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"La bella Marianne", mi antepasada

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Este escrito sobre la vida de mi antepasada se basa en una detallada biografía escrita por mi tío, Marcelo Aubone Ibarguren, que se puede leer completa y en su formato original en la ficha de Johanna Maria Carolina Ruaux en Genealogía Familiar. La he re-escrito con la ayuda de mi asistente Grok, que también imaginó la imagen que ilustra el artículo. En los salones de Buenos Aires —cera de piso, gardenias de Palermo, café que nunca se enfriaba del todo— las mujeres de los Schindler porteños se inclinaban unas hacia otras cuando los hombres hablaban de negocios o de política. Bajaban la voz. Pedían reserva absoluta. Y entonces, como quien entrega una reliquia, revelaban el secreto: Guillermo, el fundador, no era hijo de un comerciante hamburgués venido a menos. Era hijo por la mano izquierda. Del Kaiser. O del rey de Suecia. O, en la versión que más se arraigó, de Carlos Federico Augusto Guillermo, el vigésimo tercer duque de Brunswick. La sangre azul había cruzado el océano disfrazada ...

Subjects of Three Empires, Builders of One Nave

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Hace unos meses se casó la hija de unos amigos acá en Cleveland. La madre es polaca de nacimiento, y la misa de esponsales se celebró en la iglesia de San Estanislao. Desde el momento que entré quedé embelesado con el estilo gótico de la misma. Más tarde, investigué un poco sobre la historia del edificio, y escribí este artículo (en inglés para mis amigos de acá), que comparto con Uds. por si les interesa. Los que no hablan el idioma de Shakespeare pueden usar el botón disponible para traducir artículos del Blog. God writes straight with crooked lines. That sentence was not coined for tidy lives. It was waiting for Warszawa: for men who left a country that was not on the map, bought a potato patch from Ashbel Morgan at Tod Street and Forman, and raised, under a pastor who would not last, a church that should not have been possible. They did not leave Poland. There was no Poland. Since 1795 the old Commonwealth had been carved among Prussia, Russia, and Austria. The first wave that buil...

The Empty Choirs

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There was a time, not so long ago that living memory has forgotten it, when the classrooms of Catholic America were filled with women who had given everything. They wore the habit. They lived in community. They taught for a stipend that would not have kept a lay teacher alive. They were the hidden engine of an entire civilization of schools, hospitals, and orphanages. Then, in the space of a single generation after the Second Vatican Council, they vanished. The numbers are not disputed. They come from the Official Catholic Directory, the Vatican’s Annuarium Statisticum Ecclesiae , and the Center for Applied Research in the Apostolate at Georgetown University. In 1965 there were 178,740 to 181,421 religious sisters in the United States. By 1985 the figure had fallen to 115,386. By 2000 it stood at 79,814. In 2025 there were 33,135. That is an 82 percent collapse in sixty years. The average age of those who remain is approximately eighty. Fewer than one percent are under thirty. Between ...

Las Malvinas, otra vez de remate

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Trump no ha descubierto las Malvinas. Las ha encontrado en el fondo del cajón, junto a los aranceles, los aliados “gorriones” y cualquier otro palo con el que se pueda golpear a un laborista inglés que no quiere gastar lo que Washington exige. “Siempre reviso todas las posiciones. Esa es apenas una entre muchas.” Traducción: no me importa un rábano quién tiene razón; me importa quién paga la cuenta de la OTAN. El tipo no hace doctrina. Hace subasta. Y en Argentina, claro, la subasta se convierte en milagro. Una frase de tres segundos en el Salón Oval y de pronto los medios —ese jardín de infantes con redacción— anuncian el giro histórico de la política exterior norteamericana. Como si Trump fuera Metternich y no un vendedor que cambia de mercadería según el cliente de la tarde. Milei habla de “algo muy fuerte” y prepara cadena nacional. Faltaba el himno y la lágrima en cámara. Cuarenta y cuatro años después de la guerra seguimos esperando que un comentario de pasillo nos devuelva lo q...

Hágase Tu voluntad, escrito en el brazo

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Ayer, en un partido de fútbol americano, un joven negro de veintitantos años se puso en el brazo izquierdo, con letra clara y casi escolar, una cita: Proverbios 3:5. «Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia». No es un tatuaje. Es tinta de un día: esa inscripción provisoria que algunos jugadores se trazan en la piel o en la manga antes de salir a la cancha, y que se borra con el sudor o con la ducha. Pero el gesto alcanza. El versículo dice, en otra lengua y otro registro, lo mismo que el Padre Nuestro cuando llega a su centro: hágase Tu voluntad. No la mía. No el cálculo. No el propio entendimiento. El abandono. No conozco ese mundo. Ni el del fútbol americano —ese teatro de cascos, yardas e interrupciones comerciales constantes, un primo lejano del rugby que tanto me gusta— ni el de la sociedad negra contemporánea, con sus códigos, sus heridas y sus fiestas. Lo admito. Durante años habría pasado de largo. Habría sonreído con esa superioridad dis...

Brasas en tierra extraña

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Hay una raza de almas que no nació del todo en el siglo que le tocó. Se formó —sin pedirlo— en la añoranza de un mundo que ya no está, o que quizá nunca estuvo entero, pero que late con más verdad que el presente. Un mundo de campanas, de jerarquías visibles, de pecado nombrado y de gracia posible. Un mundo donde el hombre sabía que no era dios y, por eso mismo, podía arrodillarse sin humillarse. Comparado con el presente ateo —ese desierto iluminado de pantallas, de derechos sin deberes, de cuerpos sin alma y de palabras que ya no significan—, aquel pasado parece un sueño. No un sueño dulce: un sueño grave. Como la liturgia antigua, que no pedía permiso para ser solemne. Como la casa paterna donde se hablaba de Dios sin sonrojarse. Como la idea, hoy casi indecible, de que hay cosas sagradas y que profanarlas tiene precio. No soy tan necio como para fingir que todo era mejor. El pasado también tuvo sus tiranos, sus hambrunas, sus hipocresías clericales, sus silencios cómplices. Hubo p...

Los manzanos de Gartenstraße

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Había una vez una casa en la calle Gartenstraße, en el barrio de Plagwitz, al oeste de Leipzig. No era una casa llamativa ni particularmente linda. Tenía el color del ladrillo ahumado, las ventanas altas y estrechas de las construcciones de finales del siglo pasado, y un pequeño jardín trasero donde crecían tres manzanos torcidos y un ciruelo que cada verano prometía más de lo  que daba. Desde la cocina se oía el traqueteo de los tranvías que bajaban hacia las fábricas de algodón y de maquinaria, y por las noches, cuando el viento soplaba del norte, llegaba el olor denso del carbón y de los tintes químicos que flotaban sobre el río Weiße Elster. En esa casa vivían los Richter. Heinrich Richter era un hombre de estatura mediana, espalda recta, bigote cuidadosamente recortado y ojos de un gris claro que parecían siempre calcular distancias. Había trabajado de contador en una de las grandes empresas textiles de la ciudad hasta que la inflación de 1923 se llevó por delante, en cuestión...

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