Brasas en tierra extraña
Hay una raza de almas que no nació del todo en el siglo que le tocó. Se formó —sin pedirlo— en la añoranza de un mundo que ya no está, o que quizá nunca estuvo entero, pero que late con más verdad que el presente. Un mundo de campanas, de jerarquías visibles, de pecado nombrado y de gracia posible. Un mundo donde el hombre sabía que no era dios y, por eso mismo, podía arrodillarse sin humillarse. Comparado con el presente ateo —ese desierto iluminado de pantallas, de derechos sin deberes, de cuerpos sin alma y de palabras que ya no significan—, aquel pasado parece un sueño. No un sueño dulce: un sueño grave. Como la liturgia antigua, que no pedía permiso para ser solemne. Como la casa paterna donde se hablaba de Dios sin sonrojarse. Como la idea, hoy casi indecible, de que hay cosas sagradas y que profanarlas tiene precio. No soy tan necio como para fingir que todo era mejor. El pasado también tuvo sus tiranos, sus hambrunas, sus hipocresías clericales, sus silencios cómplices. Hubo p...