La anciana de Petrogrado
Leí La Rusia de los Zares de Maurice Paléologue allá lejos y hace mucho. Tendría quince o dieciséis años, y el libro me llegó en un momento en que todavía creía que las grandes cosas de la historia se podían leer como si fueran transparentes. Paléologue había sido embajador de Francia en San Petersburgo desde el comienzo de la guerra hasta 1917. Estuvo ahí cuando todavía se podía hablar con el zar, cuando Rasputín entraba y salía de los palacios, cuando los despachos llegaban cada día con cifras de muertos que ya nadie sabía contar. El libro es su diario: páginas escritas al calor de los hechos, con la corte, los ministros, los generales y el pueblo pasando frente a él como sombras que se van apagando. No es un tratado. Es el testimonio de un hombre que veía cómo se deshacía un mundo y no podía dejar de anotar lo que veía. De todo lo que leí entonces, casi todo se me fue borrando con los años. Quedó una sola imagen, nítida, como si la hubiera visto yo mismo. Paléologue entró en la igle...