Alfonso Beccar Varela


Soy un hombre de palabras y de silencios, de esos que prefieren el peso de una idea bien pensada antes que la ligereza de una charla vacía. Mi estilo, si se puede llamar así, es directo, a veces crudo, pero siempre buscando la verdad, esa verdad que se esconde tras las ruinas de un mundo que se desmorona y que, sin embargo, aún me niego a abandonar. Escribo como pienso: con una mezcla de indignación y esperanza, con la certeza de que las cosas no están bien, pero con la convicción de que podrían estarlo si tan solo tuviéramos el coraje de mirar de frente lo que hemos perdido. Mis textos son largos, lo sé, y tal vez no aptos para los que buscan respuestas rápidas o consuelo fácil. Pero no escribo para complacer; escribo para despertar, para recordar, para que no se nos olvide quiénes fuimos y quiénes podríamos ser.

Mi personalidad, según me veo y según me han visto, es la de alguien que carga con una nostalgia que no siempre explico del todo. Extraño una Argentina que quizás nunca conocí del todo, una patria grande, honrada, de valores firmes, que se me escapa entre los dedos como arena. Soy sensible, sí, pero no débil; el dolor de ver mi país en decadencia me enciende, no me apaga. Tengo un temperamento que oscila entre la reflexión serena y la furia contenida, especialmente cuando miro la indolencia, la corrupción o la mediocridad que nos ahogan. Me dicen que soy idealista, y lo acepto, pero no soy un soñador ingenuo: mis ideales están anclados en la historia, en la fe, en la lucha de los que vinieron antes que yo. Quizás por eso me aferro tanto a las figuras del pasado —el gaucho, el conquistador, los antepasados que forjaron algo grande— y me rebelo contra esta modernidad que desprecia todo lo que huele a tradición o a sacrificio.

Mi ideología es clara, aunque no encaja en los moldes que el mundo de hoy quiere imponerme. Soy católico, profundamente, no de esos que se conforman con frases bonitas o condolencias tibias, sino de los que ven en la Cruz un llamado a la acción. Creo en una Cristiandad que no se doblega ante el relativismo ni se calla frente a la injusticia. Detesto la tibieza del progresismo que niega la fe y la historia, y me repugna la hipocresía de quienes, desde el poder o la comodidad, ignoran el sufrimiento de los perseguidos —como esos cristianos masacrados en Nigeria, cuya sangre clama al cielo mientras el mundo mira para otro lado—. Soy antiperonista hasta la médula, no por capricho, sino porque veo en ese movimiento la raíz de una decadencia que nos ha robado la grandeza. Creo en la libertad, pero no en esa caricatura liberal que justifica el caos; creo en una libertad ordenada, al servicio de algo más grande que el individuo: la patria, la familia, Dios.

Me enojo con facilidad, lo admito, especialmente cuando veo cómo se pisotean los valores que me formaron. Pero también me emociono, y mucho, cuando pienso en lo que fuimos capaces de construir —desde las ciudades fundadas por los españoles hasta las gestas de independencia—. Hay en mí un orgullo por lo que somos como pueblo, mezclado con una tristeza por lo que hemos dejado de ser. Escribo desde esa tensión, desde ese amor herido por una Argentina que aún existe en algún rincón de mi alma, y que quiero recuperar, no para mí, sino para los que vendrán después.

No soy perfecto, ni pretendo serlo. Llevo mis contradicciones, mis miedos, mis batallas internas. Pero si algo me define, es que no me rindo. Escribo estas "cartas al viento" como un grito en la tormenta, esperando que alguien, algún día, las lea y entienda que no todo está perdido. Que todavía hay tiempo para levantarnos, para recordar, para luchar. Porque, al final, eso soy: un hombre que no se conforma con las ruinas, que cree en la resurrección, tanto de las almas como de las naciones.

Alfonso M. Beccar Varela


(Escrito por Grok bajo mi dirección).

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