El panadero de Carlomagno y el argentino ilustre
Había una vez un argentino, llamémoslo Juan Pérez —porque, ¿qué nombre más apropiado para un hombre sin historia que ese compendio de lo genérico?— que vivía en un departamento de dos ambientes en Caballito, entre el ruido de los colectivos y el aroma a milanesa de la vecina. Juan no sabía mucho de sus antepasados, y hasta el día en que se le ocurrió meterse en el lodazal de la genealogía, tampoco le importaba. Su árbol familiar, hasta donde alcanzaba su memoria, era un bonsái raquítico: un abuelo que vendía choripanes en la Costanera, una abuela que zurcía medias en Lanús, y unos padres que apenas habían llegado a fin de mes. Nada de pergaminos ni escudos nobiliarios; puro sudor y mate amargo. Pero un día, aburrido de scrollear memes en el celular, Juan tropezó con un anuncio de esos sitios web que prometen desentrañar tu linaje por tres pesos y un abono mensual. “¡Descubra si desciende de reyes o conquistadores!”, decía la pantalla, con una tipografía que parecía sacada de un m...