El camino

Empezarlo es fácil, sobre todo cuando se trata de una vida que no pedimos, en una familia que no elegimos, en un país que nos ignora y en un mundo que no conocemos. Pero con cada neurona que se despierta, con cada caricia y con cada ejemplo, se va esbozando un camino. El camino es aún difuso y no sabemos adónde nos lleva, porque fue imaginado por otros y no se encuentra en un mapa. La neblina de la ignorancia nos protege. Pero, poco a poco, tímidamente, optamos por esto o aquello, y cada opción es como un manotazo que disipa la bruma que nos rodea. Al menos vemos nuestros propios pies y damos los primeros pasos, y con cada pisada el camino parece tomar vida. Se afirma, se alarga. Nos tropezamos, y esas caídas nos enseñan sobre nosotros mismos y los demás. Nos levantamos y seguimos adelante. Vemos cada vez más lejos, soñamos cada vez más grande, somos cada vez más nosotros mismos. Nuestros pasos se aceleran y, como quien anda en bicicleta, el camino nos atrae hacia adelante.
Antes de que nos demos cuenta, el camino nos ha llevado más allá de las llanuras de la adolescencia a las montañas de la madurez. Nos sentimos más en control, dueños de nuestro destino. El camino nos muestra la naturaleza en una escala que no imaginábamos y nos hace perder el aliento. Pero las caídas son más grandes. Y no siempre sabemos si la roca que corta nuestro camino la dejó allí algún otro, o la olvidamos nosotros mismos. Tal vez una curva nos muestra la llanura que quedó atrás, envuelta en la bruma, y nos da nostalgia. ¿Y si vuelvo a la paz de lo simple, a la bendición de la ignorancia? Pero no se puede. Nos guste o no, el camino nos lleva entre las rocas, para arriba y para adelante. Hay días en que me pregunto si soy yo quien sigue el camino o si el camino me sigue a mí.
En la madurez, el camino se vuelve más angosto, pero también más claro. Las cumbres ya no son tan altas, pero cada paso requiere más esfuerzo. El paisaje se revela con una nitidez que a veces duele, y en él descubrimos la libertad de elegir: no somos meros caminantes arrastrados por el viento, sino artífices que trazan su ruta, guiados por una mano invisible, un Dios que susurra en las ráfagas y allana los senderos ásperos. A nuestro lado, aparece otro caminante, como un eco de la promesa eterna, alguien que comparte el peso de la mochila y el calor de las fogatas nocturnas. Juntos, vemos que nos siguen otros: hijos que revolotean cerca y lejos, explorando con sus propios pasos, pero siempre conectados en raíces comunes. Sus risas iluminan las sombras, sus tropiezos nos recuerdan los nuestros, y en su crecimiento hallamos un propósito que trasciende el propio andar.
Con el tiempo, el camino comienza a descender. Las montañas dan paso a un valle tranquilo, donde el sol brilla con una luz más suave. Los pasos son más lentos, pero no menos seguros. El cuerpo se cansa, pero el alma se aligera. Miramos alrededor y vemos a nuestros compañeros: el otro caminante, con las arrugas que narran nuestras historias compartidas; los hijos, tejiendo con cariño una red que nos sostiene. Algunos se adelantan, otros se rezagan, pero sus huellas permanecen, entretejidas con las nuestras. Nos preguntamos cuánto falta, pero el camino no responde. Solo nos invita a seguir, a saborear el viento que acaricia la piel, el crujir de las hojas bajo los pies, el eco de las voces que nos llaman, a vivir de lleno el ahora. Y en esa libertad elegida, sentimos la ayuda divina, como un faro que ilumina sin forzar el rumbo.
Y entonces, un día, el camino se detiene. No hay un final abrupto, solo una suave orilla donde la tierra se encuentra con el horizonte. La bruma regresa, pero ya no es la de la ignorancia: es una niebla luminosa, cálida, que no oculta, sino que abraza. Nos sentamos, no porque estemos cansados, sino porque sentimos que es hora de descansar. El camino, que alguna vez fue un misterio, ahora es un relato completo, enriquecido porque lo hicimos juntos. Pese a la distancia recorrida y los olvidos, su curso es ahora claro. No sabemos si fuimos nosotros quienes lo recorrimos o si él nos recorrió a nosotros. Pero en ese último instante, cuando la luz se desvanece, el silencio nos envuelve, y oímos cada vez más lejanos los pasos de los que siguen caminando, entendemos que el camino no era el destino, sino la vida misma, elegida en libertad y bendecida por un Dios bueno que siempre quiso que lleguemos a esta orilla. Que nos espera para otras caminatas en el más allá.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
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