Cruz pectoral, no ventral


En breve:

La cruz de los obispos se llama pectoral porque va sobre el pecho, junto al corazón. Los manuales lo decían sin vueltas: si la cadena es larga, se engancha arriba. Es pectoral, no ventral. Hoy, en muchas fotos, el metal ha bajado un palmo. En otras, desaparece en el bolsillo del saco, para que no incomode la sesión.

La Barca hace agua, y hay temas más graves. Pero el signo también importa. Al dejar el hábito por el saco, el bolsillo gana. Al quedar sólo la camisa de manga corta, basta el alzacuello. Lo sagrado cede un palmo, el palmo se vuelve costumbre, y la costumbre se vende como sencillez. Una cruz que se esconde para no molestar ya empezó a callar.


No sé si alguno de ustedes ha notado, en muchos prelados de nuestra Santa Iglesia, un hecho que no sé si es tendencia o aberración pasajera: las cruces pectorales cada vez más bajas. Entiendo que es, probablemente, frívolo de mi parte fijarme y preocuparme por estas cosas, cuando la Barca de Pedro hace agua en medio de la tormenta y tiene, ciertamente, que lidiar con temas mucho más importantes. Pero ¿no es eso importante también?

Se llama cruz pectoral porque va sobre el pectus: el pecho. No es un capricho de sastre. Es un nombre teológico disfrazado de latín. Los primeros cristianos decían enkolpion: lo que se lleva en el seno. Inocencio III, cuando la fija como insignia, la pone sobre el corazón y la lee como signo de la caridad que debe presidir. El prelado, al colgársela, la besa y pide acordarse de la Pasión. No pide acordarse del almuerzo.

Los manuales, que aún no se habían vuelto pudorosos, lo dicen sin anestesia. Si la cadena es demasiado larga, se engancha arriba para que la cruz quede en el pecho. "Es una cruz pectoral, no una cruz ventral". La frase no es un chiste de sacristía. Es la rúbrica reconociendo, hace décadas, que el metal tiende a bajar y que el oficio del obispo es no dejarlo bajar.

Hoy el descenso se ha vuelto costumbre. En las fotos de asamblea —camisa gris, saco negro, sonrisa de plenario— la cruz ya no vigila el pecho. Se ha acomodado un palmo más abajo, donde el cuerpo ganó la discusión con el cinturón. No en todos por igual. En algunos, sí. Basta que ocurra en la foto con el que un episcopado se presenta como cuerpo.

Y hay un refinamiento todavía más elocuente. El manual de la sotana decía: si molesta, súbanla. En varias fotografías he visto otra cosa. En lugar de levantar la cruz, de hacerla visible y dejarla sobre el pecho, algunos la meten en el bolsillo. Así no golpea la mesa. Así no se clava cuando el prelado se sienta a firmar el comunicado. El signo de la Pasión, entre el pañuelo y la lapicera, para que no incomode la sesión.

Aquí empieza el debate, y el debate ilustra el daño colateral de este y muchos cambios modernos. Cuando el obispo viste sotana, el criterio es antiguo y claro: la cruz se alza y se muestra. Cuando el obispo abandona el hábito —el uniforme con el que se lo reconocía— y adopta el saco negro del mundo, aparece de pronto un protocolo nuevo. Un manual norteamericano de ceremonial, The Church Visible, llega a decir que, con traje, la cruz "nunca debe colgar libre al cuello" y que "debe descansar en el bolsillo izquierdo del saco o del chaleco". Hay fotos de Cupich en una convención política con la cadena a la vista y la cruz escondida. Hay fotos de Burke, a quien nadie acusará de modernista, haciendo lo mismo. Unos gritan que ocultan a Cristo. Otros responden que es etiqueta. Un jugador de fútbol americano, Harrison Butker, les pide a los pastores que no tengan miedo de llevar la cruz fuera del saco. Un canonista discute si eso es ley o invención. Fr. Z, más cuerdo, recuerda que antes, con sotana, se usaba un gancho; ahora, con saco, se usa el bolsillo.

Nadie parece detenerse en lo obvio. El conflicto no nació entre la cruz y el pecho. Nació cuando el ministro de Dios se quitó el hábito y se puso una ropa que no fue hecha para la cruz. La sotana tenía un lugar para el signo. El saco tiene un bolsillo. Y el bolsillo siempre gana, porque el saco no fue cortado para Cristo: fue cortado para no molestar. En la lucha entre el saco y la cruz, ¿gana el saco?

Lo triste es que, para muchos, ya ni el saco queda. Prefieren la camisa de manga corta, gris o blanca, como si debiéramos conformarnos con que se dignen usar el alzacuello como único distintivo de su consagración. El hábito no era vanidad. Era una ropa hecha para que la cruz tuviera dónde estar. El saco, al menos, era una concesión al mundo con pretensión de formalidad. La camisa de verano es otra cosa: el obispo se presenta como un empleado que ha cumplido con el horario reglamentario. "Tengo alzacuello. ¿Qué más quieren?" Quieren, Señor, que se los reconozca sin tener que buscar el plástico blanco entre los pliegues de una camisa de manga corta. Quieren que el cuerpo consagrado no se disculpe por ocupar espacio. Quieren una cruz sobre el pecho, no un alzacuello sobre un torso que ya no sabe vestirse para lo que es.

Eso es lo que ocurre cuando se abandona el uniforme. No es sólo que el mundo deje de reconocer al sacerdote en la calle. Es que el propio signo empieza a sobrarle al que lo lleva. Primero se deja la sotana. Después se discute el saco. Después se adopta la manga corta. Después la cruz se baja del pecho. Después se esconde para no molestar. Después la doctrina se diluye en los comunicados. Después el pastor se convierte en jefe de una ONG. Todo es el mismo desliz: lo sagrado cede un palmo, el palmo se vuelve hábito, y el hábito se vende como sencillez.

Uno puede reírse. Es sólo un centímetro. Es sólo un bolsillo. Es sólo una manga. El mundo se cae a pedazos y Alfonso se pone a medir cruces. Sí. Por eso duele. Las grandes apostasías rara vez empiezan con un concilio. Empiezan cuando un signo deja de significar y el silencio se llama prudencia.

No pido que adelgacen. El Evangelio no es una dieta. Pido que suban la cruz. Y, si hace falta, que vuelvan a una ropa donde subirla no sea un problema de protocolo ni un favor que el alzacuello nos concede. Cuesta un gancho, una cadena más corta, un minuto de atención al nombre de las cosas. Si ni siquiera eso se sostiene —el metal sobre el corazón, no sobre la digestión, no dentro del saco, no sobre la camisa de verano—, ¿qué van a sostener cuando les pidan la fe, que pesa más y no brilla en la foto?

El pecho era el lugar del signo porque era el lugar de la herida. Del costado abierto. De lo que hay que guardar. Una cruz que se instala sobre la panza no guarda nada: descansa. Una cruz que se guarda en el bolsillo no descansa: se oculta. Un obispo que se queda en la camisa de manga corta no se oculta: se reduce. Y una Iglesia que ha aprendido a reducir sus signos para sentarse más cómoda es una Iglesia que ya ha empezado a sentarse sobre su oficio.

Que Dios nos perdone el ojo cruel. Y que no nos perdone el ojo que ya no ve.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

Comentarios

  1. La cruz sobre el pecho es la insignia episcopal por excelencia. Representa tanto la profesión pública de la fe en la Pasión de Cristo como la protección sobre el corazón del prelado, y contiene tradicionalmente en su interior reliquias de santos y de la Vera Cruz (Lignum Crucis).

    Frente a esta dignidad litúrgica tradicional, la escena actual muestra otra cara: prelados que renunciaron a ser príncipes, pero no al poder; se visten de laicos, pero actúan como punteros políticos». En el fondo, apelan a una austeridad demagógica para conservar y ejercer influencia política. Cambiamos el trato de «eminencia» por el «che, vos». Y lo peor de todo es que el actual presidente del Episcopado —de traje y saco—, Mons. Marcelo Colombo, es el promotor de Angelelli y sus adláteres, con tonadas de montoneros y su farsa mentirosa de mártir. Todo esto expone con claridad que el conflicto entre dos visiones irreconciliables de la Iglesia, de su liturgia y de su relación con la historia argentina sigue abierto y polarizado.

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  2. Tras el concilio, cuando los obispos decidieron ser pobres, se deshicieron de las cadenas y el ganchito. Algunas eran auténticas obras de arte. Decían que enmarcar la cruz con una especie de cortinas de oro, no era evangélico. Recuerdo que, para llevarlas asi, esas cadenas eran casi el doble de largas que las que usan hoy. En casa tuvimos una, con la Cruz, que el Arzobispo de nuestra ciudad le dejó a papá, como muestra, para mandar a hacer una para un nuevo obispo que habia sido compañero de colegio de papá y que sus compañeros le querían regalar: era enorme.

    Nunca vi una foto de Burke sin la cadena con ganchito, cuando viste sotana. El usa el fajin, como debe ser, por encima de la panza, única forma de que no se arrugue al sentarse. Juan Pablo II, uso siempre la misma Cruz, con cadena con ganchillo, una cadena muy delgada y casi rígida, mas corta que las antiguas: de hecho la Cruz quedaba mas abajo qué las vueltas de la cadena.

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