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Sobre el posible cisma de los lefevristas

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Queridos amigos que andan con el ceño fruncido y el misal en la mano, diagnosticando a cada rato que la Iglesia postconciliar ya no cumple su misión salvífica, permítanme una pregunta bien simple y que pega fuerte: ¿quién los hizo jueces de la Esposa de Cristo? Dicen que la Iglesia ya no salva almas porque cambiaron las formas, porque el lenguaje se suavizó, porque ya no hay procesiones de flagelantes ni púlpitos que truenen contra el modernismo como en los tiempos de antes. Y en nombre de esa supuesta “pérdida de la misión”, les parece legítimo levantar una estructura paralela, con seminarios propios, obispos propios y una obediencia a elección que, en la práctica, equivale a decir: “Roma erró, pero nosotros no”. Y entonces llega la Fraternidad San Pío X —o los sectores más duros de ella— y anuncia nuevas consagraciones episcopales sin mandato pontificio, como si el drama del '88 fuera una comedia que merece secuela. ¿Salvación de almas? ¿Estado de extrema necesidad? No me vengan ...

Fe, Ciencia y Familia

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  En esta foto, frente al imponente edificio del Seidman Cancer Center —con su curva de vidrio y acero que parece querer abarcar el cielo—, estoy con el brazo en los hombros de mi hijo menor, antes de entrar a una intervención para remover tumores cancerígenos de mi cerebro. El viento frío de Cleveland nos envuelve, pero su sonrisa lo hace todo más liviano. Detrás nuestro, la torre gótica de una iglesia antigua y el hospital moderno se miran como dos testigos silenciosos de lo eterno y lo efímero. Para mí, la lucha contra este cáncer que se instaló sigiloso durante años —en hígado, pulmones, cerebro, columna— no es solo una batalla médica. Es una tríada sagrada que se entrelaza en cada amanecer que me regalan: fe, ciencia y familia. La fe llega primero, callada pero firme, como el tañido lejano de esas campanas que suenan al fondo de la foto. No es una fe que pide milagros de postal, sino una que acepta el misterio entero: el dolor, la incertidumbre, la posibilidad de partir. Es la...

¿Quién fue Perón?

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Perón fue un político astuto, ambicioso y carismático que supo canalizar un descontento social real y profundo. Logró avances concretos en derechos laborales, inclusión de sectores populares y cierta industrialización que, en su momento, representaron un cambio significativo. Pero eso no lo convierte en un héroe ni en un modelo a imitar sin reservas. Al contrario: su gobierno estuvo plagado de autoritarismo encubierto, persecución sistemática a opositores, censura de prensa, uso clientelar del Estado, culto a la personalidad y una concentración de poder que rozó —y a veces cruzó— los límites de la democracia republicana. No fue un dictador sangriento al estilo de otros en la región, pero sí construyó un sistema donde la disidencia se pagaba caro: despidos, prisiones, exilios, amenazas. Institucionalizó la idea de que el fin (su proyecto “justicialista”) justificaba casi cualquier medio, incluyendo el amedrentamiento a la Iglesia, el control de sindicatos como correas de transmisión del...

Dumbed-down Catholicism

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  Not sure if you are familiar with the work of Bishop Barron and his work with Word on Fire . I find myself liking him more and more! I also hate dumbed-down Catholicism with every fiber of my being. Kids my age were served this watery gruel—pastel catechisms, feel-good acoustic strumming, nonstop ‘Jesus loves you just the way you are’ saccharine—and it was indeed a pastoral disaster of biblical proportions. They robbed an entire generation of the faith’s true grandeur: the raw, offensive scandal of the Cross, the unrelenting two-edged sword of doctrine, the liturgy that forces you to your knees before the overwhelming Mystery. Instead of training us to be soldiers of Christ equipped for a world that hates the truth, they handed us a bland, therapeutic pabulum engineered never to offend, never to demand, never to cost anything. And now the harvest is in: parishioners who drift away the moment there’s no clapping, no coffee social, no entertainment to keep them awake. Enough of thi...

Un Dios "a la carte"

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La gran estafa espiritual de nuestra época no es tanto discutir si Dios existe, o si todos creemos en el mismo Dios. El verdadero problema es más profundo, más siniestro y más cotidiano: el hombre se cree con derecho a inventar a Dios a su medida, a recortarlo, pulirlo, descartar lo que le molesta y quedarse solo con lo que le queda cómodo… y encima actúa como si con esa operación de cirugía estética divina hubiera cambiado la realidad de quién es Dios. Es el relativismo teológico en su máxima expresión: “mi verdad”, “mi Dios”, “mi espiritualidad”. Ya no se trata de buscar a Dios y rendirse ante Él. Se trata de fabricar un ídolo que apruebe mi vida tal como es. Empecemos por casa. Los que dicen creer en “el Dios de la Biblia” son los primeros en practicar esto. Eligen el Dios amoroso del Nuevo Testamento, el que perdona, abraza y pone la otra mejilla… pero silencian al del Antiguo, el Santo, el Celoso, el que fulmina desobediencia, ordena guerras contra la idolatría y exige santidad ra...

Los años que me faltan

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Marcos, un amigo de siempre, me mandó hace poco ese texto de Neruda titulado “Los años que me faltan”. Lo leí una mañana cualquiera, con el café recién hecho, y me dejó con ideas dando vueltas. Se lo pasé a mi mujer y lo comentamos esa misma tarde en el living de casa, sentados en el sofá con la luz de la ventana entrando suave. Fue ella —que es filósofa y siempre ve más allá de lo evidente— la que trajo esa distinción tan precisa: “Fijate que en castellano decimos ‘tengo’ 62 años, como si fueran algo que acumulamos, un haber que se suma. Pero en realidad no los tenemos; somos esos años”. Me pareció una observación profunda, porque toca el hueso de la ontología: el “tener” es accidental, externo; el “ser” es esencial, lo que nos constituye en el tiempo. Neruda lo expresa de otra forma, pero llega al mismo fondo. Cuenta que un día, con el café humeando, entendió que los años que uno cree “tener” ya no los tiene: se disolvieron en fotos viejas, risas que se apagaron, amores que dejaron d...

De la lanza al mesianismo: Porque odio el populismo

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Odio el populismo porque encarna la degradación de la política en algo bajo, manipulador y, al final, destructivo para la patria que finge redimir. En Argentina, donde nuestra fascinación histórica con los caudillos del siglo XIX —Facundo Quiroga, Rosas, los federales del interior— sigue latiendo en el imaginario colectivo, los populistas modernos se cubren con sus atributos externos: el carisma paternal, el discurso fogoso, la promesa de justicia inmediata, la identidad visceral contra “los de arriba”. Pero no son lo mismo. Mezclarlos es confundir el síntoma con la enfermedad. Los caudillos del XIX eran producto de un vacío brutal: anarquía post-independencia, guerras civiles, fragmentación territorial, ausencia de Estado consolidado. Su poder nacía de la lanza, el caballo, la lealtad personal y el control directo de mesnadas provinciales. Gobernaban por fuerza y clientelismo rural, sin elecciones masivas ni ideología que fabricara una “voluntad popular” homogénea. Eran señores de la ...