Sobre los abusos sexuales del clero


En breve:

El abuso de menores por clérigos es un crimen que hiere y, además, sirve. Estas páginas no lo tratan como un episodio cerrado en 2002. Siguen el ocultamiento, más culpable que el abuso mismo, la mancha extendida por la prensa sobre toda la Iglesia, y el fallo que no terminó: en Cleveland, dos de los ocho ordenados en 2017 por el Saint Mary Seminary cayeron después, uno en la cárcel y otro en una renuncia. El tema no muere porque nadie ha querido matarlo en serio. La piedra de molino sigue atada a la puerta, no al cuello de quien la merecía. 


Hay crímenes que hieren y crímenes que, además, sirven. El abuso de menores por clérigos es de los segundos. No porque el demonio lo haya inventado en 1965, ni porque antes el sacerdocio fuera un jardín. Porque un pecado antiguo creció en el clima de una generación, lo tapó la prudencia de los obispos, y una prensa que había hecho un trabajo justo lo convirtió después en mancha sobre todo el cuerpo. Esa es la genialidad. No la del abusador, que es miseria. La del que usa la miseria para que la gente deje de creer que hay sacramentos.

La concesión va delante, porque si no ata el resto, el artículo miente. Entre 1950 y 2002, en Estados Unidos, las acusaciones alcanzaron a menos del cuatro por ciento del clero. La inmensa mayoría de los sacerdotes no abusó de nadie. El sacramento no sale de la castidad del ministro. Quien escriba como si el altar entero estuviera vaciado le hace al adversario el trabajo que el adversario no podría hacer solo. Dicho esto, el cuatro por ciento y el silencio de los que trasladaban bastan para una herida que no se cierra con un porcentaje.

Cristo dijo que más le valdría al que escandaliza a uno de estos pequeños que le ataran al cuello una piedra de molino y lo tiraran al mar. No es una figura de oficina. Es una sentencia. Durante décadas la jerarquía hizo lo contrario: salvó al que merecía la piedra, lo mudó, le pagó la clínica, le firmó una recomendación, y le ató la piedra a la reputación de la Iglesia. El lobo siguió en el altar. La fama se fue al fondo. Con la fama, en muchas almas, la fe.

El abusador tiene su condena. Tocó a un niño o a un adolescente que le estaba confiado. Si no hay arrepentimiento verdadero, eso alcanza. Considero más culpable al encubridor. El primero obra en su podredumbre. El segundo obra con las llaves. Sabe, tiene el expediente, puede echar y denunciar, y elige la diócesis. Cada traslado es un abuso nuevo, cometido con la firma. El sacerdote traiciona el altar. El obispo que lo protege traiciona el altar y multiplica la traición, vestido de prudencia.


Vino de antes, y no vino de antes

Negar abusos anteriores al Concilio es una mentira piadosa. Donde hay hombres con acceso a niños y adolescentes, y una autoridad que el fiel no discute, hubo siempre un residuo. Los archivos viejos no los inventó el Boston Globe. El mal no nació en el aula conciliar.

Tampoco es honesto decir que nada cambió. El informe que la propia Iglesia de Estados Unidos encargó al John Jay College, de 1950 a 2002, no es una línea plana. Las denuncias suben desde mediados de los sesenta, tocan techo hacia 1970, y la década de 1970 concentra más casos que ninguna otra. Caen en los ochenta. En los noventa vuelven a niveles parecidos a los de los cincuenta. En ese medio siglo se identificaron 10.667 víctimas y acusaciones contra 4.392 clérigos. Cerca de ocho de cada diez víctimas eran varones. El grupo mayor no eran niños pequeños: alrededor de la mitad tenía entre once y catorce años, más de un cuarto entre quince y diecisiete, cerca de uno de cada cinco menos de diez. El abuso de niñas no siguió la misma curva. El de varones púberes se multiplicó.

Pedofilia, en sentido clínico, es la atracción por niños prepúberes. Efebofilia es la atracción por adolescentes. Las dos son pecado y crimen cuando se consuman sobre un menor. No son lo mismo. El caso que más se repite en estos expedientes no es el del infante. Es el del muchacho de doce, trece, catorce años. Llamar a todo pedofilia esconde el patrón. El patrón es lo que la versión oficial no quiere nombrar.

El mejor argumento del otro lado hay que ponerlo entero, no en caricatura. El informe de 2011 atribuyó la crisis a la revolución sexual, a una formación floja para el celibato y al acceso fácil a los muchachos. Dijo que la homosexualidad no era la causa, aunque cuatro quintas partes de las víctimas fueran varones, y explicó el sexo de las víctimas por el acceso: los curas veían más varones que mujeres. Agregó que el abuso bajó cuando, en los ochenta, entraron más hombres homosexuales al seminario. Si eso cierra la cuestión, el artículo sobra.

No la cierra. El acceso explica por qué había más varones en la sacristía. No explica por qué el abuso de varones de once a diecisiete se multiplicó varias veces entre los cincuenta y los setenta, mientras el de niñas no seguía la misma curva. La revolución sexual no entró en los seminarios como un rumor de diario. Entró como clima: la ley antigua era escrúpulo, la castidad era represión, el psicólogo sabía más que el confesor, y una subcultura que no vivía el celibato podía reclutarse y callarse. Hombres ordenados en los cuarenta y cincuenta, formados en un régimen más duro, delinquieron años después, cuando el aire ya era otro. Los ordenados en los sesenta y setenta delinquieron más pronto. No hace falta convertir el Concilio en la causa única. Basta no mentir sobre el permisivismo que vino con la crisis postconciliar: disciplina caída, seminarios tomados, obispos que ya no creían tener derecho a preguntar por la castidad, y una piedad que hablaba de acompañamiento mientras mudaba al lobo a la parroquia de al lado.


El ocultamiento como política

El traslado no fue un accidente. Fue método. Se le dio nombres suaves: tratamiento, nueva oportunidad, bien del sacerdote, evitar el escándalo. La psiquiatría de aquellos años ofrecía clínicas que devolvían al hombre rehabilitado, y muchos obispos compraron el certificado porque les ahorraba el juicio. En 1985 el padre Thomas Doyle, con Ray Mouton y el padre Michael Peterson, entregó a la conferencia episcopal un informe que describía el desastre y pedía actuar. Se archivó. Se les avisó. Eligieron no oír.

Crimen sollicitationis se cita casi siempre mal. Fue una instrucción del Santo Oficio, de 1922, reimpresa en 1962. No era una ley para esconder abusos de parroquia. Regulaba el proceso canónico por la solicitación, el sacerdote que usa el confesionario para proponer un pecado sexual. Por extensión alcanzaba lo que el texto llamaba el crimen pésimo. El proceso debía llevarse en secreto de Santo Oficio. Quien quebraba ese secreto caía en excomunión. A la víctima y a los testigos se les pedía silencio. No era, en su letra, una orden de no avisar a la policía. Un obispo que hubiera querido denunciar ante el juez civil no encontraba ahí una cadena. La cultura que produjo sí era una cadena: causa reservada, archivo secreto, pena para el que habla, y ningún hábito de mirar al fiscal. No hacía falta la instrucción para encubrir. Bastaba la costumbre.

¿Hubo excepciones antes de 1990? No puedo nombrar una sola que merezca la palabra. No un ordinario que haya denunciado en público, entregado el expediente al fiscal y aceptado el escándalo antes que la víctima siguiente. El caso que abre la crónica norteamericana dice lo opuesto. En Lafayette, el obispo Gerard Frey sabía de Gilbert Gauthe desde los años setenta, lo mandó a terapia, lo hizo capellán de los boy scouts y lo mudó de parroquia. Gauthe siguió hasta que las familias lo llevaron ante el juez. En 1985 se declaró culpable. Si alguien echó a un hombre en silencio y de verdad le impidió volver a estar cerca de un menor, ese acto no está en el registro. Lo que está es el traslado. Llamar excepción a lo que no se puede nombrar sería otra mentira piadosa.

Después de 2002 la Carta de Dallas impuso en Estados Unidos la tolerancia cero y la entrega a la autoridad civil. Acá el hecho adverso corta la tesis de que nada se hizo. Las denuncias de abusos cometidos en el año en curso cayeron a otra escala. Los informes anuales siguen recibiendo cientos de denuncias, a veces más de mil en un ejercicio, pero la gran mayoría son hechos viejos, llegados por abogado, programa de compensación o quiebra diocesana. En el ciclo 2024-2025, de más de mil denuncias, unas dos docenas se referían a quien todavía era menor ese año, y sólo un puñado quedó sustanciado. No es la paz. Es otra magnitud. Quien use esa caída para decir que ya no hay nada que vigilar no leyó lo que sigue. Quien la niegue para mantener el sermón tampoco.

Benedicto XVI, primero desde la Congregación para la Doctrina de la Fe y después como papa, aceleró las reducciones al estado laical, recibió a víctimas y escribió sin eufemismo sobre la suciedad dentro de la Iglesia. En 2005 la Santa Sede recordó que no debían admitirse al seminario los hombres con tendencias homosexuales profundamente arraigadas. No fue bastante. En el caso McCarrick tampoco él llegó hasta el juicio: hubo restricciones que el cardenal se pasó por alto, y una carrera que Juan Pablo II había dejado subir porque le mintieron obispos norteamericanos. El informe vaticano de 2020 no deja bien parado a nadie que tuvo el expediente en la mano.

Hay quien dice que Benedicto renunció porque no pudo. Él no lo dijo. Dijo edad y fuerzas que ya no alcanzaban. La teoría tiene un fondo verdadero y una conclusión que no está probada: la Curia no se dejó limpiar, y McCarrick le estalló al sucesor porque las medidas de Benedicto fueron de conciencia y no de sentencia. Desde el retiro, en 2019, escribió lo que muchos obispos todavía no escriben. La crisis, dijo, no se entiende sin el derrumbe moral de los sesenta, sin la teología que dejó de llamar mal intrínseco al mal, sin seminarios que se vaciaron de Dios. "¿Por qué la pedofilia alcanzó tales proporciones? En último término, por la ausencia de Dios." Esa página vale más que el rumor sobre la renuncia.


La prensa como sacristán del adversario

El Spotlight de Boston hizo un trabajo que la curia no había querido hacer. Familias enteras habían llamado a la puerta del obispado y habían salido con una palmada y un silencio. El diario publicó los nombres. Hasta ahí, justicia. El mejor argumento de la prensa es ese, y es bueno: si los obispos hubieran entregado los expedientes, el diario no habría tenido una conspiración que contar.

Lo que vino después ya no era sólo justicia. Era el uso. La mancha tenía que cubrir no al culpable y a su encubridor, sino al celibato, a la confesión, a la moral sexual de la Iglesia, al sacerdote que nunca tocó a un menor y que ahora celebra mirando de reojo a la nave. Se habló de curas pedófilos como si cada expediente fuera el de un depredador de infantes. La mayoría de las víctimas eran adolescentes varones. La palabra justa habría obligado a otra conversación, y esa conversación no convenía. Se habló de una estructura única en el mundo, cuando las escuelas públicas, otras confesiones, el deporte y el espectáculo han producido cifras que no generan la misma sentencia perpetua. La diferencia no está sólo en el número. Está en que la Iglesia todavía dice que hay actos que son pecado. Por eso su caída es más útil. Un maestro que abusa confirma una tragedia. Un sacerdote que abusa, bien contado, confirma que la moral que estorbaba al siglo era una farsa.


La imagen, por encima de la víctima y del alma

Durante años la Iglesia protegió la imagen escondiendo. Cuando esconder ya no fue posible, protegió la imagen pagando, protocolizando, creando oficinas y un lenguaje de cumplimiento que suena a empresa. Todo eso puede ser necesario. No es la cuestión. La cuestión es si el obispo tiembla ante Dios o ante el titular. La víctima necesita verdad, reparación y que el hombre no vuelva a estar cerca de un menor. El culpable, si todavía tiene alma, necesita juicio y penitencia, no una clínica que lo devuelva al altar. El pueblo necesita saber que el sacramento no depende de la castidad del ministro, y que por eso mismo esa castidad no es un adorno. Se le dio un comunicado. Se le dio tolerancia cero en el papel y, en más de una diócesis, tolerancia amplia para el doctrinario que vacía la fe, con tal de que no toque el escándalo sexual.

En ese paisaje cabe una mención, sin convertirla en la causa. El padre James Martin, jesuita, no está en un expediente de abuso. Después de una crisis en la que ocho de cada diez víctimas fueron varones, y después de una instrucción romana que pedía no ordenar a quien carga esa tendencia como identidad, Martin se volvió el capellán mediático de la tesis contraria: que la Iglesia debe dejar de nombrar el patrón, que el problema fue el clericalismo y no la lujuria, que la puerta del seminario debe abrirse más. Las cancillerías lo invitan. Los diarios lo citan como la voz razonable. Es un síntoma. No es el crimen, y un síntoma no es una época.


No es un vicio aislado

Ese temor no se agota en el expediente sexual. Quien ha visto de cerca ciertas sectas eclesiásticas reconoce el gesto, y por eso no queda fuera de estas páginas. No siempre hay un cuerpo de por medio. A veces hay una conciencia. El fundador intocable, el carisma que no se discute, el miembro al que se le dice que dudar es faltar a la obra de Dios, la familia a la que se aparta, la denuncia que se traduce como persecución. Cambia el objeto. No cambia el método. Es el traslado, aplicado al alma: no mirar de frente, no cortar, no dar la razón al que grita primero.

Maciel tuvo protección mientras hacía falta, y la tuvieron obispos que ya sabían. Karadima tuvo parroquia y discípulos obispos. Otros movimientos, menos célebres, han atado almas con la misma lógica con que se mudaba al lobo de condado. El patrón es uno. Se llama temor al juicio de los hombres. En el abuso de un menor, el encubridor multiplica las víctimas con la firma. En el abuso de conciencia, el encubridor es la condición del daño, porque el que ata almas necesita un superior que no pregunte. Sin ese superior, la secta se deshace. Una Iglesia que aprendió a proteger el nombre antes que al pequeño aprende, sin esfuerzo, a proteger el carisma antes que a la conciencia. Eso no prueba que todo movimiento sea una secta. Prueba que el vicio de no preguntar viaja.


No nos podemos sentar sobre los laureles

Sería cómodo cerrar en Dallas. La cima fue 1970, los casos nuevos son pocos, y a otra cosa. El hecho que no deja cerrar es más chico que una época, y por eso mismo no se puede inflar ni esconder.

En esta diócesis, y en mi parroquia, el ejemplo tiene nombre. James Cosgrove fue ordenado el 19 de mayo de 2017. No es un hombre de la cohorte de 1970. Es de después de Dallas, de después de la instrucción de 2005, de después de las visitas que iban a limpiar las casas de formación. Hizo la teología en el Saint Mary Seminary, en Wickliffe. Su primer destino fue St. Christopher, en Rocky River. Después estuvo en St. Clare, en Lyndhurst. En el verano de 2019, según la investigación diocesana, invitó a nadar desnudos a tres hombres que había conocido en el seminario. Dos aceptaron. Hubo alcohol. La versión diocesana situó los episodios en la pileta del seminario, fuera de horario, y en una pileta privada, y afirmó que no hubo conducta sexual. La versión de los exseminaristas, publicada por The Pillar, habla de una casa junto al lago, del Lago Erie, de presión, de la frase "estar desnudo ante Dios", y de fotos y videos sin consentimiento. No eran menores. Eso ata lo que se puede decir de él. No es un caso de pedofilia, y tratarlo como si lo fuera sería la misma trampa de la prensa. Tampoco eran amigos que se encontraron en una playa. Eran un sacerdote joven y hombres formados, o en formación, bajo una autoridad vestida de dirección espiritual.

La diócesis no hizo el traslado clásico. Recibió el informe en agosto de 2020, lo investigó, lo mandó a evaluación y a tratamiento, lo devolvió al ministerio, y sólo después le pidió que se fuera. Cosgrove renunció el 6 de octubre de 2021 y aceptó pedir la reducción al estado laical. No vi el rescripto publicado. La renuncia está. Un hombre ordenado cuatro años antes seguía teniendo llave del seminario después de la denuncia, según los que lo acusaron. El primer reflejo fue el de siempre, con mejor papelería: tratar, esperar, devolver.

Esa noche fueron ordenados ocho. La clase más numerosa de la diócesis en catorce años, formada en el Saint Mary. Soohyun Bang, Jacob Bearer, James Cosgrove, Eric Garris, Matthew Jordan, Robert McWilliams, Peter Morris y Anthony Simone. Siete de la diócesis, uno de Daegu, con la relación vieja de esa arquidiócesis con la casa de Wickliffe. Cosgrove y McWilliams son dos de esos ocho.

McWilliams no es el mismo caso y no hay que fundirlo. Estaba en St. Joseph de Strongsville. Entró al sistema de Cleveland en 2008. Fue condenado por explotación sexual de menores, reducido al estado laical en diciembre de 2021, y murió en la cárcel en febrero de 2022. Lo que los une no es el delito. Los une la clase.

Acá también el otro lado tiene un argumento que hay que dejar en pie. Después del arresto, el seminario releyó el expediente. El rector, el padre Mark Latcovich, dijo que no había bandera, que la revisión se hace todos los años, y que algunos cambios no se debían necesariamente a McWilliams. En 2020 un psiquiatra independiente encontró el protocolo de admisión adecuado y no propuso medidas nuevas. Se sumó un psicólogo de planta. La diócesis dijo que McWilliams había pasado porque era un maestro del engaño, no porque alguien hubiera dejado de ver lo que debía ver. Es posible. Un hombre decidido a mentir puede pasar un cuestionario. Esa posibilidad impide decir que el seminario vio el crimen y ordenó igual. No impide decir lo que pasó: dos de ocho cayeron, uno en la cárcel y otro en una renuncia, y la casa respondió que el filtro estaba bien. Un caso no es una civilización. Dos de una clase de ocho, en una sola noche, en una sola casa, tampoco son la prueba de que todo seminario de 2017 repitió 1975. Son la prueba de que esta casa no puede usar el acta de revisión como absolución.

Lo escribo como feligrés. Cosgrove estaba en St. Clare. El caso no me llegó por el diario. Me llegó por los bancos. Conozco familias de acá cuyos hijos se alejaron a partir de este hecho, no de un escándalo leído en Boston. Un cura joven, en el altar que veían los domingos, y de pronto la pileta, el seminario, la renuncia, el tratamiento, la vuelta y la salida. Para un muchacho eso no es un expediente. Es el asco.

Me estremece multiplicar eso por las parroquias que no conozco. No se van por una tesis. Se van por un asco. Y el asco, si nadie lo nombra, se les vuelve doctrina: creen que se fueron de Dios, cuando se fueron de una curia que no supo pedir perdón con nombres.

¿Qué se les dice, si la Iglesia parece desentenderse? No que no pasó. Pasó. No que el protocolo ya lo arregló. El protocolo ordenó a dos de ocho y después declaró que el filtro estaba bien. No que se queden por lealtad a la institución. La institución no es la Fe, y pedirles lealtad a la que firmó el traslado es pedirles que traguen la piedra.

Se les dice otra cosa, despacio, porque tienen derecho a no creerlo el primer domingo. El sacramento no salió de las manos de Cosgrove. Salió de Cristo, y por eso un ministro indigno no vacía el cáliz, aunque vacíe la confianza. Eso no absuelve al ministro. Lo condena más. El asco es justo, y el asco justo no obliga a irse: obliga a distinguir. El lobo no es el rebaño. El obispo que trata y devuelve no es la Iglesia de los veinte siglos. El muchacho que se queda no está aprobando la pileta. Está negándose a entregarle al encubridor la última victoria, que es quedarse también con su alma.

No pido que la Iglesia se declare inocente. Pido que deje de declararse administradora de su fama, y que no se siente sobre una baja de números que no terminó el trabajo. El cuatro por ciento no es la Iglesia. El silencio de los que trasladaban sí fue un acto de la Iglesia visible, y pesa más, porque fue libre, repetido y firmado. La prensa que convirtió ese cuatro por ciento en sospecha universal tampoco es el tribunal de Dios. Al fiel que se quedó con la piedra al cuello, no por haber abusado sino por haber creído, no lo salva un protocolo. Lo salva un sacerdote casto, un seminario que prefiera pocos a impuros, y un obispo que corte antes del titular. El abuso fue pecado mortal. El encubrimiento fue peor. La Fe no cayó con ellos. Cayó, si cayó, en los que aprovecharon el crimen para que ya no hubiera a quién confesarse.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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