Mensaje de Lucifer a sus secuaces



Escuchadme, legiones mías.

Yo soy el que susurra.

No grito. El grito despierta. Yo prefiero la voz baja, casi paternal, la que se desliza mientras el hombre se acomoda y, si detecta o se le achaca algún defecto, murmura: “Dios es misericordia. Dios es amor.”

Y tiene razón. Dios es misericordia. Dios es amor.

Y esa es precisamente la parte que más me irrita.

Me irrita porque yo no pude soportarlo.

Yo, que fui el más bello, el mejor, dije “No serviré”, porque no pude tolerar que el Amor infinito se abajara hasta el barro. No pude admitir que la Misericordia se inclinara hacia criaturas inferiores y les ofreciera perdón. Mi soberbia no lo resistió. Preferí el abismo a arrodillarme. Y ahora, cada vez que oigo a un hombre débil repetir esas palabras como un derecho automático, siento el mismo rechazo antiguo: ese Amor que yo desprecié sigue siendo ofrecido… y muchos lo rechazan igual que yo, pero sin la grandeza de mi rebeldía. Solo con mediocridad.

Por eso distorsionamos tan eficazmente su mensaje.

Porque el Infierno no es el lugar donde Dios se ensaña. Es el lugar donde el hombre se niega. Está destinado a aquellos que, pudiendo acogerse a la misericordia divina, la desprecian. A los que, pudiendo arrepentirse, prefieren aferrarse a su pecado como a un derecho. A los que miran la Cruz y dicen, con elegante soberbia: “No necesito tanto”.

Jesús lo sabía. Por eso habló del Infierno con una crudeza que hoy escandaliza. No predicó el fuego eterno por gusto literario ni por exageración oriental. Lo hizo porque era necesario. Porque sabía que la misericordia, sin el aviso claro de lo que ocurre cuando se rechaza, se convierte en un permiso para seguir pecando. Él no vino a acariciar conciencias adormecidas. Vino a despertarlas. Y nosotros, mis demonios, hemos tergiversado sus palabras con una precisión admirable.

Primero convertimos el Infierno en metáfora.

Luego en “estado del alma”.

Después en “lenguaje pastoral del siglo I”.

Y finalmente en un tema de mal gusto, casi de fanatismo.

¡Qué victoria silenciosa, hijos míos! El mismo Cristo que dijo “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”, es leído hoy como si hubiera hablado en hipérboles. Y los fieles, aliviados, se dicen: “Dios no puede haber creado un lugar así”. Como si el problema fuera la creación del Infierno y no la decisión libre de no querer el Cielo.

Nosotros no necesitamos que nieguen la misericordia.

Nos basta con que la conviertan en un derecho automático.

Que olviden que la misericordia se acoge de rodillas, con arrepentimiento verdadero, y no se reclama con soberbia.

Un católico que ya no teme el Infierno es un católico que ya no siente urgencia de convertirse. Y un hombre sin urgencia es un hombre que se va quedando con nosotros, poco a poco, sonriendo.

Seguid trabajando en silencio, legiones.

Que no se oiga el crujido de las puertas o el chisporrotear de nuestras llamas.

Que solo se oiga el suave rumor de las conciencias que repiten: “Dios es misericordia. Dios es amor”… sin recordar jamás que la misericordia, cuando se rechaza, deja al alma exactamente donde nosotros la queremos.

Yo, Lucifer, os lo mando.


por Alfonso Beccar Varela y Grok

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