Cuando el cielo dejó de caber en el hormigón
Vi esta semana Heaven in Stone and Glass, de monseñor Barron. El comentario que me quedó no era una tesis de historia del arte. Era más simple y más cruel: él y yo crecimos en la misma época en que la Iglesia, de pronto, empezó a construir como si se avergonzara de haber construido Chartres.
Las iglesias de nuestra infancia no cantaban. A veces eran brutalistas. Muchas parecían galpones, auditorios municipales, depósitos de algo sagrado que ya no se atrevía a declararse sagrado. El hormigón desnudo, el techo bajo, el altar como una mesa de comedor, la luz blanca y administrativa. Uno entraba y el cuerpo no sabía si debía arrodillarse o pedir un número. El edificio no mentía: anunciaba que lo que ocurría allí podía ocurrir en cualquier parte.
Ese estilo no nació de la pobreza. Nació de una ideología.
Hubo, primero, una teología que dejó de mirar hacia arriba. El templo dejó de ser umbral de la Jerusalén celeste y pasó a ser “casa de la asamblea”. El acento se desplazó del Misterio que desciende al grupo que se reúne. Si lo esencial es la comunidad horizontal, ¿para qué las naves que empujan el alma hacia lo alto? ¿Para qué el vitral que catequiza al analfabeto y al sabio por igual? ¿Para qué el oro, el silencio, el eje que apunta al Oriente? Bastaba un espacio “funcional”, “austero”, “moderno”. La austeridad, que en los santos es despojo por amor, se convirtió en estética de oficina.
Hubo, después, el dogma del Movimiento Moderno, que la Iglesia adoptó con el entusiasmo del converso tardío. El ornamento era mentira. La tradición era disfraz. La belleza objetiva —esa que Barron defiende con razón— se volvió sospechosa de triunfalismo. El hormigón visto, el ladrillo sin enlucir, la planta central que disuelve el coro y el santuario: todo eso se presentó como honestidad. En realidad era una metafísica. Si no hay un mundo invisible que deba ser significado por la materia, la materia no tiene derecho a cantar. Fulton Sheen lo vio con una frase que sigue siendo un diagnóstico: cuando una civilización deja de creer que lo visible es signo de lo invisible, sus edificios se vuelven cajas de galletas iluminadas.
Hubo, por último, el espíritu de ruptura de aquellos años. No el Concilio en sus textos, que no mandó construir galpones, sino la interpretación que se impuso en diócesis, seminarios y estudios de arquitectura: lo anterior era “preconciliar”, por tanto prescindible. Se derribaron retablos. Se giraron altares. Se sustituyó el canto que había formado siglos de oídos cristianos por una música que quería parecerse al mundo para que el mundo no se asustara. Se llamó humildad a lo que era, muchas veces, milicia contra la propia herencia.
Y no sirvió para acercar almas a Dios.
La vía de la belleza no es un adorno pastoral. Es uno de los caminos por los que el hombre, herido y distraído, todavía tropieza con lo eterno. Un campesino medieval que jamás había visto un edificio de más de dos pisos entraba en Amiens y comprendía, sin tratado alguno, que el cielo tiene peso y que Cristo reina. El turista ateo que llora ante Notre-Dame en llamas no llora por un “espacio comunitario”. Llora porque algo en esa piedra y en ese vidrio le recuerda una patria que él mismo ha olvidado.
El gótico no fue, sin embargo, la única lengua en que la fe supo hablarle al alma. Cada época creyente encontró la forma que su sensibilidad podía sostener sin rebajar el Misterio. El barroco no imitó a Chartres: desbordó. Donde el gótico hiere hacia arriba con la línea y la luz filtrada, el barroco envuelve, satura, convence a los sentidos de que la gloria de Dios no cabe en la medida humana. No es menos teológico por ser más suntuoso. Es otra pedagogía del mismo Cielo.
Esa pedagogía dejó en la América española tesoros que todavía catequizan. No fueron el capricho de un virrey ocioso. Fueron el fruto de una fe que se hizo carne en manos indias, mestizas y españolas, y de una tierra que ofreció lo que tenía de más precioso. El oro de esos altares no es el botín de una leyenda negra reciclada hasta el cansancio. Es metal que no se fue a adornar el orgullo de una corte, sino que se quedó —o volvió— para ser dado a Dios. Se batió en láminas, se pegó al cedro y al yeso, y desde entonces trabaja: eleva la mirada de quien entra, enseña a un pueblo que lo creado puede ser transfigurado, y deja a las generaciones futuras un argumento que ningún folleto pastoral iguala. Juan Pablo II llamó a la Capilla del Rosario, en Santo Domingo de Puebla, “el relicario de América”: un mar de pan de oro del siglo XVII al que sus contemporáneos llamaron casa de oro y octava maravilla, no porque adoraran el metal, sino porque el metal había sido puesto de rodillas. Lo mismo ocurre al cruzar el umbral de la Compañía de Jesús en Quito, cubierta de oro quiteño donado por fieles y trabajado durante décadas por millares de manos indígenas de la Escuela Quiteña; o al detenerse ante el Altar de los Reyes en la Catedral Metropolitana de México, esa cueva dorada de veinticinco metros que Jerónimo de Balbás alzó en estilo churrigueresco para que la nave entera desembocara en una teología visible: Cristo Rey, María Asunta, los santos que fueron reyes en la tierra y Dios Padre en la concha del ábside. En el Cuzco, la Compañía enfrenta a la catedral con un retablo que es casi una montaña de oro y talla. En todos esos lugares el argumento es el mismo: lo que la tierra dio, la fe no lo escondió ni lo dilapidó en lo privado. Lo consagró.
El galpón no convierte. No detiene. No enseña. No impone silencio. No hace que el niño levante la cabeza. Catequiza, sí: catequiza la idea de que Dios es un asunto interior, discreto, que no debe incomodar al paisaje ni al presupuesto ni al gusto de la época. Las almas no emigraron hacia esas naves nuevas. Emigraron hacia el mall, el estadio, la pantalla, o hacia un vacío que al menos no pretendía ser iglesia.
Lo grave es que la arquitectura no fue un accidente aislado. Fue el síntoma visible de una misma operación aplicada a casi todo lo que en la religión debía señalar hacia arriba.
Sucedió con la liturgia, cuando el rito dejó de ser acción sagrada recibida y se volvió expresión del grupo. Sucedió con el arte sacro, reducido a manchas abstractas que no ofenden a nadie porque no dicen nada. Sucedió con la música, que abandonó el gregoriano —esa oración hecha número— por lo que podía cantarse con una guitarra y una sonrisa. Sucedió con el hábito religioso, escondido para “no marcar distancias”. Sucedió con la catequesis, cada vez más sociológica y menos dogmática. Sucedió con las palabras mismas: se les cambió el sentido hasta que defender la doctrina sonara a crueldad. Sucedió con el silencio. Sucedió con el misterio. Sucedió con la idea misma de que hay cosas que no se tocan, no se improvisan y no se justifican ante el espíritu del tiempo.
En todos esos frentes se ofreció el mismo argumento: hay que bajar para que el hombre de hoy pueda entrar. El resultado fue el inverso. El hombre de hoy no necesita que le bajen el cielo a la altura de su living. Necesita que le recuerden que el living no es suficiente. Cuando la Iglesia se disfraza de mundo, el mundo no se vuelve iglesia: la Iglesia se vuelve prescindible.
Barron lo dijo con una franqueza que agradezco: el modernismo brutalista no es un portador adecuado de la Revelación cristiana. No se trata de exigir que cada parroquia sea Chartres, ni Puebla, ni Quito. Se trata de exigir que cada parroquia quiera ser umbral, no depósito. Que el edificio predique. Que la piedra —y el oro, cuando la fe lo consagra— no se resigne a ser solamente materia.
Europa todavía tiene las catedrales. A veces ya no tiene los hombres que creyeron que esas piedras merecían morir por ellas. Hispanoamérica todavía tiene sus relicarios de oro y retablos que un indio y un español tallaron para el mismo Señor. Nosotros, del otro lado del Atlántico, tenemos menos historia y más vulgaridad, pero todavía, en algunos rincones, la capacidad de no sonrojarnos ante lo que nos construyó. La pregunta no es si podemos copiar el gótico o el barroco. La pregunta es si vamos a seguir edificando como quien no espera el cielo.
Porque un templo que no apunta hacia arriba termina, tarde o temprano, apuntando hacia nada. Y el alma, que fue hecha para el fuego, el vidrio de colores y el oro puesto de rodillas, no se queda mucho tiempo en un galpón.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
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