El toro que se comió la bula
En el año del Señor de 1567, San Pío V, ese dominico de mirada de acero y alma de cruzada, lanzó contra las plazas de España la más feroz de sus bulas. La llamó De salute gregis dominici y en ella describió las corridas como “espectáculos vergonzosos y cruentos, propios no de hombres sino de demonios”. Prohibió su celebración bajo pena de excomunión, amenazó con dejar sin sepultura cristiana al torero que muriera en el coso y ordenó a los clérigos que ni siquiera se asomaran al tendido. Roma, desde su altura marmórea, había decidido que la sangre del toro ofendía al Cordero de Dios. Pero en España el toro no leyó la bula. Allí, bajo el sol implacable de Sevilla, de Ronda o de Pamplona, seguía levantándose la plaza como un templo pagano-cristiano. El polvo dorado se elevaba en remolinos cuando el toro negro, pesado de furia y de destino, salía al ruedo. Sangre caliente corría por sus ijadas, brillando como rubíes bajo la luz. Frente a él, el torero, vestido de oro y seda, ligero ...