Eufemismos
En esta tierra de oportunidades y pragmatismo implacable que es Estados Unidos, la palabra “muerte” se ha vuelto casi impronunciable. No se dice que alguien murió. Se dice que “ passed away ” , que “se fue”, que “transicionó”, que “descansó en paz” o, en el colmo de la delicadeza aséptica, que “perdió su batalla contra la enfermedad”. Como si la muerte fuera un invitado grosero al que hay que despachar con circunloquios para que no rompa los vidrios del living. Aquí, en el Norte, la aversión parece más aguda. En Argentina, uno todavía escucha con naturalidad cruda “se murió”, “falleció”, “partió”. Hay eufemismos también —“se nos fue”, “está con el Señor”—, pero no tienen esa intensidad higiénica, esa voluntad casi terapéutica de borrar el hecho mismo. La muerte, en el habla cotidiana yanqui, se envuelve en algodón como si fuera un virus contagioso. Y uno se pregunta: ¿de dónde viene esta alergia colectiva a nombrar lo que todos sabemos inevitable? La raíz, me parece, hunde sus tentácul...