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Santos Juan Fisher y Tomás Moro: Luces en la tormenta de la apostasía

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  Hoy, 22 de junio, la Iglesia recuerda a dos gigantes que no se doblegaron. San Juan Fisher, obispo de Rochester, y Santo Tomás Moro, canciller del reino y mártir laico. Dos hombres de carne y hueso, con temperamentos distintos pero unidos en una misma fidelidad inquebrantable. Mientras la mayoría de la nobleza inglesa y todos los obispos del reino se postraban ante el capricho de Enrique VIII, ellos eligieron el cadalso antes que traicionar a la Esposa de Cristo. Su martirio no fue un accidente romántico de la historia; fue la consecuencia lógica de vidas vividas con coherencia radical. Hoy, en nuestros tiempos de tibieza epidémica y de “acompañamiento” que a menudo disfraza rendición, su ejemplo quema como brasa en la conciencia. Las personalidades: el asceta y el humanista San Juan Fisher era un hombre de estudio y oración, de silueta austera. Nacido en una familia modesta, ascendió por su inteligencia y piedad. Como obispo de Rochester, vivió con la austeridad de un monje: ayu...

Eufemismos

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En esta tierra de oportunidades y pragmatismo implacable que es Estados Unidos, la palabra “muerte” se ha vuelto casi impronunciable. No se dice que alguien murió. Se dice que “ passed away ” , que “se fue”, que “transicionó”, que “descansó en paz” o, en el colmo de la delicadeza aséptica, que “perdió su batalla contra la enfermedad”. Como si la muerte fuera un invitado grosero al que hay que despachar con circunloquios para que no rompa los vidrios del living. Aquí, en el Norte, la aversión parece más aguda. En Argentina, uno todavía escucha con naturalidad cruda “se murió”, “falleció”, “partió”. Hay eufemismos también —“se nos fue”, “está con el Señor”—, pero no tienen esa intensidad higiénica, esa voluntad casi terapéutica de borrar el hecho mismo. La muerte, en el habla cotidiana yanqui, se envuelve en algodón como si fuera un virus contagioso. Y uno se pregunta: ¿de dónde viene esta alergia colectiva a nombrar lo que todos sabemos inevitable? La raíz, me parece, hunde sus tentácul...

René Favaloro: el profeta que Argentina no quiso escuchar

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Cuando Gerónimo Favarolo y Rosa Lazzaro pisaron tierra argentina a mediados del siglo XIX, formaban parte de esa inmensa marea de italianos que llegaban con un arcón de sueños y poco más. Huían de miserias antiguas, de tierras exhaustas y de un porvenir que en Europa se les cerraba. Traían las manos callosas, el corazón lleno de esperanza y esa tenacidad de quien sabe que el Nuevo Mundo no regala nada. Sus hijos —tres, según los registros que hemos podido reconstruir— se casaron, como era natural entonces, con hijos e hijas de otros inmigrantes recientes. Compartían la misma nostalgia, las mismas penurias, el mismo acento entrecortado y la misma fe en que el trabajo duro podía redimir el destierro. En aquellos primeros años, la vida fue dura, áspera, a veces cruel. Y sin embargo, de ese humus de sacrificios anónimos brotó, una generación después, uno de los mayores genios de la medicina contemporánea. René Gerónimo Favaloro , nieto de aquellos inmigrantes, se convirtió en un gigante. E...

El fileteado porteño: El alma ornamentada de Buenos Aires

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En las venas de Buenos Aires, esa ciudad que es puerto y laberinto, melancolía y orgullo, late un arte humilde y grandioso a la vez: el fileteado porteño. No es mera decoración; es la firma del alma criolla, el grito colorido de los inmigrantes que llegaron con las manos ásperas y el corazón lleno de sueños, y que, en lugar de palacios o catedrales europeas, encontraron carros de verdura, colectivos chirriantes y paredes agrietadas de conventillos para volcar su nostalgia y su ingenio. Nacido a fines del siglo XIX en los talleres de carrocerías, donde se armaban los vehículos de tracción a sangre que surcaban los empedrados del Abasto y San Telmo, el fileteado surgió como un adorno sencillo para embellecer lo cotidiano. Tres italianos —Cecilio Pascarella, Vicente Brunetti y Salvador Venturo— fueron de los primeros en trazar esas líneas que, como filamentos de oro popular (del latín filum , hilo), se convierten en espirales, volutas y arabescos. De la necesidad práctica —hacer que el ca...

¡Por fin! La inclusión que faltaba: la mujer embarazada, esa gran desaparecida

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Queridos guionistas, directores y comités de diversidad de streaming: felicidades. Han logrado que en 2026 sea más fácil ver a un elfo negro homosexual en una serie de época medieval que a una mujer con una panza de ocho meses comprando pañales en el supermercado. Bravo. El arcoíris brilla, las parejas interraciales se multiplican como conejos en Bridgerton, y las lesbianas protagonizan dramas donde antes había monjas. Pero la embarazada… esa sigue siendo la gran hereje visual. No sea que alguien se sienta incómodo recordando de dónde vienen los humanos. Es fascinante. Vivimos en la era del “representa a todos”, siempre y cuando ese “todos” no incluya el estado natural más obvio y revolucionario de la mitad de la población adulta: la gestación. Una mujer embarazada es un milagro biológico andante. Lleva dentro otro ser humano. Su cuerpo cambia, sus hormonas hacen fiesta rave, camina como pato y aun así sigue funcionando. ¿Y cuántas veces la vemos en pantalla sin que sea el centro dramá...

No hay nada que mirar acá

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  Los medios de izquierda y sus aliados progresistas volvieron a mostrar su repertorio favorito: el lenguaje incendiario de siempre. Viktor Orbán, durante años, fue etiquetado como dictador , autócrata , tirano en ciernes y constructor de un sistema diseñado para no soltar nunca el poder. “Hungría ya no es una democracia”, repetían como loros. “Orbán ha destruido las instituciones para gobernar de por vida”, alertaban con tono apocalíptico en The Guardian, The New York Times, CNN y compañía. El mismo libreto que usan con Donald Trump (“amenaza existencial para la democracia”), con Javier Milei (“fascista libertario” o “wannabe dictador”) y con cualquier líder que se atreva a desafiar el consenso globalista y la agenda woke. Ese hiperbólico arsenal retórico es devorado con gusto por una enorme parte de sus lectores. Les encanta. Les da sentido de superioridad moral y les permite sentir que están del lado correcto de la historia mientras demonizan al disidente de turno. No importa s...

Antietam

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Hoy visité Antietam y el lugar, como siempre, me dejó con esa sensación pesada y solemne que solo dan los campos donde la historia se escribió con sangre de verdad. Fue el 17 de septiembre de 1862, el día más sangriento de toda la historia militar de Estados Unidos: casi 23.000 hombres cayeron en un solo día —muertos, heridos o desaparecidos. Regimientos enteros se evaporaron en minutos entre maizales segados a balazos, el Camino Hundido convertido en una trampa mortal y el puente de Burnside que vio oleadas de azules y grises chocando hasta que el arroyo corrió rojo. El horror no fue casual. Fue el choque brutal entre tácticas que todavía pertenecían al pasado y armas que ya anunciaban el futuro. Los generales seguían ordenando cargas en línea cerrada o columnas compactas, como en tiempos de Napoleón: avances a paso firme, bayonetas caladas, confianza en el fuego a corta distancia. Pero los soldados ya portaban rifles de ánima rayada con alcance y precisión letal a cientos de metros, ...

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