El laberinto que no extravía
Fui a ver, en cine, Heaven in Stone and Glass , el documental de monseñor Robert Barron sobre las grandes catedrales góticas de Francia. No esperaba que una de las cosas que más me quedara grabada no fuera solo la luz de Chartres o el vértigo de las bóvedas, sino aquello que está bajo los pies: el laberinto. En la nave de Chartres —y en otras pocas catedrales que aún lo conservan— hay un círculo de piedra de casi trece metros de diámetro, trazado con once circuitos concéntricos. Un solo camino. Doscientos sesenta metros de ida hasta el centro. No es un dédalo para perderse. Es un camino para llegar. Eso, en el siglo XIII, no era un adorno. La catedral gótica era, antes que nada, una Biblia abierta para un pueblo que en su mayoría no sabía leer. Portadas que predicaban la Encarnación, la Ascensión y el Juicio. Capiteles que contaban a Sansón, a Judith, a Tobías. Vidrieras que convertían la luz del sol en doctrina: el azul de Chartres no es un capricho estético, es teología hecha color....