Pastores de camisa gris
Se los ve en la foto de asamblea y el ojo, antes que el oído, ya ha entendido. Dos filas, parquet, sonrisa de plenario. Detrás, un tapiz: la escena sagrada, el rojo, el oro, el buey, lo que la Iglesia fue cuando todavía se atrevía a representarse. Delante, la Comisión. Camisas grises, blancas, una celeste. Manga corta. El alzacuello como único distintivo, y una cruz otrora pectoral, ahora a la altura en que la panza le ganó al cinturón. Sonríen como el dirigente que ya tiene el comunicado en el bolsillo y puede irse a almorzar. El tapiz predica. Ellos presiden. Parecen más los directivos de un sindicato que pastores elegidos por Dios para guardar la fe.
El parecido no es un chiste de café. Es un estilo. El sindicalista argentino tiene una estética y una moral de aparato: la foto de equipo, el texto que no compromete, la reivindicación que siempre es de otro, la prudencia que se llama conducir. El Episcopado, cuando se fotografía como cuerpo, entra en esa pose. No arriesga la verdad completa. Administra el malestar. Entre el tapiz y la camisa gris ganó la camisa.
El oído confirma lo que el ojo sospechó. Los textos de la Conferencia Episcopal Argentina podrían firmarlos el director de una ONG con buen presupuesto de prensa. Se reconstruyen vínculos. Se superan divisiones. Se invoca el bien común. Se humaniza la fragilidad. La Pastoral Social habla de «La fragilidad que nos humaniza». El feed de @EpiscopadoArg pica lo mismo para la red: Semana Social, Programa FE, acreditación de prensa, canción para la visita del Papa, «caminar juntos como Pueblo de Dios». Cristo aparece, sí, cada tanto: en Pascua, en alguna cita del Pontífice, en la felicitación de rigor. No es el eje del discurso. Lo visita.
No lo supongo. Está escrito. Y cuando hablan a título personal, el tono no se rompe. Colombo, en X, reproduce a la CEA: aniversarios, voluntarios, colectas, una alerta puntual contra las apuestas online. Pizarro, secretario general, lo dijo en una entrevista sin sonrojo. La Iglesia, aseguró, no se calla; pero aclaró enseguida que no sale «a responderle a Milei», sino «a la realidad social». Y cerró el círculo: «la política es el bien común». Traducido: callarse sería quedarse en la sacristía; hablar es opinar sobre la calle. El altar no entra en la definición. El no callarse se mide por el barrio, no por la fe. La camisa gris no es sólo un símbolo. La doctrina también se escribe en gris.
Hay homilías más vivas, sobre todo fuera de Buenos Aires. No redimen el tono grupal. Esta nota no juzga a cada prelado en su diócesis. Juzga al cuerpo cuando habla como cuerpo. Y el cuerpo habla como una secretaría.
¿Hay algo particularmente argentino en esto? Sí. No es sólo el tono genérico de las conferencias de Occidente, que también aprendieron el dialecto de la ONU. En la Argentina esa lengua tiene casa y raíces. Se llama, desde el postconcilio, teología del pueblo. Nació en la COEPAL, la comisión que el Episcopado armó para aplicar el Concilio; pasó por el Documento de San Miguel, en 1969; se pensó en Lucio Gera y se caminó en Rafael Tello; y llegó a Roma con un papa argentino. La intuición era verdadera: aquí la fe no cabe sólo en el manual europeo. Está en el pueblo bautizado, en la Virgen de Luján, en el pobre que reza aunque no sepa el catecismo. Eso merecía pastores que lo guardaran y lo llevaran a Cristo. Tuvo, demasiadas veces, dirigentes que lo volvieron consigna. El pueblo quedó como palabra talismán. La doctrina, como sospecha de frialdad. Las formas, como olor a sacristía oligárquica. Y en un país donde la informalidad se confunde con autenticidad, el obispo que se desabrocha el oficio cree estar más cerca de la gente. Está más cerca del dirigente.
La falta de respeto a las formas no es un descuido. Es una teología, y es argentina. Quien desprecia el rito, el hábito y la precisión del dogma suele despreciarlos porque los cree ajenos al pueblo: cosa de sacristía, de manual europeo, de una clase que reza tiesa. En esa novela —y es una novela muy nuestra, donde el pueblo siempre tiene razón contra la forma— el bautizado no necesita definiciones. Necesita que lo acompañen. Así el pastor deja de enseñar y se vuelve operador de cohesión. Así el comunicado reemplaza al Credo. Así la tradición, que en la Iglesia no es decorado sino el modo de entregar lo recibido, queda como un estorbo de otra clase: de los que no son del pueblo. El obispo de la foto no está sólo siguiendo una moda clerical de Occidente. Está obedeciendo un reflejo del país: sospechar de lo que tiene forma, y llamar pueblo a lo que no la tiene. Por eso el tapiz puede quedarse atrás. Nadie lo habita.
¿Son kirchneristas de alma? La pregunta está mal hecha, y por eso la respuesta se escapa.
No, si por eso se entiende ficha partidaria. El Episcopado chocó con el kirchnerismo en el aborto (aunque me pesa admitir que los Evangélicos se movieron más que los párrocos), en el matrimonio igualitario, en la educación sexual. En 2019 todavía pudo firmar que la ideología de género niega la realidad y que no es lícito quitar la vida de un inocente. Eso, claramente, no lo escribe un comité de La Cámpora. El kirchnerismo es una mutación tardía, y en lo moral chocó con la Iglesia más de lo que ella se atreve a recordar.
El mal es más viejo, y por eso más difícil de extirpar. Se llama peronismo, y ya no hace falta el partido para padecerlo. Desde 1945 el pueblo, la justicia social y la sospecha de la forma se volvieron el aire del país. El discurso hizo metástasis: salió del movimiento, tomó el sindicato, el aula, el diario, la parroquia, y quedó cuando el caudillo ya no estaba. Hoy se puede no ser peronista y hablar como si lo fuera. Se puede repudiar a un gobierno y seguir pensando el bien en ese idioma: el pueblo tiene razón, las formas son de otra clase, la doctrina es frialdad, acompañar es más cristiano que enseñar.
Ahí está el alma, si hablar de alma se trata. No compraron el carnet. Respiran el dialecto. Deuda social, exclusión, ajuste, vínculos, fragilidad, derechos, unidad del pueblo: es el registro en el que el cuerpo episcopal se siente en casa. Les cuesta menos denunciar un modelo económico que nombrar un pecado que hoy tiene lobby. Les cuesta menos el pobre como sujeto de reivindicación que el pobre como alma que puede perderse. Les cuesta menos «Nunca más» que «esto no se bendice». El otro idioma —el de la forma, el dogma, la tradición que obliga— les suena a restauración, y en la Argentina restauración es casi un insulto.
Por eso la foto parece la de un gremio y no la de un colegio apostólico. El sindicalista ya sabe ese libreto. El pastor tendría que saber otro, y el otro se le ha vuelto extranjero en su propio país. Uno puede decir: están con los pobres; eso es el Evangelio. Sí. También es el Evangelio el que no predican. Una Iglesia que consuela el cuerpo y calla el alma no ha elegido a los pobres: ha elegido no molestar. El pobre tiene hambre. También tiene un alma. Del primer hambre hablan con soltura. Del segundo prefieren la ambigüedad, que es la cortesía del que ya no cree que la verdad deba costar.
Cómo hablaría un episcopado fiel a su misión, en esta Argentina
Sueño, a veces, con una Iglesia cuya voz no haya que traducir. Una voz inequívoca, que se oiga en la tormenta y no pida permiso al viento. Un faro, no un semáforo. Una mano en el timón de la Barca de Pedro que no se desvíe cada vez que cambia el clima, ni las encuestas, ni el titular de mañana. No pido un episcopado perfecto. Pido uno que recuerde para qué fue ordenado. Tal vez no llegue a oírlo. No por eso dejo de añorarlo. Si lo recordara, no firmaría como quien teme. Diría, más o menos, esto:
Carta pastoral de la Conferencia Episcopal Argentina
A los fieles de la Iglesia que peregrina en la Argentina, y a todos los hombres de buena voluntad
Hermanos:
Les escribimos con la conciencia cargada y con la fe entera. Durante demasiado tiempo no estuvo claro, ni siquiera entre nosotros, que el centro de nuestro oficio es uno solo. Hablamos mucho de vínculos, de deuda, de unidad, de fragilidad. Cosas reales, y a su modo necesarias. Pero las pusimos muchas veces delante de lo único necesario. Callamos, o dijimos a media voz, que Jesucristo es el único camino de salvación. Pedimos perdón por ese silencio. No fue prudencia. Fue una pérdida del foco que nos constituye.
No hay otro nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvos. No hay otra puerta. No hay otra luz. Jesús no es una metáfora de la cohesión social, ni el patrono de una causa, ni un acento piadoso al final de un comunicado. Es el Hijo de Dios, el Crucificado y el Resucitado, el único Mediador entre Dios y los hombres. Quien lo predica como uno entre varios no lo predica. Quien lo calla para no herir no es pastor: ha dejado de ser lo que fue ordenado para ser.
A ustedes, pueblo argentino, les pedimos que vuelvan a vivir la fe. No como costumbre de bautismo, ni como pertenencia cultural, ni como adhesión a una causa. Vivan la fe: la misa, la confesión, el rosario, el mandamiento, la limosna hecha en nombre de Cristo y no en el propio. Busquen primero el Reino de Dios y su justicia. Lo demás —el pan, la casa, la paz de la casa, el salario, la suerte de la patria— se les dará por añadidura. No porque el mundo se vuelva fácil. Porque el que pone a Cristo en el centro deja de pedir a la política lo que sólo Dios puede dar.
De ese foco penden las cosas que también debemos proclamar, y que demasiado a menudo dijimos solas, como si se sostuvieran sin Él. El matrimonio es la unión de un varón y una mujer, tal como Dios lo instituyó. El niño por nacer es un inocente, y quitarle la vida no es un derecho. El pobre tiene hambre, y esa hambre nos incumbe; también tiene un alma, y esa alma nos incumbe más. La misericordia sin verdad no salva. La doctrina social sin doctrina es filantropía. Nada de esto es un programa político. Es consecuencia de haber creído que Jesús es el Señor.
Asumimos, delante de Dios y de ustedes, el compromiso de no perder otra vez ese foco. Es intrínseco a nuestra vocación y a nuestra razón de ser. No fuimos ordenados para arbitrar el malestar ni para administrar una secretaría de buenas causas. Fuimos ordenados para anunciar a Cristo, para absolver, para consagrar, para confirmar en la fe. Si alguna vez nuestros comunicados vuelven a ahogar el Nombre de Jesús, recuérdennos esta carta. Si alguna vez el silencio se disfraza de prudencia, recuérdennos que ya pedimos perdón por eso, y que prometimos no repetirlo.
El Papa vendrá a visitarnos pronto. Que no encuentre una Iglesia ocupada en parecer útil. Que encuentre una Iglesia que todavía sabe decir, con Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».
Y ponemos esta carta, y a la Argentina entera, bajo el manto de Nuestra Señora de Luján, patrona de la patria. A ella, que guardó la fe de este pueblo cuando los pastores dudaron, le pedimos que nos devuelva el foco que perdimos: que su Hijo vuelva a ser nombrado primero, y que todo lo demás nos sea dado por añadidura.
Los bendecimos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
La Conferencia Episcopal Argentina
Eso no es el manifiesto de un partido. Es el oficio. Es la voz que sueño oír, y que esta patria necesita más que otro diagnóstico de su malestar. Duele escribirla porque duele no oírla. Duele saber que el faro podría estar encendido y, sin embargo, seguimos gobernándonos por el rumor de las olas. Duele, sobre todo, añorar una foto que tal vez no llegue: la del mismo tapiz, y delante unos hombres que lo habiten.
Que Dios perdone la dureza de quien escribe desde la orilla. Y que no nos perdone habernos acostumbrado a unos pastores que parecen dirigir una causa, y no guardar un fuego. La Barca no pide capitanes de ocasión. Pide una mano que no suelte el timón.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
Agregado. 2 de octubre de 2026
Había cerrado la nota cuando Infobae tituló, con frase del arzobispo de Buenos Aires: "Al Papa lo espera una Argentina en crisis, con una gran cantidad de hermanos muy pobres". Jorge García Cuerva habló después de una misa en la Catedral, de cara a la peregrinación a Luján y a la visita de León XIV. No es un comunicado de la CEA. Es peor: es la voz suelta, la del primado, la que no tiene que pasar por la secretaría. Y dice lo mismo.
El Papa, anunció, se va a encontrar con una Argentina herida, dividida, con "esa famosa grieta". Con la descalificación y la intolerancia a la orden del día. Con "un porcentaje muy grande de hermanos que la están pasando mal, de hermanos muy pobres desde hace muchos años". Con una crisis que su abuelo ya había vivido y que sigue ahí. También, concede, con trabajadores que se levantan, apuestan por la familia y siguen luchando. La visita, cierra, "nos va a dejar tarea para el hogar".
Ahí está el artículo, dicho en la escalinata. Herida, grieta, hermanos, pobres, crisis, tarea. Ni una vez el Nombre de Jesús. Ni una vez el pecado. Ni una vez el sacramento. Ni una vez la conversión. El diagnóstico podría firmarlo cualquier dirigente que haya leído el parte. La patria duele, sí. Duele de hambre y duele de odio. Pero un arzobispo que describe el país que va a recibir al Papa y no nombra a Cristo no está preparando una visita pastoral: está entregando un informe social. La tarea para el hogar, en esa boca, no es confesarse. Es seguir acompañando.
No pido que calle a los pobres. Pido que no los use para no decir lo único que un sucesor de los apóstoles tiene encargo de decirle a un Papa que llega. Que este pueblo tiene hambre, y que tiene un alma. Que la grieta no se cierra con un abrazo. Que se cierra, si se cierra, cuando alguien vuelve a decir el Nombre de Jesús sin pedir permiso al clima político. García Cuerva le adelanta al Pontífice la Argentina de la camisa gris. Ojalá el Papa, al bajar, no encuentre sólo eso. Y si lo encuentra, que hable por encima del gris y nos de la luz y la claridad que necesitamos.
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