Mi entrevista con Ayatollah Ali Khamenei antes de su paso a la inmortalidad
En las profundidades de un búnker fortificado bajo Teherán, donde el eco de los generadores ahoga cualquier rumor de libertad, me enfrenté al Ayatollah Ali Khamenei. El aire era espeso, cargado de humedad y metal frío. El líder supremo, sentado en una silla de respaldo alto que parecía tragárselo, tosía con violencia intermitente. Su rostro, pálido y demacrado por años de enfermedad —desde aquella operación de próstata en 2014 que nunca sanó del todo, hasta los rumores persistentes de deterioro cognitivo—, se iluminaba apenas por la luz fría de unas lámparas fluorescentes. Sus manos temblaban al aferrar el rosario, y su voz, antes autoritaria, se quebraba en jadeos y risas ahogadas. Era un hombre que gobernaba un imperio en ruinas, pero que se aferraba a su trono con la desesperación de quien sabe que el suelo se hunde bajo sus pies. Aquí el diálogo tal como se desarrolló: Alfonso Beccar Varela: Ayatollah, su salud parece frágil. Las toses, la debilidad... ¿cómo puede un líder guiar a ...