Hágase Tu voluntad, escrito en el brazo
Ayer, en un partido de fútbol americano, un joven negro de veintitantos años se puso en el brazo izquierdo, con letra clara y casi escolar, una cita: Proverbios 3:5. «Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia». No es un tatuaje. Es tinta de un día: esa inscripción provisoria que algunos jugadores se trazan en la piel o en la manga antes de salir a la cancha, y que se borra con el sudor o con la ducha. Pero el gesto alcanza. El versículo dice, en otra lengua y otro registro, lo mismo que el Padre Nuestro cuando llega a su centro: hágase Tu voluntad. No la mía. No el cálculo. No el propio entendimiento. El abandono. No conozco ese mundo. Ni el del fútbol americano —ese teatro de cascos, yardas e interrupciones comerciales constantes, un primo lejano del rugby que tanto me gusta— ni el de la sociedad negra contemporánea, con sus códigos, sus heridas y sus fiestas. Lo admito. Durante años habría pasado de largo. Habría sonreído con esa superioridad dis...