Las manos que sueñan y las manos que salvan


Un review de “The Hands of Man” – Chris de Burgh

Nacido en las vastas llanuras de Venado Tuerto, en la provincia de Santa Fe, Argentina, Christopher John Davison —conocido en el mundo como Chris de Burgh— lleva en su sangre un pedazo de tierra pampeana. Aunque creció entre Irlanda y otros horizontes diplomáticos, ese origen argentino parece haberle regalado una sensibilidad profunda, capaz de mirar al ser humano con la misma mezcla de asombro y ternura con que se contempla un atardecer sobre el campo infinito.

Y es precisamente esa mirada la que ilumina “The Hands of Man”, la canción que abre su álbum homónimo de 2014. Hay temas que no se limitan a sonar; se posan suavemente sobre el alma como la primera luz del amanecer sobre un campo recién arado. Esta pieza nos recuerda, con ternura y sin dramatismo barato, la extraordinaria dualidad que habita en cada ser humano.

Desde los primeros acordes, la voz cálida y madura de de Burgh nos invita a mirar nuestras propias manos. No con juicio, sino con asombro:

“These are the hands that build cathedrals These are the hands that feed the world These are the hands that kill the ones we heal These are the hands of man…”

Qué belleza tan dolorosa y, al mismo tiempo, qué esperanza tan profunda. Porque el mismo instrumento —la mano humana— que puede empuñar una espada o apretar un gatillo es el que levanta catedrales hacia el cielo, el que siembra semillas, el que acaricia una frente febril, el que escribe poemas y el que mece a un niño hasta que se duerma.

Chris de Burgh no cae en la trampa del cinismo fácil. No nos deja varados en la oscuridad de nuestra propia contradicción. Al contrario, la canción se convierte en un himno sutil a la capacidad de elegir. Cada verso es un recordatorio sereno: las manos del hombre han escrito tanto la historia de la guerra como la historia del amor. Han destruido ciudades y han reconstruido sueños. Han cavado tumbas y han plantado jardines sobre ellas.

Y aquí surge, casi sin ser llamada, una resonancia más profunda. Esas catedrales que mencionamos no son solo monumentos de piedra; son plegarias elevadas en piedra y vidrieras, lugares donde el hombre, con sus manos imperfectas, ha intentado tocar lo divino. Las mismas manos que han herido han sido también las que, a lo largo de los siglos, han pintado frescos en capillas, han tallado imágenes de santos y han sostenido el pan y el vino en altares silenciosos.

En esta oda al progreso humano, late una verdad aún más luminosa: todo ese avance —las catedrales que se elevan, los campos que alimentan al mundo, los conocimientos que se acumulan— forma parte de un plan mayor, el plan de Dios para la creación. El ser humano, con sus manos frágiles y poderosas a la vez, no es un accidente errante, sino un colaborador llamado a perfeccionar el mundo que se le confió. Aun en medio de sus caídas, sus esfuerzos por construir, curar y crear parecen responder a un designio eterno de belleza y redención.

Escuchar “The Hands of Man” es como recibir una bendición antigua. La melodía, elegante y contenida, se despliega como un tapiz donde caben tanto el dolor del mundo como la infinita posibilidad de redención. La producción es limpia, casi íntima, permitiendo que la voz de de Burgh —esa voz que parece haber viajado por todos los caminos del corazón humano— nos hable directamente al pecho.

Lo que más conmueve es la ausencia de desesperanza. Aun cuando nombra las sombras (“the hands that kill the ones we heal”), la canción nunca se rinde al nihilismo. Permanece ahí, quieta y luminosa, afirmando que mientras tengamos manos, tendremos también la oportunidad de crear belleza, de sanar, de construir algo que perdure más allá de nosotros. Quizás, incluso, de acercarnos un poco más a esa imagen en la que fuimos pensados.

En un mundo que a menudo nos grita nuestras peores versiones, Chris de Burgh susurra con sabiduría de trovador: mira tus manos. Ellas han hecho daño, sí. Pero también han hecho milagros. Y mientras sigan latiendo con vida, el milagro sigue siendo posible. Manos que, tal vez, un día puedan unirse en oración o en servicio, recordando que fueron moldeadas por el mismo Creador que soñó con un mundo de paz y que nos invita a ser protagonistas de su progreso.

“The Hands of Man” no es solo una canción. Es una plegaria laica teñida de luz espiritual, un recordatorio poético de que la grandeza y la fragilidad del ser humano caben en el mismo gesto. Que cada mañana, al despertar, tenemos la oportunidad de decidir qué haremos con estas manos que nos fueron dadas.

Y esa, queridos amigos, es la más hermosa de las esperanzas.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

Comentarios

Escritos más populares

¡Bienvenido!

Del Vaticano II a la guerrilla

Refutación del artículo de Noticias ONU

Rápido: ¿Qué querés leer ahora?

Elige tu tema o búsqueda actual (posts del archivo, anteriores a noviembre 2025):