Si yo hubiera estado allí…
En la Galia todavía semibárbara, cuando las viejas diosas de los bosques apenas empezaban a callar y los altares de Wotan aún humeaban en las aldeas, un rey de cabellos largos y ojos de lobo escuchaba, por primera vez, la historia más absurda y más verdadera que se haya contado nunca. Clodoveo, hijo de Childerico, señor de los salios, estaba sentado en un escaño de madera tosca. A su lado, el hacha francisca descansaba como un perro fiel. Frente a él, San Remigio, obispo de Reims, hombre de voz baja y mirada que no temía, le hablaba del Nazareno. Le contó cómo lo prendieron de noche, cómo lo azotaron hasta hacer de su espalda un campo arado, cómo le clavaron las manos y los pies, y cómo, al final, lo alzaron entre el cielo y la tierra como un trofeo de burla. Clodoveo no entendió primero. Frunció el ceño. Su mente de guerrero buscaba el sentido: ¿dónde estaba el ejército de ese Rey? ¿Dónde sus fieles? ¿Por qué no bajó del madero a destrozar a sus enemigos con un solo grito? Y entonces,...