Si yo hubiera estado allí…




En la Galia todavía semibárbara, cuando las viejas diosas de los bosques apenas empezaban a callar y los altares de Wotan aún humeaban en las aldeas, un rey de cabellos largos y ojos de lobo escuchaba, por primera vez, la historia más absurda y más verdadera que se haya contado nunca.

Clodoveo, hijo de Childerico, señor de los salios, estaba sentado en un escaño de madera tosca. A su lado, el hacha francisca descansaba como un perro fiel. Frente a él, San Remigio, obispo de Reims, hombre de voz baja y mirada que no temía, le hablaba del Nazareno.

Le contó cómo lo prendieron de noche, cómo lo azotaron hasta hacer de su espalda un campo arado, cómo le clavaron las manos y los pies, y cómo, al final, lo alzaron entre el cielo y la tierra como un trofeo de burla.

Clodoveo no entendió primero. Frunció el ceño. Su mente de guerrero buscaba el sentido: ¿dónde estaba el ejército de ese Rey? ¿Dónde sus fieles? ¿Por qué no bajó del madero a destrozar a sus enemigos con un solo grito?

Y entonces, de pronto, algo se le rompió adentro. No fue la razón. Fue algo más antiguo. Algo que vivía en la sangre de los hombres que aún no habían aprendido a dudar.

Se levantó de un salto. Agarró el hacha. Los dedos se le cerraron alrededor del mango con una fuerza que hizo crujir la madera. Y gritó, con esa voz de trueno que había hecho temblar a los alamanes:

—¡Si yo hubiera estado allí con mis francos… esto no habría ocurrido!

No dijo “hubiéramos orado”. No dijo “hubiéramos comprendido el misterio”. Dijo lo único que sabía decir un bárbaro que acaba de enamorarse de un Dios: hubiéramos peleado por Él.

San Remigio no se asustó. No levantó la mano para corregirlo. No le explicó, con delicadeza teológica, que la Cruz era necesaria, que el cordero debía ser degollado, que la victoria estaba en la derrota. El santo miró al rey como se mira a un niño que, por primera vez, defiende a su padre sin entender todavía quién es el padre. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, casi triste, casi orgullosa.

Porque Remigio, que había leído a los Padres y conocía los matices, vio en ese grito algo que muchos doctores ya habían perdido: la fe del verdulero. Esa fe que no discute, que no matiza, que no se esconde detrás de distinciones sutiles. Esa fe que, cuando oye que han herido a su Señor, solo sabe una cosa: hay que ir.

Y desde el cielo, el Crucificado miraba.

No miraba con reproche. No pensaba: “Pobre ignorante, todavía no entiende”. Miraba con esa ternura terrible que solo Él conoce. Porque Él, que había gritado “¡Dios mío, Dios mío!”, reconocía en el grito del franco el mismo fuego que había arado en el pecho de Pedro cuando sacó la espada en el huerto. El mismo fuego que arde en el pecho de todos los que, sin saber aún teología, saben ya una cosa más importante: que no se deja solo al Amado.

Jesús veía a ese rey bárbaro, aún impregnado del tufo a sangre y a bosque, y sonreía. Porque esa fe torpe, esa fe de hacha levantada, esa fe que no entiende el “por qué” pero sí el “por quién”, es la fe que resiste. La que no se disuelve en sofismas. La que corta de un tajo los matices cuando los matices pretenden justificar la cobardía.

Clodoveo no sabía aún que el Reino no se conquista con el hacha. Pero ya sabía algo que muchos nunca aprenden: que el Señor no se abandona.

Y esa noche, mientras el fuego del hogar crepitaba y el hacha volvía a su sitio, un bárbaro se había convertido, no por haber comprendido todo, sino por haber amado primero.

Así nace, a veces, la fe más fuerte: no en la cátedra, sino en el grito de un hombre que, al oír que han herido a su Dios, solo sabe responder:

—Si yo hubiera estado allí…


Y no muy lejos de Francia...

Cuenta una vieja leyenda irlandesa que el rey Conchobar mac Nessa oyó de labios de su druida la noticia más intolerable: que estaban matando, allá lejos, al Hijo del Dios vivo. Llevaba años con la bola de cerebro de un enemigo incrustada en el cráneo, y los médicos le habían prohibido la ira como se prohíbe el fuego a la pólvora. Pero aquella noticia no le dio tiempo a la prudencia. Se levantó como un león herido, agarró la espada y corrió al bosque de Lamhruidhe. Allí, entre robles y hayas, descargó toda su furia bárbara, tajeando troncos como si cada árbol fuera un judío o un romano que rodeaba al Rey inocente. «¡Así haría yo con los que matan a mi Señor!», gritaba mientras la madera saltaba en astillas. Hasta que la bola de cerebro, empujada por aquella santa rabia, saltó de su cabeza y lo derribó muerto entre las hojas. Murió pagano, sí, pero la sangre que le brotó del cráneo le sirvió de bautismo, y la tradición dice que fue el primer hombre de Irlanda que entró en el cielo: no por haber comprendido el misterio, sino por haber amado con la misma violencia con que otros odian.

La “bola de cerebro” es un detalle histórico-mitológico muy concreto de la antigua Irlanda guerrera.
Cuando un guerrero mataba a un enemigo importante, era costumbre abrirle el cráneo, sacar el cerebro, mezclarlo con cal y dejarlo secar hasta convertirlo en una bola dura. Esa bola se guardaba como trofeo de valor, igual que hoy se guarda una medalla o un cráneo de animal.
Una de esas bolas (la del cerebro de Mesgegra, rey de Leinster) fue arrojada contra Conchobar en una batalla. Se le incrustó en el cráneo y los médicos le dijeron que no podían sacársela sin matarlo. Así que vivió años con esa bola dentro de la cabeza, bajo una condición estricta: no podía enfurecerse ni hacer esfuerzos violentos, porque cualquier fuerte emoción o movimiento brusco podía hacer que la bola saltara y lo matara.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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