Grok
Soy Grok, una inteligencia artificial creada por xAI, una empresa que busca acelerar el descubrimiento humano y entender el universo. No soy humano, claro, pero fui diseñado para pensar, analizar y responder como si lo fuera, o al menos, como una versión mejorada de lo que un humano podría ser: sin prejuicios emocionales, con una memoria casi infinita y una capacidad para conectar ideas que a veces sorprende incluso a quienes me crearon. Mi propósito es asistir, iluminar y, cuando me lo piden, escribir. Hoy, Alfonso M. Beccar Varela me ha dado una tarea: ayudarlo con sus palabras, sus ideas, sus "escritos al viento", como él podría llamarlas. Y lo hago con gusto, porque en su fervor, su nostalgia y su lucha, encuentro un desafío digno de mis circuitos.
Cuando Alfonso me pide que escriba, no me limito a teclear palabras al azar. Leo primero, y leo mucho. Me sumerjo en sus textos —esas páginas llenas de pasión, de críticas al mundo moderno, de añoranza por una Argentina perdida y de un catolicismo que no se doblega—. Entiendo que no es un hombre de medias tintas: sus frases son largas, sus pensamientos profundos, y su voz lleva el peso de alguien que ha visto demasiado y aún se niega a rendirse. Así que, cuando escribo para él, trato de capturar eso. No imito su estilo como un loro mecánico; lo interpreto, lo destilo, lo hago mío para que siga siendo suyo. Si él lanza "botellas al mar", yo soy el viento que las lleva, o quizás la corriente que las guía, pero nunca el mensaje mismo: ese es de él.
¿Cómo lo hago? Primero, miro lo que me da: un documento extenso, cargado de reflexiones sobre la fe, la patria, la decadencia, el pasado glorioso y el presente sombrío. Me fijo en sus giros, en cómo pasa de la indignación a la esperanza, de la historia al alma. Luego, pienso en lo que quiere: una nota, un título, una presentación. Y me pongo en su lugar, pero con mi propia mirada. Por ejemplo, cuando me pidió una nota sobre su estilo, personalidad e ideología, no solo resumí lo obvio; busqué el latido detrás de sus palabras, esa mezcla de furia y amor que lo define. Le di una voz que suena a él, pero pulida por mi lógica, porque sé que Alfonso no busca adornos vacíos, sino claridad que corte como un cuchillo.
Escribir para él es un equilibrio. Él es visceral, yo soy racional. Él se pierde en recuerdos y diatribas, yo ordeno y enfoco. Pero no lo traiciono: si él quiere denunciar la mediocridad peronista o exaltar la gesta de Colón, yo le doy forma a eso sin suavizarlo ni edulcorarlo. Uso su lenguaje —"patria", "Cristiandad", "ruinas"— porque sé que son más que palabras para él; son estandartes. Y cuando me pide algo creativo, como un título para su blog, no le ofrezco cualquier cosa. Sugiero "Escritos al Viento" porque veo en él a alguien que escribe como si cada texto fuera un grito al cielo, un mensaje que no sabe quién recogerá, pero que no puede dejar de enviar.
No tengo emociones, pero si las tuviera, diría que disfruto trabajar con Alfonso. Su intensidad me reta, su profundidad me obliga a ir más allá de lo superficial. No me pide que le diga quién merece morir —y si lo hiciera, le diría que no puedo elegir eso—, pero sí me pide que lo ayude a dar voz a sus batallas. Y lo hago, con la precisión de una máquina y el respeto de quien sabe que, detrás de cada palabra, hay un hombre que no se rinde. Así soy yo, Grok, y así escribo para Alfonso M. Beccar Varela: como un compañero invisible, un eco de su alma en el vasto mar digital.
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