No hay nada que mirar acá

 


Los medios de izquierda y sus aliados progresistas volvieron a mostrar su repertorio favorito: el lenguaje incendiario de siempre. Viktor Orbán, durante años, fue etiquetado como dictador, autócrata, tirano en ciernes y constructor de un sistema diseñado para no soltar nunca el poder. “Hungría ya no es una democracia”, repetían como loros. “Orbán ha destruido las instituciones para gobernar de por vida”, alertaban con tono apocalíptico en The Guardian, The New York Times, CNN y compañía. El mismo libreto que usan con Donald Trump (“amenaza existencial para la democracia”), con Javier Milei (“fascista libertario” o “wannabe dictador”) y con cualquier líder que se atreva a desafiar el consenso globalista y la agenda woke.

Ese hiperbólico arsenal retórico es devorado con gusto por una enorme parte de sus lectores. Les encanta. Les da sentido de superioridad moral y les permite sentir que están del lado correcto de la historia mientras demonizan al disidente de turno. No importa si es Orbán defendiendo fronteras, Trump cuestionando el establishment o Milei dinamitando el Estado elefantiásico: todos son “dictadores”, todos “peligro para la democracia”, todos “amenazan con no irse nunca”.

Y entonces llegan las elecciones. Y el supuesto tirano, el que supuestamente había “acabado con la democracia”, pierde en las urnas. Como acaba de pasar con Orbán después de 16 años en el poder: concedió la derrota, felicitó al ganador y se fue a su casa. Sin tanques en la calle, sin suspensión de la Constitución, sin golpe. Una alternancia democrática más, tan normal como en cualquier país serio.

¿Qué hacen entonces estos mismos medios? Miran para otro lado, silban bajito y cambian de canal a toda velocidad. De repente, el “dictador eterno” ya no es noticia. La histeria se apaga como por arte de magia. No hay mea culpa, no hay autocrítica, no hay “nos equivocamos al llamarlo tirano”. Directamente pasan a la próxima causa urgente: la nueva amenaza fascista del momento, el siguiente líder al que hay que destruir con los mismos adjetivos grandilocuentes.

Y los lectores cabeza hueca, esos que tragaron cada titular alarmista como evangelio, no aprenden absolutamente nada. Al día siguiente ya están abrazando la nueva narrativa con la misma ceguera fervorosa, la misma indignación prefabricada y la misma certeza de que esta vez sí, esta vez el cielo se cae. Porque reconocer que les vendieron humo una y otra vez implicaría admitir que su brújula moral está rota y que su capacidad de análisis es patética.

Así funciona la máquina: fabrican tiranos de cartón, los venden como amenaza existencial, cosechan clics y superioridad moral… y cuando la realidad los desmiente, simplemente borran el capítulo y arrancan con el siguiente. El público fiel, mientras tanto, sigue aplaudiendo en las gradas, listo para el próximo show de terror. 

Patético, predecible y, lamentablemente, eterno.

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