El día que vi por primera vez: Memorias del ciego de Siloé
Mi nombre no importa mucho; en los Evangelios me llaman simplemente "el ciego de nacimiento". Pero hoy, pasados ya más de veinticinco años desde aquel sábado que transformó mi existencia, escribo estas líneas como discípulo fiel de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Lo hago desde una humilde casa en las afueras de Jerusalén, cerca de Betania, donde nos reunimos los creyentes para partir el pan, orar y recordar sus palabras y obras. Mi vista física, ese don inmerecido, sigue intacta; pero la luz que entró en mi alma aquel día brilla aún con más fuerza. Escribo para que quien lea pueda sentir en el pecho el mismo asombro que yo sentí: que la oscuridad más profunda puede convertirse en luz eterna si uno se acerca al Verdadero Enviado. Nací ciego en una aldea pobre al sur de la Ciudad de David, en los tiempos de Herodes el Grande y luego bajo el yugo romano. Jerusalén entonces era una ciudad de contrastes abrumadores: al norte y oeste, la Ciudad Alta con sus mansiones de p...