¡Por fin! La inclusión que faltaba: la mujer embarazada, esa gran desaparecida



Queridos guionistas, directores y comités de diversidad de streaming: felicidades. Han logrado que en 2026 sea más fácil ver a un elfo negro homosexual en una serie de época medieval que a una mujer con una panza de ocho meses comprando pañales en el supermercado. Bravo. El arcoíris brilla, las parejas interraciales se multiplican como conejos en Bridgerton, y las lesbianas protagonizan dramas donde antes había monjas. Pero la embarazada… esa sigue siendo la gran hereje visual. No sea que alguien se sienta incómodo recordando de dónde vienen los humanos.

Es fascinante. Vivimos en la era del “representa a todos”, siempre y cuando ese “todos” no incluya el estado natural más obvio y revolucionario de la mitad de la población adulta: la gestación. Una mujer embarazada es un milagro biológico andante. Lleva dentro otro ser humano. Su cuerpo cambia, sus hormonas hacen fiesta rave, camina como pato y aun así sigue funcionando. ¿Y cuántas veces la vemos en pantalla sin que sea el centro dramático de un capítulo de This Is Us o un reality de parto gore? Casi nunca. 

En cambio, sí vemos a mansalva:

- El personaje gay en la Roma antigua que suelta one-liners sobre su identidad.

- La pareja interracial en la Inglaterra victoriana que, casualidad, es la más progresista del reino.

- La mujer fuerte e independiente que nunca menciona deseos de maternidad porque eso sería “regresivo”.

- El elenco completo de una serie de fantasía donde la demografía parece sacada de una universidad de California en 2024.

Pero una embarazada caminando por la calle, quejándose de los tobillos hinchados, con estrías y todo, sin que eso sea metáfora de empoderamiento o trauma… eso es demasiado real. Demasiado biológico. Demasiado… normal. Y lo normal, señores, ya no vende en el mercado de la virtud performativa.

Defendamos a la mujer de verdad. No a la caricatura aséptica que nos venden. La mujer que se embaraza (porque sí, la mayoría lo hace o lo desea en algún momento) no es una víctima del patriarcado ni una incubadora opresora. Es la que sostiene la especie. Sin ella no hay civilización, ni series woke, ni guionistas cobrando por inventar minorías históricas. Es la que pasa náuseas, varices, miedo y euforia, todo al mismo tiempo. Y en pantalla solo aparece cuando conviene: o hipersexualizada post-parto en Instagram de celebrity, o sufriendo en un drama médico.

El sarcasmo se agota cuando uno se da cuenta de la hipocresía. Celebran la “diversidad corporal”… pero solo si la barriga es de cerveza o de activismo, nunca de bebé. Promueven la “autonomía femenina”… siempre que esa autonomía no incluya celebrar la fertilidad como algo poderoso y hermoso. Porque reconocer que el cuerpo de la mujer tiene una función reproductiva única es, al parecer, un acto de rebelión contra el guion oficial.

Así que sí, tengo el feeling —y cada vez más gente lo tiene— de que esta “inclusión” es selectiva como un casting de Hollywood. Incluye a quien toca incluir según la moda ideológica del momento. Excluye lo que huele a tradición, a biología, a continuidad de la vida. 

Señoras embarazadas del mundo real: sigan brillando en las calles, en los colectivos, en las oficinas y en los supermercados. Ustedes son la representación más radical que existe. No necesitan que Netflix las ponga en un especial. Ya están haciendo lo más importante que la humanidad ha hecho jamás: traer al siguiente capítulo. 

Y a los que fabrican entretenimiento: cuando se cansen de fingir que la demografía es un constructo social, avísennos. Igual descubrimos que mostrar una panza de nueve meses no destruye la civilización. Al contrario. La hace posible.

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