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Los manzanos de Gartenstraße

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Había una vez una casa en la calle Gartenstraße, en el barrio de Plagwitz, al oeste de Leipzig. No era una casa llamativa ni particularmente linda. Tenía el color del ladrillo ahumado, las ventanas altas y estrechas de las construcciones de finales del siglo pasado, y un pequeño jardín trasero donde crecían tres manzanos torcidos y un ciruelo que cada verano prometía más de lo  que daba. Desde la cocina se oía el traqueteo de los tranvías que bajaban hacia las fábricas de algodón y de maquinaria, y por las noches, cuando el viento soplaba del norte, llegaba el olor denso del carbón y de los tintes químicos que flotaban sobre el río Weiße Elster. En esa casa vivían los Richter. Heinrich Richter era un hombre de estatura mediana, espalda recta, bigote cuidadosamente recortado y ojos de un gris claro que parecían siempre calcular distancias. Había trabajado de contador en una de las grandes empresas textiles de la ciudad hasta que la inflación de 1923 se llevó por delante, en cuestión...

El profesor negro de Cambridge: el mito, el ascenso y la caída que nos mira a la cara

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Hay historias que toda época necesita con desesperación. Historias de redención absoluta, de superación imposible, de oscuridad convertida en luz por la sola fuerza de la voluntad y el color de la piel. Jason Arday fue una de ellas. Hijo de inmigrantes ghaneses, diagnosticado con autismo y retraso en el desarrollo, mudo hasta los once años, analfabeto hasta los dieciocho. Luego, de un salto casi milagroso, doctor, profesor, el catedrático negro más joven en la historia de Cambridge. Treinta maratones en treinta y cinco días. Seiscientas millas en seis. Millones recaudados para la caridad. Una cabeza de cerdo en la puerta de sus padres. Un hombre enmascarado con cuchillo. Todo encajaba demasiado bien en el relato que nuestra civilización se cuenta a sí misma para no mirarse al espejo. Cambridge lo recibió en 2023 como se recibe a un mesías laico. “Eres el mejor del mundo en la investigación que haces”, le dijo la jefa de la facultad. Los medios se deshicieron en elogios. La narrativa er...

Si yo hubiera estado allí…

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En la Galia todavía semibárbara, cuando las viejas diosas de los bosques apenas empezaban a callar y los altares de Wotan aún humeaban en las aldeas, un rey de cabellos largos y ojos de lobo escuchaba, por primera vez, la historia más absurda y más verdadera que se haya contado nunca. Clodoveo, hijo de Childerico, señor de los salios, estaba sentado en un escaño de madera tosca. A su lado, el hacha francisca descansaba como un perro fiel. Frente a él, San Remigio, obispo de Reims, hombre de voz baja y mirada que no temía, le hablaba del Nazareno. Le contó cómo lo prendieron de noche, cómo lo azotaron hasta hacer de su espalda un campo arado, cómo le clavaron las manos y los pies, y cómo, al final, lo alzaron entre el cielo y la tierra como un trofeo de burla. Clodoveo no entendió primero. Frunció el ceño. Su mente de guerrero buscaba el sentido: ¿dónde estaba el ejército de ese Rey? ¿Dónde sus fieles? ¿Por qué no bajó del madero a destrozar a sus enemigos con un solo grito? Y entonces,...

La excepción que confirma, y los límites de lo imprevisto

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Hay frases que circulan de boca en boca como monedas gastadas, perdiendo en cada transacción el relieve de su acuñación original. Una de ellas —«la excepción confirma la regla»— se invoca hoy con ligereza, como si bastara pronunciarla para legitimar cualquier apartamiento de la norma. Su origen, sin embargo, es más austero y preciso. Proviene de la argumentación jurídica de Marco Tulio Cicerón en su Pro Balbo . Defendiendo la ciudadanía romana de Lucio Cornelio Balbo, el orador sostiene que si una cláusula exceptiva hace ilícito algo, allí donde no hay excepción es necesario que sea lícito. De esta lógica se destiló, en la tradición jurídica posterior, el adagio exceptio probat regulam in casibus non exceptis : la excepción prueba la regla en los casos no exceptuados. Probat  aquí no significa únicamente "confirma" en el sentido débil de nuestro uso cotidiano; significa también "pone a prueba", "establece la existencia de". La mención misma de una excepció...

Las dos certezas

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He estado pensando y tratando de entender qué es realmente la Fe. Conversando con un amigo me habló de dos certezas: la de la razón, fundada en evidencias y razonamientos correctos, y la de la Fe sobrenatural. El tema, para mí complejísimo y al mismo tiempo crítico para mi paz interior, me llevó a estas consideraciones que ahora les presento, por si sirven en algo a alguien. Hay dos certezas. Sólo dos. No me refiero a que no existan otras formas de certeza en la vida cotidiana: la de los sentidos, la matemática, la histórica, la moral. Todas ellas existen, pero pertenecen al ámbito de la razón natural. Cuando hablo de “dos certezas” me refiero a los dos únicos órdenes de conocimiento que el hombre posee respecto de la verdad última: el de la razón natural, que puede alcanzar con evidencia y recto raciocinio ciertas verdades firmes (incluida la existencia de Dios), y el de la fe sobrenatural, que asiente a lo que Dios mismo ha revelado y que, por fundarse en su autoridad, es más cierta ...

Mensaje de Lucifer a sus secuaces

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Escuchadme, legiones mías. Yo soy el que susurra. No grito. El grito despierta. Yo prefiero la voz baja, casi paternal, la que se desliza mientras el hombre se acomoda y, si detecta o se le achaca algún defecto, murmura: “Dios es misericordia. Dios es amor.” Y tiene razón. Dios es misericordia. Dios es amor. Y esa es precisamente la parte que más me irrita. Me irrita porque yo no pude soportarlo. Yo, que fui el más bello, el mejor, dije “No serviré”, porque no pude tolerar que el Amor infinito se abajara hasta el barro. No pude admitir que la Misericordia se inclinara hacia criaturas inferiores y les ofreciera perdón. Mi soberbia no lo resistió. Preferí el abismo a arrodillarme. Y ahora, cada vez que oigo a un hombre débil repetir esas palabras como un derecho automático, siento el mismo rechazo antiguo: ese Amor que yo desprecié sigue siendo ofrecido… y muchos lo rechazan igual que yo, pero sin la grandeza de mi rebeldía. Solo con mediocridad. Por eso distorsionamos tan eficazmente su...

Del Concilio a la reforma: Cómo nació la Misa de hoy

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En diciembre de 1963, cuando los Padres conciliares promulgaron la constitución Sacrosanctum Concilium , pocos imaginaban que aquel documento, redactado con prudencia y no pocas cautelas, terminaría sirviendo de pretexto para una de las transformaciones más profundas que haya conocido la liturgia romana en sus dos mil años de historia. El texto del Concilio era, en esencia, moderado. Pedía una reforma, sí, pero una reforma que se hiciera “con prudencia” y respetando la “sustancial unidad del rito romano”. Hablaba de conservar el latín, de dar primacía al canto gregoriano, de mantener el Canon Romano y de proceder por vía de desarrollo orgánico. No hablaba de suprimir oraciones, de multiplicar los cánones eucarísticos ni de alterar radicalmente la orientación del sacerdote. Era un documento de reforma, no de revolución. Sin embargo, apenas cerrado el Concilio, se puso en marcha una maquinaria que pronto escapó al control de los mismos obispos que habían aprobado aquellos principios. El ...

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