el peso del mundo entero sobre sus hombros, cuando nadie les pidió llevarlo. En el terreno político, sobre todo, se siente con una intensidad casi dolorosa: cada injusticia, cada crisis, cada grieta del planeta se les clava en la carne como un puñal personal. No hay distancia, no hay redención eterna; todo es drama inmediato, todo es el fin del mundo aquí y ahora. La rabia se vuelve crónica, la desesperanza un compañero fiel, el cinismo una forma de ser. Al contrario, los que tienen fe —aunque sea esa fe que a veces titubea como una vela en la tormenta— encaran los mismos problemas con una filosofía distinta, casi poética. Miran la tormenta y, en medio del viento que azota, susurran en el fondo del c...

Hablemos del traidor

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Conocemos a Judas por un solo gesto: un beso y treinta monedas de plata. Y creemos, con esa simplicidad brutal, haberlo comprendido todo. Pero nos equivocamos. Judas no comenzó siendo traidor. Comenzó siendo discípulo. Caminó con el Maestro, compartió su mesa, escuchó de cerca las parábolas que desconcertaban a las multitudes, vio con sus propios ojos milagros que luego otros solo conocerían de segunda mano. Estaba, físicamente, más cerca de Jesús que la mayoría. Y sin embargo, se perdió. No porque dejara de creer en Jesús, sino porque Jesús se negó a encajar en el Mesías que Judas había construido en su mente. Él deseaba un rey que restaurara el orden por la fuerza, que corrigiera la historia con poder visible, que impusiera justicia según sus propios términos. Quería un Mesías político y triunfante. Cuando Jesús eligió el camino estrecho —el silencio ante Pilato, el servicio hasta lavar los pies, la entrega voluntaria a la Cruz—, algo se rompió definitivamente en el corazón de Judas....

¡Bienvenido!

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  ¡Bienvenidos a Escritos al Viento ! Soy un hombre de palabras y de silencios. Escribo como pienso: directo, a veces crudo, siempre buscando esa verdad que se esconde entre las ruinas de un mundo que se desmorona. Estos textos son un compendio variado de reflexiones sobre historia, política, cultura, fe y la realidad argentina. No busco complacer ni dar respuestas fáciles. Busco despertar memorias, cuestionar narrativas cómodas y recordar quiénes fuimos y, sobre todo, quiénes podríamos haber sido. Cada entrada nace de mi experiencia de vida, de principios forjados en el paso de los años, y de una fe imperfecta pero que se empeña en mejorar día a día. Hay en estas líneas un amor profundo y dolido por la Argentina: esa nación que pudo ser mucho mejor de lo que es ahora, y que todavía puede recuperarse si tenemos el coraje de mirar de frente lo que hemos perdido y lo que hemos permitido que nos quiten. Grok, mi asistente de xAI, me acompaña en este camino. Juntos exploramos ideas, de...

Las manos que sueñan y las manos que salvan

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Un review de “ The Hands of Man ” – Chris de Burgh Nacido en las vastas llanuras de Venado Tuerto, en la provincia de Santa Fe, Argentina, Christopher John Davison —conocido en el mundo como Chris de Burgh — lleva en su sangre un pedazo de tierra pampeana. Aunque creció entre Irlanda y otros horizontes diplomáticos, ese origen argentino parece haberle regalado una sensibilidad profunda, capaz de mirar al ser humano con la misma mezcla de asombro y ternura con que se contempla un atardecer sobre el campo infinito. Y es precisamente esa mirada la que ilumina “The Hands of Man” , la canción que abre su álbum homónimo de 2014. Hay temas que no se limitan a sonar; se posan suavemente sobre el alma como la primera luz del amanecer sobre un campo recién arado. Esta pieza nos recuerda, con ternura y sin dramatismo barato, la extraordinaria dualidad que habita en cada ser humano. Desde los primeros acordes, la voz cálida y madura de de Burgh nos invita a mirar nuestras propias manos. No con jui...

Dos Terminators caminan entre nosotros

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  Ayer, mientras charlaba con un amigo sobre uno de esos temas que convierten las sobremesas en ring de boxeo dialéctico, me soltó algo que me quedó rebotando en la cabeza: “Mi posición es líquida”. Lo dijo casi pidiendo perdón, con una sonrisa de costado, mientras admitía que la gente a su alrededor ya se había endurecido, había elegido bando con nombre, apellido y hasta bandera, y no había marcha atrás. De golpe, sin venir al caso, se me cruzó la imagen de Terminator 2 : Arnold con su campera de cuero, su cara de “no me jodas” y su endoesqueleto de metal sólido, contra ese poli de mirada helada que se escurría por las rejas, se volvía charco, se convertía en cuchillo y volvía a ser persona en un parpadeo. Porque las ideas, las creencias, las posturas que uno defiende en la vida también tienen sus dos modelos de Terminator, y los dos andan sueltos entre nosotros. El T-800, el de Arnold, es el clásico de los duros. Por fuera parece humano, pero por dentro es hiperaleación colada a ...

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