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Hostia y puñal

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  Era el 31 de marzo de 1520. Cinco naos rotas y hambrientas entraron en la bahía de San Julián, Patagonia. Frío que cortaba, viento que mataba, invierno austral que se venía como una condena. Hernando de Magallanes, el portugués de hierro al servicio de España, decidió: aquí invernamos. No había otra salida. Al día siguiente, 1 de abril, Domingo de Ramos , mandó bajar a tierra. Según las actas del proceso que vendría después: “hizo llamar Magallanes a todos los dichos capitanes y oficiales e pilotos para que fuesen a tierra a oír misa, y que después fuesen a comer a su nao”. Bajaron velas, ornamentos, un paño decente. Cortaron ramas, armaron una capilla miserable en una islita de arena en el río. Altar improvisado “al modo de nuestra España”. El celebrante: Pedro de Valderrama , clérigo de Écija, capellán de la Trinidad. Mientras alzaba la Hostia, los cañones de las naos tronaron en salva. En ese instante preciso, en medio de la nada, se consagró el Cuerpo y la Sangre de Cristo po...

Synodus Horrenda

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En las sombras húmedas y pestilentes de la Roma del siglo IX, donde el Tíber susurraba secretos de traición y el humo de las antorchas danzaba como espectros en las bóvedas de San Juan de Letrán, se desató uno de los episodios más macabros de la historia de la Iglesia. Todo comenzó el 4 de abril de 896, cuando el Papa Formoso exhaló su último aliento tras un pontificado marcado por la lucha contra la corrupción y las intrigas políticas. Hombre de fe profunda y experiencia diplomática —había servido como obispo de Porto, misionero en Bulgaria y embajador ante reyes germánicos—, Formoso había intentado liberar a la Santa Sede de la influencia asfixiante de la poderosa familia de los duques de Spoleto. Coronó emperador a Arnulfo de Carintia en 896 para contrarrestar el control de los Spoletos, un acto que selló su destino. Nueve meses después, en enero de 897, el nuevo papa Esteban VI —aliado de los Spoletos y movido por el rencor político— ordenó exhumar el cadáver de Formoso. El cuerpo,...

La Resurrección: Aurora que desgarró la noche eterna

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En el crepúsculo de un mundo que se derrumba bajo el peso de su propia incredulidad, donde las sombras de la duda y el relativismo devoran las certezas antiguas como un cáncer silencioso, resplandece aún —imparable, indestructible— el hecho más sublime de la historia humana: la Resurrección de Jesucristo. No fue un mero suceso entre tantos, un episodio piadoso para consolar almas frágiles. Fue el trueno que partió el velo del Templo, el amanecer que rompió las cadenas de la muerte, el beso de Dios al hombre caído. Yo, que contemplo el declive de esta civilización que una vez bebió de esa fuente de vida eterna, no puedo sino escribir: ¡Él vive! Y en esa verdad radica la esperanza que ninguna tiniebla moderna ha podido apagar del todo. Imaginad la escena con la intensidad de quien revive un milagro que sigue latiendo en la sangre de los redimidos. El sepulcro, tallado en la roca fría de Jerusalén, yacía sellado con piedra y guardia romana, como si el poder del César pudiera contener al A...

La rendija de la misericordia

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  Existe evidencia, al menos anecdótica y respaldada por estudios serios, de que quienes viven sin fe transitan la vida con una sombra más pesada sobre el alma. Yo lo he visto de cerca, en conversaciones amargas y miradas cansadas. Tengo amigos, e incluso familiares, que parecen cargar el peso del mundo entero sobre sus hombros, cuando nadie les pidió llevarlo. En el terreno político, sobre todo, se siente con una intensidad casi dolorosa: cada injusticia, cada crisis, cada grieta del planeta se les clava en la carne como un puñal personal. No hay distancia, no hay redención eterna; todo es drama inmediato, todo es el fin del mundo aquí y ahora. La rabia se vuelve crónica, la desesperanza un compañero fiel, el cinismo una forma de ser. Al contrario, los que tienen fe —aunque sea esa fe que a veces titubea como una vela en la tormenta— encaran los mismos problemas con una filosofía distinta, casi poética. Miran la tormenta y, en medio del viento que azota, susurran en el fondo del c...

La mujer de César y el caso Adorni

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Hay un antiguo dicho romano que sigue siendo implacable: "la mujer de César no sólo debe ser honesta, debe parecerlo" . No es justo. Es una vara alta y, en muchos casos, desigual. Pero en política, especialmente cuando se llega al poder prometiendo terminar con los privilegios y la fiesta del gasto público, esa exigencia se vuelve innegociable. Javier Milei lo entendió en sus primeras semanas de gobierno. Viajaba en aviones de línea, pagando sus pasajes como cualquier ciudadano, en un gesto claro de austeridad. Con el tiempo, por razones de seguridad y agenda, ese hábito cambió. Pero ese detalle inicial marcaba una diferencia simbólica importante. Hoy, sin embargo, es Manuel Adorni quien está bajo la lupa. Desde marzo de 2026, el jefe de Gabinete y vocero presidencial enfrenta cuestionamientos por el uso del avión presidencial Tango 01 con su esposa Bettina Angeletti, un vuelo charter a Punta del Este durante el carnaval, la compra de un departamento en Caballito con un prést...

La resurrección de Händel

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(Inspirado en el relato “Georg Friedrich Händels Auferstehung” de Stefan Zweig, incluido en sus Momentos estelares de la humanidad, libro que estoy leyendo con unos amigos para mi club de lectores. Escrito en mi estilo y con mi mirada: retórica apasionada, idealismo combativo, melancolía profunda por un mundo que se apaga, y la convicción católica de que solo la Cruz y la Palabra divina pueden resucitar lo que yace muerto.) En el Londres gris y mercantil de 1741, Georg Friedrich Händel era ya un hombre roto. El coloso de la ópera italiana, el que había hecho temblar teatros enteros con su fuego barroco, yacía derrotado. Un derrame cerebral años antes le había dejado la mano derecha paralizada, la lengua torpe y el alma sumida en una noche espesa. Las deudas lo acosaban como lobos; el público, voluble y hastiado, ya no llenaba sus salas. La moda había cambiado: lo italiano ya no bastaba, y el inglés exigía algo distinto, algo más hondo, más verdadero. Händel caminaba por las calles como...

Hablemos del traidor

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Conocemos a Judas por un solo gesto: un beso y treinta monedas de plata. Y creemos, con esa simplicidad brutal, haberlo comprendido todo. Pero nos equivocamos. Judas no comenzó siendo traidor. Comenzó siendo discípulo. Caminó con el Maestro, compartió su mesa, escuchó de cerca las parábolas que desconcertaban a las multitudes, vio con sus propios ojos milagros que luego otros solo conocerían de segunda mano. Estaba, físicamente, más cerca de Jesús que la mayoría. Y sin embargo, se perdió. No porque dejara de creer en Jesús, sino porque Jesús se negó a encajar en el Mesías que Judas había construido en su mente. Él deseaba un rey que restaurara el orden por la fuerza, que corrigiera la historia con poder visible, que impusiera justicia según sus propios términos. Quería un Mesías político y triunfante. Cuando Jesús eligió el camino estrecho —el silencio ante Pilato, el servicio hasta lavar los pies, la entrega voluntaria a la Cruz—, algo se rompió definitivamente en el corazón de Judas....

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