Antietam
Hoy visité Antietam y el lugar, como siempre, me dejó con esa sensación pesada y solemne que solo dan los campos donde la historia se escribió con sangre de verdad. Fue el 17 de septiembre de 1862, el día más sangriento de toda la historia militar de Estados Unidos: casi 23.000 hombres cayeron en un solo día —muertos, heridos o desaparecidos. Regimientos enteros se evaporaron en minutos entre maizales segados a balazos, el Camino Hundido convertido en una trampa mortal y el puente de Burnside que vio oleadas de azules y grises chocando hasta que el arroyo corrió rojo. El horror no fue casual. Fue el choque brutal entre tácticas que todavía pertenecían al pasado y armas que ya anunciaban el futuro. Los generales seguían ordenando cargas en línea cerrada o columnas compactas, como en tiempos de Napoleón: avances a paso firme, bayonetas caladas, confianza en el fuego a corta distancia. Pero los soldados ya portaban rifles de ánima rayada con alcance y precisión letal a cientos de metros, ...