Después del Concilio Vaticano II: la fiebre que casi arrasó con la belleza, la reverencia y la claridad doctrinal
Esa pregunta que muchos católicos nos hacemos todavía con un nudo en la garganta —cómo fue posible que después del Concilio Vaticano II se desatara una fiebre destructiva, casi iconoclasta, en tantas iglesias— no se agota en los altares serruchados, los retablos desmantelados y las paredes blanqueadas. Fue parte de algo más amplio, de una ola de tolerancia mal entendida, de una debilidad pastoral que permitió que se hiciera la vista gorda ante cambios y abusos que el Concilio nunca había autorizado. Y esa misma permisividad se extendió, con fuerza particular en América Latina, hacia el terreno político y social: desviaciones que llevaron a muchos sacerdotes, religiosos y teólogos a abrazar el socialismo, el marxismo y, sobre todo, la Teología de la Liberación.
La Sacrosanctum Concilium no ordenó demoler nada. Pidió noble simplicidad, mayor participación de los fieles y altares preferentemente separados de la pared para facilitar, cuando fuera práctico, la celebración de cara al pueblo. Insistió en conservar el tesoro artístico y evitar todo lo repugnante a la fe o a la piedad. El Concilio quería renovar para que la liturgia fuera más accesible, sin dejar de ser sagrada y bella. Quería continuidad, no ruptura.
Sin embargo, la realidad posterior fue muy distinta. En Europa, Estados Unidos y en menor medida en América Latina se desató lo que los anglosajones llaman wreckovation: altares mayores de mármol serruchados o desplazados, retablos barrocos o neogóticos desmantelados, estatuas arrinconadas, comulgatorios eliminados, vidrieras cubiertas. En su lugar apareció muchas veces una simple mesa en el centro del presbiterio, como si la Misa fuera ante todo un banquete comunitario y no, en primer lugar, el Sacrificio incruento del Calvario.
Esa fiebre no se limitó a la arquitectura y la decoración. Se extendió a la liturgia misma. Se permitió —o no se corrigió con la firmeza necesaria— improvisaciones: sacerdotes que cambiaban oraciones a su gusto, homilías convertidas en monólogos personales, música sacra reemplazada por guitarras y ritmos profanos, e incluso experimentos extremos. La comunión en la mano se introdujo de facto y luego se regularizó por indulto. El tabernáculo fue desplazado a un lateral. Las niñas acólitas se generalizaron. Y mientras Roma emitía documentos como Inaestimabile Donum (1980) recordando las normas, muchos obispos y párrocos miraban para otro lado.
La misma permisividad alcanzó el terreno doctrinal y moral. El caso más emblemático fue la reacción a Humanae Vitae (1968): cientos de teólogos disintieron públicamente de la enseñanza sobre la contracepción y siguieron enseñando durante años sin sanciones efectivas. En seminarios y facultades se cuestionaba la Real Presencia, la autoridad del Magisterio y la moral sexual. La formación sacerdotal se volvió más psicológica y sociológica que doctrinal y espiritual.
Pero fue en el campo político donde la desviación tomó formas especialmente dolorosas. En América Latina, la recepción del Concilio (junto con la Conferencia de Medellín de 1968) fue interpretada por algunos como un mandato para una “opción preferencial por los pobres” que rápidamente se politizó. Surgió la Teología de la Liberación, que unía la salvación espiritual con la liberación sociopolítica y recurría —en sus versiones más radicales— al análisis marxista de la lucha de clases como herramienta “científica”. Sacerdotes y religiosos se involucraron en movimientos revolucionarios, algunos justificaron la violencia, otros ingresaron a partidos de izquierda o incluso a guerrillas. Surgieron grupos como “Cristianos por el Socialismo” y, en casos extremos, figuras como Camilo Torres o Ernesto Cardenal, que confundieron el Evangelio con la revolución marxista. La Iglesia, que siempre había defendido la justicia social a través de su Doctrina Social (desde León XIII hasta Populorum Progressio de Pablo VI), vio cómo esa enseñanza era torcida hacia un socialismo que, en la práctica, terminaba negando la libertad, la propiedad y la primacía de la gracia sobre la política.
¿Por qué se permitió tanto? Los motivos fueron parecidos en todos los ámbitos. Primero, la “hermenéutica de la ruptura”: muchos interpretaron el Concilio como un permiso para empezar de cero, superando el “triunfalismo barroco” y priorizando lo horizontal (la comunidad, la lucha social) sobre lo vertical (la adoración, la salvación eterna). Segundo, el contexto cultural de los 60 y 70: rechazo a toda autoridad, minimalismo artístico, rebelión generalizada y el auge del marxismo en el Tercer Mundo. Tercero, la descentralización excesiva: se dejó demasiado en manos de conferencias episcopales, comisiones locales y “expertos” que actuaban con impunidad. Cuarto, un miedo casi patológico a frenar “el progreso” o a ser tachados de integristas.
Roma intentó corregir. Pablo VI denunció en Opera Artis (1971) la destrucción de obras de arte y, en Evangelii Nuntiandi, recentró la evangelización evitando reduccionismos políticos. Juan Pablo II, en Puebla (1979) y con las Instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1984 y 1986, firmadas por el cardenal Ratzinger), advirtió claramente contra las desviaciones marxistas de la Teología de la Liberación: su uso insuficientemente crítico del análisis de clases, su riesgo de reducir la fe a praxis política y su tendencia a justificar la violencia. Dijo que la verdadera liberación es integral, pero siempre desde Cristo, no desde ideologías ateas. Sin embargo, el daño ya estaba muy avanzado.
Ahora bien, ¿eran ingenuos o mal intencionados los que, con el Concilio o en su nombre, abrieron esta puerta de confusión? La respuesta no es simple, y probablemente no sea una sola. En muchos casos hubo ingenuidad sincera: obispos y teólogos bienintencionados que, conmovidos por la pobreza real de América Latina y por el llamado conciliar a abrirse al mundo (Gaudium et Spes), creyeron que dialogar con el marxismo era posible y hasta necesario para “actualizar” la Iglesia. Pensaron que el “espíritu del Concilio” permitía absorber lo bueno de las ciencias sociales sin contaminarse. Fue un optimismo propio de la época, un error de prudencia más que de maldad.
Pero también hubo malintencionados, o al menos actores con una agenda clara de ruptura. El modernismo condenado por san Pío X en 1907 ya había sembrado semillas de inmanentismo, historicismo y relativismo doctrinal que nunca desaparecieron del todo. La “nueva teología” de los años 40-50 preparó el terreno. Algunos aprovecharon el Concilio —cuyos textos son ortodoxos— para imponer un “espíritu” rupturista que ya venía gestándose. La puerta, en ese sentido, no estaba completamente cerrada antes del Concilio; estaba entreabierta por décadas de fermentos modernistas, de diálogo imprudente con el mundo moderno y de una cierta fatiga de la neoescolástica. El Concilio no la abrió de par en par, pero su recepción descontrolada permitió que entrara una corriente de aire fuerte que arrastró consigo confusiones litúrgicas, doctrinales y políticas.
Esta triste época fue, en muchos aspectos, una temporada de debilidad pastoral. No porque la Iglesia dejara de ser divina, sino porque sus hijos humanos flaquearon en prudencia y firmeza. El resultado fue una pérdida enorme: de belleza visible, de reverencia, de claridad doctrinal y de transmisión de la fe. Templos anodinos, piedad popular herida, vocaciones desplomadas y, en no pocos lugares, una Iglesia que parecía más preocupada por la revolución social que por salvar almas.
Hoy, afortunadamente, asistimos a un lento pero real movimiento de corrección. Benedicto XVI insistió en la “hermenéutica de la continuidad” y defendió la belleza litúrgica sin complejos. En muchas parroquias se restauran altares, se devuelven estatuas, se recupera el canto gregoriano y se valora nuevamente la devoción tradicional. La Doctrina Social de la Iglesia se enseña con mayor claridad, sin reduccionismos ideológicos.
Recuperar esa belleza, esa reverencia y esa claridad no es nostalgia reaccionaria. Es fidelidad al mandato de ofrecer a Dios lo mejor que tenemos, como siempre hizo el pueblo católico. Porque la liturgia y la doctrina no son experimentos sociológicos ni herramientas políticas: son el encuentro de la tierra con el cielo. Y el cielo merece templos que lo anuncien con esplendor y una fe que no se confunda con ninguna ideología terrena.
Que Nuestra Señora, Reina de la Liturgia y Madre de la Iglesia, interceda para que sanemos estas heridas con humildad, prudencia y amor, aprendiendo de los errores sin amargura, pero sin minimizarlos tampoco. La verdad duele, pero libera. Y la Iglesia, que ha sobrevivido a crisis peores, sigue siendo la misma que Cristo fundó: santa, aunque a veces sus hijos la hagamos menos visiblemente bella.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
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