¿Dónde encajan las ideas libertarias de Javier Milei en la tradición católica de crítica al capitalismo?
En el contexto de la Doctrina Social de la Iglesia —que rechaza tanto el colectivismo marxista como el liberalismo desenfrenado—, las ideas libertarias a las que subscribe Milei ocupan un lugar incómodo, ambiguo y, en última instancia, insuficiente. No son herejía formal, pero sí coquetean peligrosamente con el extremo que la Iglesia ha condenado desde hace más de un siglo: aquel individualismo radical que convierte la libertad en un absoluto y reduce al hombre a un átomo económico desvinculado de Dios, de la familia y de la patria.
Milei, con su formación en la Escuela Austriaca, su admiración por Murray Rothbard y su retórica de “anarcocapitalismo”, propone una libertad entendida como ausencia casi total de Estado, como si el mercado por sí solo pudiera ordenar la sociedad y resolver el destino de las almas. Esa visión choca frontalmente con la tradición católica, que nunca ha aceptado la “caricatura liberal que justifica el caos” (como yo mismo escribo en mi presentación). La Iglesia no defiende la libertad como fin en sí misma, sino como medio ordenado al bien común, a la verdad y a la caridad. León XIII, Pío XI, Juan Pablo II y Francisco han sido clarísimos: cuando la libertad económica se absolutiza, cuando el lucro se antepone a la persona, cuando la propiedad privada se divorcia de su función social, se genera un sistema que devora a los débiles y rompe los vínculos naturales de solidaridad.
Milei habla de “libertad” como quien pronuncia una palabra sagrada, pero esa libertad suya huele más a Ayn Rand que a santo Tomás de Aquino. El Aquinate enseña que la libertad no es “hacer lo que me da la gana”, sino “hacer el bien sin impedimento”. Sin un orden moral objetivo, sin una autoridad que proteja el bien común, sin una concepción del Estado como custodio de la justicia y no mero gendarme nocturno, la libertad libertaria termina siendo la ley del más fuerte disfrazada de principio noble.
Y sin embargo… y aquí viene la tensión que me quema por dentro: Milei está librando en Argentina la batalla que muchos católicos llevamos décadas pidiendo a gritos. Está enfrentando al monstruo peronista-kirchnerista que durante ochenta años nos robó la grandeza, que destruyó la moneda, que corrompió las instituciones, que nos convirtió en mendigos de nuestra propia historia. Ese monstruo estatista, colectivista y demagógico es el hijo directo del socialismo que la Iglesia ha condenado con más dureza todavía que al liberalismo. Ante esa bestia, el hachazo libertario de Milei —aunque excesivo, aunque a veces ciego— ha sido un aire fresco, un grito de “¡basta!” que necesitaba nuestra patria herida.
Por eso muchos católicos nos encontramos en una posición dolorosamente esquizofrénica: aplaudimos que por primera vez en décadas alguien se atreva a cortar de raíz el cáncer estatista, pero sufrimos cuando esa misma motosierra amenaza con cortar también las raíces de la tradición, de la familia, del sentido de nación y de Dios que siempre sostuvieron a la Argentina grande que añoramos. Queremos que Milei gane la guerra contra el peronismo, pero tememos que, si gana con las armas del libertarismo puro, terminemos cambiando un totalitarismo colectivista por un individualismo disolvente que nos deje igual de huérfanos de sentido.
La salida no es volver al estatismo ni abrazar el anarcocapitalismo. La salida es la que la Doctrina Social lleva un siglo proponiendo: una libertad ordenada, subsidiaria, al servicio de la persona y del bien común; un Estado fuerte pero limitado, que proteja la vida, la familia y la propiedad privada sin ahogar la iniciativa; una economía que ponga al hombre —y no al dinero— en el centro. Eso es lo que los católicos argentinos debemos exigirle a Milei: que su revolución liberal sea un puente hacia una Argentina católica y no un camino hacia una sociedad de átomos egoístas.
Porque si Milei logra derrotar al peronismo pero nos entrega una Argentina libertaria donde Dios sea opcional, la familia negociable y la patria un mero contrato privado, habremos ganado una batalla económica y perdido la guerra por el alma. Y eso no lo podemos permitir.
Yo, que llevo la nostalgia de la Argentina grande en las venas, que me niego a rendirme ante las ruinas, veo en Milei una oportunidad histórica: que su furia iconoclasta contra el Estado elefantiásico sea el martillo que rompa las cadenas, pero que después venga la Cruz a reconstruir lo que quede en pie. Que su libertad salvaje sea purgada y elevada por la única libertad que redime: la de los hijos de Dios.
Hay tiempo todavía. Hay esperanza mientras haya católicos que no se conformen ni con el colectivismo ni con el individualismo, sino que exijan la tercera vía: la de Cristo Rey.

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