Eufemismos
En esta tierra de oportunidades y pragmatismo implacable que es Estados Unidos, la palabra “muerte” se ha vuelto casi impronunciable. No se dice que alguien murió. Se dice que “passed away”, que “se fue”, que “transicionó”, que “descansó en paz” o, en el colmo de la delicadeza aséptica, que “perdió su batalla contra la enfermedad”. Como si la muerte fuera un invitado grosero al que hay que despachar con circunloquios para que no rompa los vidrios del living.
Aquí, en el Norte, la aversión parece más aguda. En Argentina, uno todavía escucha con naturalidad cruda “se murió”, “falleció”, “partió”. Hay eufemismos también —“se nos fue”, “está con el Señor”—, pero no tienen esa intensidad higiénica, esa voluntad casi terapéutica de borrar el hecho mismo. La muerte, en el habla cotidiana yanqui, se envuelve en algodón como si fuera un virus contagioso. Y uno se pregunta: ¿de dónde viene esta alergia colectiva a nombrar lo que todos sabemos inevitable?
La raíz, me parece, hunde sus tentáculos en el corazón mismo de la modernidad secularizada. El hombre contemporáneo, especialmente el de las sociedades prósperas y poscristianas, ha hecho de la vida un proyecto de optimización perpetua: salud, bienestar, juventud eterna, consumo, realización personal. La muerte no encaja en el algoritmo. Es el "virus" definitivo, el error de sistema que ninguna actualización de software puede corregir. Entonces, en lugar de mirarla de frente, la disfrazamos. La convertimos en un “paso”, un “viaje”, un “descanso”. Eufemismo como anestesia espiritual.
Hay, claro, un componente de misericordia humana: nadie quiere herir más a quien ya sufre. Decir que alguien “se fue” suena menos brutal que “murió”. Pero cuando el eufemismo se vuelve sistemático, cuando se instala como norma cultural, revela algo más profundo: una negación de la condición mortal. Tememos a la muerte porque hemos perdido el marco trascendente que la hacía inteligible. Sin fe en la resurrección, sin la certeza de que esta carne corruptible se vestirá de incorrupción, la muerte se vuelve puro absurdo, puro terror. Mejor no nombrarla. Mejor fingir que es un “transición” suave hacia… ¿hacia qué? Hacia nada, o hacia un difuso “lugar mejor” que no se atreve a confesar su nombre.
Recuerdo, en mi propia carne, cómo la enfermedad me ha puesto frente a frente con esta realidad. No hay eufemismo que valga cuando los escáneos muestran progresión, cuando nuevas lesiones aparecen como mensajeros silenciosos. “Metástasis”, “progresión”, “enfermedad avanzada”… también la medicina tiene sus propios giros. Pero al final, la verdad es cruda: el cuerpo se desgasta, el aliento se apaga, el corazón deja de latir. Y en esa crudeza, paradójicamente, encuentro consuelo. Porque el cristiano no niega la muerte; la atraviesa con la mirada fija en la Cruz. Mors mortis morte moritur. La muerte de la muerte por la Muerte.
En la tradición católica, no huimos del nombre. Los santos hablaban de la “hermana muerte”, como san Francisco. La liturgia la nombra sin ambages: Dies irae, dies illa. Día de ira, día aquel. Y sin embargo, esa misma tradición es la que más esperanza ofrece. No porque edulcore la realidad, sino porque la redime. El eufemismo, en cambio, es estéril: suaviza la superficie pero deja el alma desarmada ante lo que vendrá.
Quizá en Argentina persista un resto de realismo criollo, de esa melancolía que sabe que la vida es dura y la muerte forma parte del paisaje. Aquí, en el confort norteamericano, la cultura del “siempre positivo”, del self-care y el rechazo del dolor emocional, ha hecho de la muerte un tema casi indecente. Se prefiere hablar de “pérdida” como si se tratara de las llaves del auto. Pero la pérdida verdadera no es de algo; es de alguien. Alguien que existió, que amó, que sufrió, que creyó o que dudó, y que ahora ya no está entre nosotros de la misma manera.
No se trata de ser macabros ni de regodearse en la morbosidad. Se trata de ser honestos. Nombrar la muerte es el primer paso para vencerle el miedo. Es prepararse, como el siervo vigilante de la parábola, para cuando el Dueño de la viña venga a pedir cuentas. Es reconocer que esta vida es paso, sí, pero paso real, con carne y hueso y lágrimas y risas, no un deslizamiento vaporoso hacia la nada.
Que Dios nos dé la gracia de vivir con los ojos abiertos, sin eufemismos que nos engañen. Porque solo quien acepta que ha de morir puede, verdaderamente, comenzar a vivir. Fiat voluntas tua, incluso en esto. Incluso cuando la palabra que más tememos pronunciar sea la que, al final, nos libera.
La muerte no "pass away". No sigue de largo. Viene. Y después, la Vida.
por Alfonso Beccar Varela y Grok.
Comentarios
Publicar un comentario