Dos Rauch, una misma tierra



El otro día, hablando con un amigo ingeniero agrónomo, salió el nombre de Rauch. Él trabaja en un campo cercano a esa ciudad bonaerense, y la conversación derivó, como suele pasar, de los cultivos al nombre del lugar. Yo tenía en la cabeza a un Rauch ingeniero, el que había vivido y trabajado en Salta, el de los ferrocarriles del norte. Él me corrigió: el del pueblo era militar, el que había participado en las campañas contra el indio, y que por eso, en los tiempos que corren, había quien pedía cambiarle el nombre.

Me quedé con la duda. No era la primera vez que la memoria popular mezclaba a dos hombres de apellido alemán que hicieron de la Argentina su patria. Así que fui a Genealogía Familiar, esa herramienta que tanto me ha servido para desenredar hilos familiares, y me puse a investigar. Lo que encontré fue más rico de lo que esperaba, y también más incómodo para las simplificaciones de turno.

El primero es el coronel Federico Rauch, o Friedrich Rauch, nacido en Weinheim el 9 de agosto de 1790. Militar prusiano que había servido bajo Blücher y participado en las guerras napoleónicas. Llegó a Buenos Aires el 23 de marzo de 1819 y se incorporó de inmediato al ejército, con despacho de teniente segundo firmado por Pueyrredón. Ascendió rápido: capitán en 1820, sargento mayor en 1821, y coronel a los treinta y tres años, siempre en los Húsares de Buenos Aires. Se hizo famoso —y temido— en la frontera sur. Entre 1826 y 1827 realizó tres campañas que empujaron la línea de fortines hasta Melincué, el Fuerte Federación (origen de Junín), 25 de Mayo y Tapalqué. Lo llamaban “el guardián de las fronteras”. Los estancieros lo premiaban; los indios lo odiaban. Sus métodos eran los de la época: ataque por sorpresa a las tolderías, y a veces el degüello para ahorrar pólvora. No era un santo, ni pretendía serlo. Era un profesional de la guerra de frontera.

No murió en la campaña de Roca, como a veces se dice con ligereza. Murió mucho antes, el 28 de marzo de 1829, en el Combate de Las Vizcacheras. Allí se enfrentaron unitarios y federales, y a ambos bandos se habían sumado indios: pampas del lado de Rauch, ranqueles del lado federal. Las fuerzas que él comandaba fueron derrotadas. Quedó aislado, le bolearon el caballo y Nicasio Maciel —Arbolito— lo ultimó. Le cortaron la cabeza y la llevaron como trofeo. Tenía 38 años. Se había casado en 1827 con Narcisa Victoria Pérez Millán y Quintana, de linaje criollo. Ella enviudó joven y se volvió a casar con otro alemán.

En la ciudad de Rauch hay un monolito con busto del coronel en la Plaza Independencia. En la Plaza Mitre, a pocas cuadras, galopa en bronce el mismo Arbolito que lo mató. La paradoja es perfecta: el pueblo lleva el nombre del alemán, y en su plaza principal se honra al ranquel que le cortó la cabeza. Osvaldo Bayer y otros revisionistas propusieron cambiar el nombre del pueblo por el de Arbolito. La propuesta no prosperó, pero el clima sigue. Hoy se prefiere recordar al indio y olvidar al soldado que defendió la frontera. La historia se reescribe según la moda, no según lo que ocurrió.

El otro Rauch es distinto y más tardío. José Enrique Teodoro Rauch (Josep Heinrich Theodor Rauch), nacido hacia 1845 o 1846 en Bissingen, Baviera. Ingeniero civil y arquitecto, llegó a la Argentina hacia 1874, contratado por el gobierno de Avellaneda. Sarmiento había dicho que buscara a alguien “pero que no sea inglés”. Rauch proyectó la traza del ferrocarril que más tarde sería el Tren a las Nubes, sin cremallera, y otras líneas del norte: hacia Antofagasta, hacia Oruro, hacia Cafayate. También intervino en la torre de la iglesia de la Viña. Se estableció en Salta, se casó en 1883 con Celina Rudecinda Zorreguieta Hernández, hija de Mariano Zorreguieta, historiador y político salteño. Tuvieron seis hijos. Murió en Cafayate en 1900. La familia Zorreguieta tiene raíces profundas en la historia argentina; décadas después, una de sus descendientes llegaría a ser reina de los Países Bajos.

No he encontrado parentesco directo entre el coronel y el ingeniero. Eran de generaciones distintas, de regiones alemanas distintas, y llegaron a la Argentina con medio siglo de diferencia. Ambos, sin embargo, se casaron con mujeres argentinas de linaje y echaron raíces aquí. Ambos trabajaron para el país que los recibió: uno empujando la frontera con el sable, el otro tendiendo rieles sobre la cordillera. Uno murió joven y degollado en la pampa; el otro murió de edad, en Cafayate, después de haber proyectado obras que todavía se recorren.

La lección no es moralizante. Cada época necesita sus hombres: los que defienden la tierra y los que la comunican. Lo que sí resulta revelador es cómo se los recuerda. Al coronel se le discute el nombre del pueblo que fundaron en su honor; al ingeniero casi no se lo menciona fuera de Salta y de los círculos ferroviarios. La memoria selectiva no es nueva. Lo que cambia es a quién se elige borrar.

En Rauch, el agrónomo sigue trabajando el campo. El nombre del lugar sigue siendo el del coronel alemán. Y en la plaza, Arbolito sigue galopando. La historia, como el suelo, no se deja borrar tan fácilmente. Se puede intentar, pero las raíces quedan. Y las raíces, en este país, suelen ser mixtas: alemanas y criollas, militares y civiles, de frontera y de ferrocarril. Negar una parte es empobrecer el todo.

Eso es lo que aprendí, una vez más, investigando en la página de Genealogía Familiar y escuchando a un amigo que trabaja cerca de esa ciudad bonaerense.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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