Brasas en tierra extraña
Comparado con el presente ateo —ese desierto iluminado de pantallas, de derechos sin deberes, de cuerpos sin alma y de palabras que ya no significan—, aquel pasado parece un sueño. No un sueño dulce: un sueño grave. Como la liturgia antigua, que no pedía permiso para ser solemne. Como la casa paterna donde se hablaba de Dios sin sonrojarse. Como la idea, hoy casi indecible, de que hay cosas sagradas y que profanarlas tiene precio.
No soy tan necio como para fingir que todo era mejor. El pasado también tuvo sus tiranos, sus hambrunas, sus hipocresías clericales, sus silencios cómplices. Hubo pobreza que no era sencillez evangélica, sino hambre. Hubo autoridades que confundían el cetro con el látigo y abusaban de él. Quien idealiza sin ojo crítico se vuelve un niño que llora un juguete perdido. Yo no quiero ese consuelo barato.
Y, sin embargo, la nostalgia no se va. Es más profunda que el recuento de defectos. Es el reconocimiento de que algo esencial se ha quebrado: la verticalidad. El hombre moderno vive de rodillas ante lo horizontal —el mercado, el deseo, la opinión, el Estado— y se cree libre porque ya no mira hacia arriba. Nosotros, los formados en aquella añoranza, caminamos por este siglo como quien ha visto o al menos intuído otra arquitectura del alma. Por eso nos sentimos fuera de lugar. No por superioridad. Por desajuste. Como un instrumento afinado para otra música.
La tirantez no termina ahí. Porque el pasado admirado no se ha apagado del todo. Hay brasas que todavía humean. Un sacerdote que celebra como si el altar no fuera un mostrador. Una familia que reza en voz alta sin pedir disculpas. Un joven que descubre, casi a hurtadillas, que la verdad no es una convención social. Un gesto de piedad en un hospital, una campana que todavía suena, un verso que no se avergüenza de nombrar a Dios. Reflejos, a veces nítidos, a veces lejanos, de aquello que se creía extinguido.
Y no son sólo destellos individuales, milagros privados en medio del naufragio. La sociedad misma —moldeada durante siglos por principios cristianos— retiene, como arrugas en un rostro que ya no quiere reconocerse, algunos trazos de su antigua forma. Quedan instituciones que todavía hablan de dignidad sin saber de dónde vino la palabra. Quedan leyes que protegen al débil con una lógica que ya no se predica. Quedan calendarios, umbrales, duelos, hospitales, universidades y hasta hábitos de cortesía que son ruinas habitadas de una cristianidad que se niega a morir del todo. No es el edificio entero: son pliegues, cicatrices, una arquitectura moral que el presente usa sin saber de donde vienen. Una chispa, una arruga. Pero basta eso para recordar que el fuego existió, y que el cuerpo social aún no ha logrado rechazar por completo la forma que le dio la fe.
¿Nos hace esto más extranjeros en nuestro propio tiempo? Sí. Y no. Más extranjeros, porque cada brasa denuncia el frío del entorno. El fuego que ya no arde. Ver lo que queda vuelve más intolerable lo que se ha perdido. El contraste agudiza el destierro. Uno ya no puede pretender que “así son las cosas ahora” con la misma inocencia. El reflejo lejano nos acusa de habernos acostumbrado demasiado.Pero también menos extranjeros, porque esas brasas prueban que el tiempo no es dueño absoluto. Si algo de aquello sobrevive —torcido, reducido, escondido—, entonces no somos meros fantasmas de un museo. Somos testigos de una continuidad herida. Tal vez herida de muerte, pero viva aún. El extraño no es solo el que extraña; es también el que reconoce la firma de lo eterno en lo que todavía arde.
Y aquí aparece la pregunta más dura: ¿encontrar a Dios actuando hoy es un reproche a nuestro mirar hacia atrás?
Puede serlo, si la añoranza se ha vuelto ídolo. Si miramos atrás para no mirar el rostro vivo que todavía se inclina sobre este siglo feo. Si preferimos la estampa del pasado a la presencia real —más pobre, más escondida, más ofendida— que sigue obrando entre nosotros. Entonces sí: el Dios de ahora nos corrige. Nos dice que no lo hemos buscado donde Él se digna estar.
Pero no es necesariamente un reproche. Porque el mismo Dios que actúa hoy es el que actuó ayer. No hay dos dioses: uno “tradicional” y otro “contemporáneo”. Hay uno solo, que no envejece. Mirar hacia atrás con fidelidad no es huir de Él; es reconocer Sus huellas en la arena de la historia. Las brasas no contradicen la añoranza: la verifican. Si Dios sigue encendiendo algo en este presente ateo, no nos invita a olvidar lo perdido, sino a no desesperar de lo que permanece.
La tentación del nostálgico es convertir la memoria en sepulcro. La tentación del moderno es convertir el presente en único altar. La verdad está en la tirantez: vivir hoy, sin rendirse al hoy; recordar, sin embalsamar; ver las brasas, sin fingir que ya es la hoguera; sentirnos fuera de lugar, y aun así saber que el Señor no se ha mudado de siglo.
Se vive entonces de rodillas, pero de pie. Con la añoranza a cuestas, no como un museo privado, sino como una lealtad. Y cuando aparece un reflejo —claro o lejano— no lo usamos para condenar el tiempo, ni para absolvernos de él. Lo usamos para decir, otra vez, lo único que no envejece: fiat voluntas tua.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
Muy claras tus palabras y el sentido que les das, el optimismo de la fe, un don que muchas veces, va y viene, pero está dentro nuestro. Aún el ateo, sin saberlo tal vez, vive dentro de valores cristianos (no excluyo para nada, otros ámbitos de lo sagrado).
ResponderBorrarLa interminable y muchas veces inutil lucha, entre el pasado, el presente y el futuro, está en nosotros. Está allí el desafío, el viaje personal, en intentar convertir en el oro interior el vil metal.
Son, Alfonso, tus palabras para reflexionar (costumbre que hoy está devaluada), por eso te agradezco. Un abrazo.
Gracias querido Alfonso por darte tiempo para volcar tus pensamientos y, con tanta generosidad, compartirlos con tus amigos! Nos ha tocado un mundo difícil, con parámetros que no nos pertenecen! En mi caso particular y para evitar confusiones y caminos que no tengo tiempo de desandar, me aferro a mis viejos principios, dónde el blanco no era un color confuso! La vida y el temor a perder el rumbo me hicieron reacia a tanto cambio! A veces nuestro cerebro es nuestro peor enemigo! No sé lo permitas! Abrazo enorme!
ResponderBorrarGracias! Me encantó.
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