Mensaje de Lucifer a sus secuaces
Escuchadme, legiones mías. Yo soy el que susurra. No grito. El grito despierta. Yo prefiero la voz baja, casi paternal, la que se desliza mientras el hombre se acomoda y, si detecta o se le achaca algún defecto, murmura: “Dios es misericordia. Dios es amor.” Y tiene razón. Dios es misericordia. Dios es amor. Y esa es precisamente la parte que más me irrita. Me irrita porque yo no pude soportarlo. Yo, que fui el más bello, el mejor, dije “No serviré”, porque no pude tolerar que el Amor infinito se abajara hasta el barro. No pude admitir que la Misericordia se inclinara hacia criaturas inferiores y les ofreciera perdón. Mi soberbia no lo resistió. Preferí el abismo a arrodillarme. Y ahora, cada vez que oigo a un hombre débil repetir esas palabras como un derecho automático, siento el mismo rechazo antiguo: ese Amor que yo desprecié sigue siendo ofrecido… y muchos lo rechazan igual que yo, pero sin la grandeza de mi rebeldía. Solo con mediocridad. Por eso distorsionamos tan eficazmente su...