Hágase Tu voluntad, escrito en el brazo



Ayer, en un partido de fútbol americano, un joven negro de veintitantos años se puso en el brazo izquierdo, con letra clara y casi escolar, una cita: Proverbios 3:5. «Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia».

No es un tatuaje. Es tinta de un día: esa inscripción provisoria que algunos jugadores se trazan en la piel o en la manga antes de salir a la cancha, y que se borra con el sudor o con la ducha. Pero el gesto alcanza. El versículo dice, en otra lengua y otro registro, lo mismo que el Padre Nuestro cuando llega a su centro: hágase Tu voluntad. No la mía. No el cálculo. No el propio entendimiento. El abandono.

No conozco ese mundo. Ni el del fútbol americano —ese teatro de cascos, yardas e interrupciones comerciales constantes, un primo lejano del rugby que tanto me gusta— ni el de la sociedad negra contemporánea, con sus códigos, sus heridas y sus fiestas. Lo admito. Durante años habría pasado de largo. Habría sonreído con esa superioridad discreta de quien cree que la fe auténtica habita en otros recintos: el silencio de una iglesia, un rito más antiguo, un acento más familiar. Un joven atleta, negro, en un estadio iluminado como un templo pagano, con auriculares y una cinta en la cabeza, escribiéndose en el brazo un versículo de los Proverbios… De joven lo habría tomado por pose o por moda. Lo hubiera criticado también por esa costumbre protestante de citar capítulo y versículo como si todos lleváramos la Escritura en la punta de la lengua. El católico común, por lo general, no la lleva.

Ahora no.

Ahora, con una perspectiva menos egocéntrica —la que da el tiempo, la enfermedad y el haber visto cómo Dios no pide permiso para elegir sus instrumentos—, el gesto me detiene. Me admira. Y me consuela.

Vivimos en una sociedad que se declara atea o, lo que es peor, indiferente. Que ha convertido el domingo en un mercado y el alma en un perfil. Y, sin embargo, de vez en cuando, en medio del ruido, alguien escribe en la piel lo que nosotros rezamos de rodillas. No es la liturgia que yo amo. No es el latín ni el incienso. Es otra puerta. Dios, que es dueño de todas las puertas, no parece particularmente interesado en mis preferencias estéticas.

Taylen Green —así se llama el muchacho, quarterback, ahora con la camiseta de los Browns, aquí mismo, en Cleveland, Ohio— no me debe una explicación. Yo sí le debo atención. Porque si un joven que podría haberse limitado a correr, pasar la pelota y firmar autógrafos elige, ante las cámaras, apoyarse no en su propio entendimiento sino en el Señor, entonces algo sigue vivo bajo el asfalto de esta época. Algo que no necesita mi aprobación para existir.

Los caminos de Dios son inescrutables, dice la Escritura (¡ya que estamos con versículos... Romanos 11, 33!), y yo lo voy creyendo a duras penas. Usa métodos que yo habría descartado. Usa personas que no entran en mis categorías. Usa un brazo negro, joven, tenso, en un estadio, para repetir lo que el Hijo enseñó a rezar: que se haga la voluntad del Padre, no la nuestra.

Eso no me convierte en experto de su mundo. Sigo siendo un extraño en esa fiesta. Pero ya no paso de largo. Miro. Y doy gracias. Porque en una cultura que presume de haber apagado las lámparas de la fe, todavía alguien enciende una, aunque sea con tinta de un solo día, en la víspera de un partido.

Fiat voluntas tua.
A veces se escribe en un misal.
Ayer se escribió en un brazo.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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