La anciana de Petrogrado



Leí La Rusia de los Zares de Maurice Paléologue allá lejos y hace mucho. Tendría quince o dieciséis años, y el libro me llegó en un momento en que todavía creía que las grandes cosas de la historia se podían leer como si fueran transparentes. Paléologue había sido embajador de Francia en San Petersburgo desde el comienzo de la guerra hasta 1917. Estuvo ahí cuando todavía se podía hablar con el zar, cuando Rasputín entraba y salía de los palacios, cuando los despachos llegaban cada día con cifras de muertos que ya nadie sabía contar. El libro es su diario: páginas escritas al calor de los hechos, con la corte, los ministros, los generales y el pueblo pasando frente a él como sombras que se van apagando. No es un tratado. Es el testimonio de un hombre que veía cómo se deshacía un mundo y no podía dejar de anotar lo que veía. De todo lo que leí entonces, casi todo se me fue borrando con los años. Quedó una sola imagen, nítida, como si la hubiera visto yo mismo.

Paléologue entró en la iglesia casi por casualidad. Era un mediodía de invierno, en uno de esos días en que el frío de Petrogrado parece entrar también en las paredes. Había bajado del coche frente a un templo pequeño, de líneas simples, lejos de la pompa de las catedrales del centro. Dentro, la luz era escasa. Unas pocas velas ardían frente al iconostasio, y su temblor dibujaba sombras sobre los rostros pintados. El olor a incienso viejo y a cera se mezclaba con el de la nieve que los zapatos traían del umbral.

En un rincón, cerca de un ícono de la Madre de Dios, había una anciana. Llevaba un pañuelo oscuro atado bajo la barbilla y un abrigo gastado. Estaba de pie, o medio inclinada, con las manos juntas a la altura del pecho. No se movía. Las llamas le iluminaban las arrugas de las mejillas y el brillo húmedo de los ojos. Paléologue se acercó lo suficiente como para oír el murmullo. No pedía que los alemanes fueran derrotados, ni que el ejército recuperara terreno, ni siquiera que el zar encontrara fuerza. Pedía, en voz baja, que Dios le diera a Rusia la fuerza para aceptar la derrota. Que el pueblo pudiera soportarla. Que la humillación no los quebrara del todo.

El embajador se quedó un momento sin avanzar. En Francia, las iglesias estaban llenas de oraciones distintas. Se invocaba al Señor de los Ejércitos, al Dios de las batallas, al que se le pide que incline la balanza, que dé el triunfo a los justos y que haga retroceder al enemigo. Allí la plegaria era un acto de voluntad: se le recordaba a Dios la causa, se le ofrecía el sacrificio y se esperaba, con obstinación, el resultado favorable. La anciana, en cambio, no reclamaba. Pedía solo la capacidad de recibir lo que viniera. Como si la derrota ya estuviera escrita en algún sitio y lo único que quedara por hacer fuera no desintegrarse ante ella.

Paléologue salió a la calle con esa imagen fija. Había visto antes, en conversaciones y en despachos, esa misma disposición. Un interlocutor le había dicho, con tono cansado, que los franceses quizá ganarían, pero los rusos no. Que la partida estaba perdida. Que entonces no tenía sentido seguir matando. El embajador lo había anotado casi con irritación. En su país, admitir de antemano la derrota era casi una traición; aquí parecía una forma de lucidez o de cansancio antiguo. El zar mismo, en ciertos momentos, daba la impresión de esperar el golpe como una prueba que Dios le enviaba, más que como un obstáculo que debía remover. La nación, a ojos del diplomático, compartía algo de esa espera.

La diferencia no se reducía a una sola escena. En Francia la guerra se vivía, en buena medida, como una empresa colectiva que debía llegar a su fin por medio del esfuerzo. Las derrotas se contaban, se analizaban y se convertían en razones para seguir. El soldado que volvía del frente hablaba de lo que se podía mejorar, de lo que faltaba, de la próxima ofensiva. En Rusia, Paléologue encontraba con frecuencia otra manera de mirar el mismo dolor. El sufrimiento se aceptaba con una especie de familiaridad. Se rezaba “Señor, ten piedad”, y la frase parecía abarcar tanto la batalla perdida como la cosecha que no llegaría, como el hijo que no volvería. No siempre había, en esa plegaria, la demanda de que las cosas se revirtieran. A veces bastaba con que el peso no aplastara del todo.

Las generalizaciones, ya se sabe, aplanan. Había rusos que combatían con una tenacidad que no pedía permiso, y franceses que se hundían en el desánimo. Pero en las páginas del diario la impresión se repite: de un lado, una disposición a exigir del cielo el triunfo porque el triunfo parece el único resultado compatible con la justicia y con la supervivencia; del otro, una disposición a pedir solo la fuerza para no romperse cuando el triunfo no llega. Paléologue no pretendía resolver cuál de las dos era más verdadera. Registraba el contraste porque le resultaba extraño. La anciana frente al ícono, iluminada por tres velas, le pareció el resumen de algo que había visto en muchos rostros y en muchas conversaciones. No era un argumento. Era una imagen que se le quedó pegada al salir de la iglesia y al cruzar de nuevo la nieve. Y esa misma imagen, tantos años después, es la que a mí también me quedó.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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