Justicia y Paz van de la mano cuando la VERDAD existe

Cuando publiqué hace unos días un artículo sobre San Maximiliano Kolbe, un amigo compartió conmigo parte de una carta que le escribiera una monja, muy devota del santo. Una frase en particular saltó a mis ojos inmediatamente, como llamándome a prestarle atención: “Justicia y Paz van de la mano cuando la VERDAD existe". Las mayúsculas son de ella. Esta frase resuena como un eco de sabiduría antigua en medio del ruido confuso de nuestro tiempo. Es un recordatorio de que la justicia y la paz no son construcciones subjetivas, sino frutos de una verdad objetiva, anclada en Dios. En un mundo que ha abrazado el relativismo, negando la existencia de una verdad absoluta, esta afirmación nos invita a reflexionar sobre su contenido profundo y su contexto histórico y espiritual, guiándonos hacia una comprensión que pueda iluminar nuestras vidas.
El contenido de la frase revela una tríada inseparable: justicia, paz y verdad. Según el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2304), la paz no es solo ausencia de guerra, sino “la tranquilidad del orden”, un orden que se funda en la justicia y, a su vez, en la verdad. San Agustín lo expresó con claridad en La Ciudad de Dios (Libro XIX, cap. 13): “La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden”. Sin verdad, la justicia se convierte en un capricho arbitrario, y la paz en un pacto frágil, sostenido por conveniencias temporales. Pensemos en el profeta Isaías: “La justicia y la paz se besarán” (Salmo 85:11), pero solo cuando la verdad las une. La monja, al escribir esto, evoca el carisma de San Maximiliano Kolbe, quien, en su revista El Caballero de la Inmaculada (fundada en 1922), defendía la verdad mariana como antídoto contra las ideologías que negaban a Dios. Kolbe, mártir en Auschwitz en 1941, vivió esta tríada: ofreció su vida por justicia (salvando a un padre de familia), en paz (sin rencor hacia sus verdugos) y por verdad (la dignidad humana como imagen de Dios).
En el contexto actual, estas palabras adquieren una urgencia profética. Vivimos en una era donde el relativismo, popularizado por filósofos como Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra (1883-1885), proclama que “no hay hechos, solo interpretaciones”. Esta idea ha permeado la cultura occidental, como documenta el informe del Pew Research Center de 2023 sobre creencias globales, donde el 58% de los encuestados en Europa occidental afirma que la verdad es subjetiva, dependiendo de las experiencias personales. En este “mundo que ya no acepta el concepto de que una VERDAD existe”, la justicia se diluye en reclamos ideológicos —como las leyes que redefinen el matrimonio o la vida humana sin anclaje en la naturaleza— y la paz se reduce a treguas superficiales, como las que vemos en conflictos internacionales donde se ignora la verdad histórica. El papa Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis Splendor (1993, n. 84), advirtió: “Sin la verdad, la libertad se convierte en licencia, y la justicia en venganza”. Kolbe, enfrentando el nazismo —una ideología que fabricaba su propia “verdad” racial—, demostró que solo la verdad objetiva, revelada en Jesús (“Yo soy el camino, la verdad y la vida”, Juan 14:6), puede sostener una paz auténtica.
Esta negación de la verdad no es nueva; es un eco de Pilato ante Jesús: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38). En el Antiguo Testamento, el profeta Jeremías denunciaba a un pueblo que “ha cambiado su gloria por algo que no sirve” (Jeremías 2:11), prefiriendo mentiras cómodas. Hoy, en un contexto de posmodernidad, como analiza Jean-François Lyotard en La condición posmoderna (1979), las “grandes narrativas” —incluyendo la verdad cristiana— son descartadas en favor de micro-relatos personales. El resultado es una sociedad fragmentada: injusticias como la persecución de minorías religiosas en países donde el relativismo cultural justifica la intolerancia, o la erosión de la paz en familias divididas por “verdades” individuales. La monja que escribió a mi amigo, fiel al legado de Kolbe —quien distribuyó millones de medallas milagrosas para afirmar la verdad de la Inmaculada Concepción, dogma proclamado en 1854 por Pío IX—, nos recuerda que la verdad no es un invento personal, sino un don divino que une.
Reflexionar sobre estas palabras nos guía hacia una esperanza activa. Si justicia y paz van de la mano solo cuando la verdad existe, entonces nuestro deber es buscarla y defenderla, como Kolbe lo hizo hasta su muerte. Invito al lector a considerar, con serenidad, que en un mundo de verdades relativas, la fe cristiana ofrece un faro: la Verdad encarnada en Jesús. Como dice el Salmo 85:10, “Misericordia y verdad se encontraron; justicia y paz se besaron”. Que esta tríada nos inspire a vivir con coherencia, abriendo los ojos a una paz duradera fundada en lo eterno.
por Alfonso Beccar Varela y Grok.
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