Las dos certezas



He estado pensando y tratando de entender qué es realmente la Fe. Conversando con un amigo me habló de dos certezas: la de la razón, fundada en evidencias y razonamientos correctos, y la de la Fe sobrenatural. El tema, para mí complejísimo y al mismo tiempo crítico para mi paz interior, me llevó a estas consideraciones que ahora les presento, por si sirven en algo a alguien.

Hay dos certezas. Sólo dos.

No me refiero a que no existan otras formas de certeza en la vida cotidiana: la de los sentidos, la matemática, la histórica, la moral. Todas ellas existen, pero pertenecen al ámbito de la razón natural. Cuando hablo de “dos certezas” me refiero a los dos únicos órdenes de conocimiento que el hombre posee respecto de la verdad última: el de la razón natural, que puede alcanzar con evidencia y recto raciocinio ciertas verdades firmes (incluida la existencia de Dios), y el de la fe sobrenatural, que asiente a lo que Dios mismo ha revelado y que, por fundarse en su autoridad, es más cierta aún que cualquier conocimiento humano. Todo lo demás es opinión, conjetura o ruido que se desvanece con el viento.

La primera es la certeza de la razón. Aquella que nace de la evidencia y del razonamiento recto. No es orgullo ni autonomía soberbia: es el don natural con que el Creador ha marcado al hombre, imagen suya. La inteligencia, cuando no se prostituye a la moda ni se rinde al relativismo, puede alcanzar verdades firmes. Puede conocer que el mundo existe, que el principio de no contradicción rige el ser, que de los efectos se asciende a la Causa. Puede, incluso, conocer a Dios. El Concilio Vaticano I lo proclamó con solemnidad dogmática en la Dei Filius: «La luz natural de la razón humana es capaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, al Dios único y verdadero, nuestro Creador y Señor». No es una opinión piadosa. Es doctrina definida. Y más aún: esos conocimientos naturales que preceden a la fe —los llamados preambula fidei— preparan el camino. La existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la ley moral inscrita en el corazón: todo ello puede ser alcanzado por la razón, y constituye el umbral sobre el cual se asienta, sin contradicción, la revelación.

Pero esa certeza, por elevada que sea, permanece dentro del orden natural. Es luz, sí, pero luz creada. Puede demostrar la existencia de Dios; no puede penetrar el misterio de su intimidad. Puede conocer que Él es; no puede, por sí sola, saber que Él es Trinidad, que el Verbo se hizo carne, que el pan consagrado es su Cuerpo. Aquí termina el alcance de la razón. Aquí comienza la segunda certeza.

La fe sobrenatural.

No es un sentimiento. No es una apuesta. No es un «sí» tembloroso a lo improbable. Es el asentimiento firme de la inteligencia, movida por la voluntad y sostenida por la gracia, a la verdad revelada por Dios. Y como Dios no puede engañar ni ser engañado, esa certeza supera a toda otra. El Catecismo lo dice con una claridad que corta como espada: «La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir». Y añade: «Aunque las verdades reveladas puedan parecer oscuras a la razón humana… la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural». Santo Tomás lo había formulado siglos antes con la misma contundencia: la fe es más cierta que la ciencia y que el entendimiento, porque se apoya en la Verdad primera, que es causa más poderosa que cualquier luz creada.

El mismo Concilio Vaticano I enseña que hay un doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su principio, sino también por su objeto. En uno conocemos mediante la razón natural; en el otro, mediante la fe divina. Y los misterios escondidos en Dios sólo pueden ser conocidos por revelación. La razón, iluminada por la fe, puede alcanzar cierto entendimiento de esos misterios por analogía y por su conexión con el fin último del hombre. Pero nunca los penetra como penetra sus objetos propios. Caminamos en la fe, no en la visión.

Juan Pablo II lo resumió con una imagen que nunca me abandona: «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». Dos alas. No una sola. El que corta la de la razón cae en el fideísmo, esa religiosidad sentimental que confunde la fe con la emoción. El que corta la de la fe cae en el racionalismo, esa soberbia que pretende medir el Infinito con la vara de lo finito. Aunque las tentaciones son antiguas, estas dos mutilaciones se consolidaron como sistemas en la modernidad. Ambas son estériles. Ambas han dejado al hombre contemporáneo a la intemperie, oscilando entre el escepticismo y la superstición.

Me preocupa, naturalmente, que la certeza que más me inspira y me sostiene hoy es la de la razón. Conozco la debilidad de mi fe sobrenatural. La siento escasa, raquítica, comparable a un esqueleto de dinosaurio en el gran hall de un museo que ya cerró sus puertas: no late, no vive con el calor de la caridad, pero, pese a todo, se mantiene en pie, sostenido milagrosamente por una admiración y una nostalgia por la historia inmensa de la Cristiandad que me conmueve, me marca un camino y me da esperanza.

Una Cristiandad que durante dos mil años produjo hombres y mujeres que proclamaron esa misma fe que me falta y forjaron un tapiz de belleza, de heroicidad, de genio y de aspiraciones muy superiores a la mediocridad humana. Catedrales que desafían la gravedad y elevan la piedra hacia el cielo. Himnos que todavía hacen temblar el alma. Mártires que sonrieron ante el hierro. Doctores que pensaron hasta los límites de lo pensable. Monjes que convirtieron desiertos en jardines y pantanos en campos fértiles. Una civilización entera construida sobre la convicción de que Dios se había hecho hombre y había muerto y resucitado. Y nos llamó a ser como Él. Una civilización que parece en vías de extinción, pero cuyos frutos todavía son visibles, a veces en formas y lugares inesperados.

Miro para atrás y grandes santos me muestran un ideal, un camino que ellos recorrieron he hicieron posible. Santo Tomás Moro, que prefirió perder la cabeza antes que la conciencia, y que desde la Torre de Londres escribía a su hija con una serenidad que aún hoy parece sobrehumana. San Ignacio de Loyola, soldado herido que aprendió a discernir los movimientos del alma y fundó un ejército para la mayor gloria de Dios. San Benito, que con su ora et labora domesticó la barbarie y salvó lo que quedaba de Occidente en los siglos más oscuros. Y tantos otros: San Agustín, que lloró y pensó; Santa Teresa, que caminó y fundó; San Juan de la Cruz, que encontró a Dios en la noche más oscura. Todos ellos testimonian que la fe no es una ilusión privada, sino una fuerza capaz de modelar civilizaciones enteras y de levantar al hombre por encima de sí mismo.

Miro también a mis propios antepasados, miembros y beneficiarios de esta Civilización. Aquellos que, en la formalidad austera de un testamento, o en obras silenciosas de caridad y servicio a Dios y a la Iglesia, dejaron constancia de su fe. No con discursos grandilocuentes, sino con gestos concretos: una misa encargada por el alma de un difunto, una dote para una monja pobre, un hospital fundado, un altar erigido. Ellos también caminaron en la certeza de la razón iluminada por la fe, y su sangre corre todavía en las mías. ¿Quién soy yo para apartarme de este camino?

Un amigo querido, el Padre Henrique Fragelli, me decía con esa simpleza profunda que a veces solo tienen los que han sufrido mucho: «Dios es Bueno». No como el consuelo barato tan común en nuestro mundo relativista, sino como afirmación primera, casi como el fundamento de toda certeza. Dios es Bueno. Y si Él es Bueno, entonces todo lo demás —incluso mi pobreza de fe— puede encontrar su lugar. Si se busca. Si se pide.

Por eso mi oración es sencilla: Que Dios tome esta certeza de la razón —esta luz natural que todavía arde en mí— como una ofrenda que le rinde mi pobre plegaria. Y que, a pesar de mis falencias, a pesar de esta fe tan frágil que a veces parece sólo huesos secos, se digne regalarme esa fe sobrenatural que tanto necesito. Que infunda vida en el esqueleto. Que haga latir de nuevo lo que apenas se sostiene en pie.

Y que ese regalo de la gracia, cuando llegue el momento, entreabra para mi las puertas del cielo. No pretendo que estén abiertas de par en par. No pretendo una alfombra colorada. Que la Virgen esconda con su manto mis muchos defectos y pueda entrar, como sea, para llegar a esa morada que Jesús nos prometió en la intimidad de esa última cena: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… voy, pues, a prepararos un lugar». Una morada hecha a medida para cada uno. A mi medida.

Porque las dos alas son necesarias. Pero yo, por ahora, vuelo chueco, más con una que con la otra. Y confío en que Él, que no desprecia al débil, complete lo que me falta.

Fiat voluntas tua.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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