La rendija de la misericordia
Existe evidencia, al menos anecdótica y respaldada por estudios serios, de que quienes viven sin fe transitan la vida con una sombra más pesada sobre el alma. Yo lo he visto de cerca, en conversaciones amargas y miradas cansadas. Tengo amigos, e incluso familiares, que parecen cargar el peso del mundo entero sobre sus hombros, cuando nadie les pidió llevarlo. En el terreno político, sobre todo, se siente con una intensidad casi dolorosa: cada injusticia, cada crisis, cada grieta del planeta se les clava en la carne como un puñal personal. No hay distancia, no hay redención eterna; todo es drama inmediato, todo es el fin del mundo aquí y ahora. La rabia se vuelve crónica, la desesperanza un compañero fiel, el cinismo una forma de ser.
Al contrario, los que tienen fe —aunque sea esa fe que a veces titubea como una vela en la tormenta— encaran los mismos problemas con una filosofía distinta, casi poética. Miran la tormenta y, en medio del viento que azota, susurran en el fondo del corazón: “Esto también pasará, porque hay Alguien que lo sostiene todo, que lo teje con hilos invisibles de amor y propósito”. Es la actitud que todos esperamos de una persona que ha vivido su vida practicando la fe y la virtud: una serenidad profunda que no ignora el dolor, pero que lo coloca en su justo lugar, bajo la mirada amorosa de Dios. Porque cuando la vida entera gira alrededor de Jesús y de la salvación, las batallas diarias se vuelven capítulos de una historia mucho más grande, una epopeya divina donde el último acto ya está escrito y termina en victoria gloriosa.
Lo que tal vez no se nota lo suficiente —y esto lo digo por experiencia propia — es que una fe “nominal”, imperfecta, a medio camino, también produce frutos asombrosos. No hace falta ser santo con virtudes heroicas, de esas que brillan en los altares y atraen multitudes. Basta con estar a tiro. Sí, como digo yo desde hace años: “estar a tiro” de la gracia de Dios. No cerrar las puertas de un portazo, no quemar los puentes con el Todopoderoso. Basta con dejar una rendija abierta, con aceptar racionalmente, en lo profundo del alma, que Él existe y que su poder se derrama sobre los acontecimientos como una lluvia suave que todo lo refresca. Esa sola aceptación, humilde y sencilla, trae una paz que no se explica con palabras. Es como si el alma respirara hondo por primera vez después de años conteniendo el aliento. Y esto lo he vivido: en momentos de duda, cuando la fe parecía cosa de otros, esa rendija ha sido suficiente para que la luz entrara e iluminara todo. O lo suficiente.
Esta visión, que algunos podrían calificar de “minimalista”, no pretende insinuar que una fe tibia o imperfecta sea el ideal. Muy por el contrario: aspiramos a una Fe plena, con mayúscula, vivida con todo el corazón. Pero no se trata de negociar con Dios como en un trueque: “si te doy un poco de esto, Vos me das más de aquello”. ¿Quiénes somos nosotros, criaturas finitas, para pretender medir o entender qué damos y qué recibimos en esta relación tan infinitamente desigual?
Se trata, más bien, de aceptar con humildad nuestra realidad tal como es —con nuestras caídas, nuestras limitaciones y nuestras luchas— y, pese a todo, tomar la decisión racional y valiente de ponernos a tiro de su gracia. Ese gesto sencillo, esa vuelta callada del alma hacia Él, ya es semilla de gracia, una rendija más que se abre para que entre su misericordia salvadora.
¡Si aquellos que pretenden negar a Dios y su poder salvífico supieran esto y lo aceptaran, tal vez serían más felices! Pero el demonio, en su astuta sabiduría, lucra como nadie con nuestra tendencia a la desesperación cuando nos sentimos lejos de Dios. Oculta, con maestría diabólica, cuán pequeño es el esfuerzo que nos acerca siquiera un poco al Creador. Lo pinta como un abismo imposible, como una renuncia total de uno mismo, para que nos mantengamos lejos, perdidos en el ruido del mundo. No le hagamos el juego. No le creamos al padre de la mentira.
Quedemos a tiro.
En su bondad —que, como todo en Él, es infinita— apuesto a que, parafraseando a Churchill, nunca fue tan grande el premio por hacer tan poco. Un leve giro del corazón, una puerta entreabierta, un “sí” susurrado en la oscuridad de la noche… y la gracia ya está en camino, como luz que se filtra por una grieta y lo ilumina todo.
Espero no equivocarme. Pero algo en el fondo del alma me dice que no me equivoco. Porque la paz que he sentido, incluso en mi propia fe imperfecta, es real. Demasiado real para ser solo ilusión. He sentido esa calma en medio del caos, esa esperanza que no se apaga ni cuando todo parece derrumbarse. Es como si Dios mismo susurrara: “Hijo, basta con que estés aquí, a tiro. Yo me encargo del resto”.
Quedemos a tiro, amigos. La gracia ya nos está apuntando. Solo hace falta no movernos del blanco. Y entonces, sí: la vida, con todas sus tormentas, se vuelve un camino iluminado, un viaje hacia la casa del Padre donde cada paso, por pequeño que sea, cuenta. Porque en esa rendija abierta, en esa fe que no es perfecta pero es nuestra, late la promesa eterna: Él está cerca, siempre cerca. Y eso, cambia todo.
Como é bom poder encontrar consolo para a alma e assim renovar a certeza de que não estamos sós e que a fé do nosso irmão faz completar aquilo que falta na nossa.
ResponderBorrarObrigada, amigo,por mais essa oportunidade de meditarmos juntos o amor do Cristo ressuscitado.
Uma Santa Páscoa para você e sua família.