¿Qué es la Teología del Cuerpo?

Adán y Eva en el jardín del Edén por Johann Wenzel Peter, austríaco, pintada hacia 1820 y conservada en los Museos Vaticanos.



Siempre había oído hablar de estas enseñanzas de San Juan Pablo II. Las oía como se oye un rumor que viene de otra parroquia: algo que existía, que entusiasmaba a unos y ponía nerviosos a otros, y que a mí no me incumbía. Había sido formado en una visión del catolicismo quasi sectaria. El peor pecado, el que de verdad importaba, era la lujuria. Y nada parecía más prudente que mantener a la mujer a distancia, porque se la tenía por tentadora eterna. En ese clima, la sola palabra "cuerpo" me ponía los pelos de punta. A eso se sumaba un supuesto estoicismo: la idea de que el cuerpo es lo que nos tira para abajo, el lastre, la bestia que el espíritu debe tener a raya. Se entenderá con qué sospecha recibía yo estas catequesis. De hecho, ni las miraba. Si el cuerpo era el enemigo, una teología del cuerpo sonaba a capitulación.

Fue mi querida suegra la que se refirió por primera vez, y con admiración, a este conjunto de enseñanzas. No bastó. La admiración de una mujer buena no desarma en una tarde una (de)formación de años. El cuerpo seguía siendo, para mí, lo que no se nombra. Sólo anoche me metí de verdad en el tema. Quería apoyar el apostolado que mi pariente Ezequiel hace con su grupo Proyecto Pronoia, y acababa de oír su conferencia sobre "La inmolación total de uno mismo" con citas a C.S. Lewis, Santo Tomás de Aquino, San Pablo y el mismo San Juan Pablo II sobre este tema. Me pregunté si aquello que predicaba —la entrega, el don que no se reserva, la vida que no vale guardada— tenía detrás un pensamiento de la Iglesia, o apenas un entusiasmo. Encontré ciento veintinueve audiencias. Y encontré, con alguna vergüenza, que el Papa decía con la Escritura abierta cosas que mi formación me había enseñado a no mirar.

Esto que sigue es el intento de contarlas. No para absolver al siglo. No para corregir a Pío XI con una sonrisa. Para saber de qué se habla cuando se habla de la Teología del Cuerpo, y en qué punto se encuentra eso con lo que la Iglesia enseñó antes.


Un papa que vuelve al principio

Entre el 5 de septiembre de 1979 y el 28 de noviembre de 1984, Juan Pablo II dedicó las audiencias de los miércoles a una sola meditación. Fueron ciento veintinueve. No las publicó como encíclica. No las definió como dogma. Las fue diciendo de pie, ante la plaza, volviendo una y otra vez al mismo versículo, como quien no ha terminado de oírlo. El conjunto recibió después el nombre de Teología del Cuerpo. No es un tratado de sexología con agua bendita. Es el intento de un hombre formado en la cantera, en el teatro de la palabra y en el estudio de la experiencia humana, de responder a la herida del siglo con el Génesis, con el Sermón de la Montaña y con la Resurrección.

El punto de partida no es una teoría moderna. Es una frase de Cristo. Los fariseos le preguntan si es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa. Jesús no discute el caso puntual. Los manda al origen: "¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los hizo varón y mujer?" (Mt 19, 4). Juan Pablo II toma esa remisión como método. Si el Señor manda mirar el principio, el principio es la medida. No es un recuerdo piadoso. Es la norma con la que se juzga lo que el hombre hizo después consigo mismo.

De ahí salen tres figuras, no tres hombres distintos. El hombre original: Adán y Eva antes de la caída. El hombre histórico: el que somos, herido por el pecado y alcanzado por la redención. El hombre escatológico: el de la resurrección. Sin esas tres miradas, dice el Papa, no hay respuesta seria al matrimonio ni a la transmisión de la vida. Pablo VI, en Humanae vitae, había pedido una visión completa del hombre. Estas catequesis pretenden darla.


La soledad que no era falta de compañía

El segundo relato de la creación no empieza por la pareja. Empieza por un hombre solo en un jardín lleno. Hay agua, hay árboles, hay animales. Y Dios dice: no es bueno que el hombre esté solo. Leída de prisa, la frase parece un consejo sentimental. Juan Pablo II se niega a leerla así. El hombre no está solo porque le falte alguien con quien conversar. Está solo porque es persona. Dios le trae los animales para que les ponga nombre. El hombre nombra, y en ninguno se reconoce. Nombrar, ahí, no es poetizar. Es comprobar que aquello no es él. Pasa revista a todo lo viviente y no encuentra un tú.

Esa soledad es doble. Por un lado, el hombre descubre que es alguien, no algo: un sujeto que se posee y que, porque se posee, puede darse. Por otro, descubre que ese alguien no se cumple encerrado en sí. El Papa lo dice con una fórmula que conviene citar: cuando Dios dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo, afirmó que el hombre, solo, no realiza del todo lo que es. Lo realiza existiendo con alguien, y más todavía existiendo para alguien. La soledad no es un defecto de fabricación. Es la puerta por la que entra el don.

Entonces vienen el sueño, la costilla y la mujer puesta delante. El texto cambia de registro. Hasta ahí el hombre ha puesto nombres. Ahora exclama: "Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne." El hebreo trae un matiz que las versiones antiguas oyeron como un por fin: esta vez, esta. No una hembra de la especie. Esta. El primer canto del hombre en la Escritura no es un himno a Dios. Es el reconocimiento de la otra.

Conviene no cargar la frase más de lo que da. No dice que el hombre ame a la mujer antes que al Creador, ni que el deseo sea la primera liturgia. Dice algo más estrecho, y más fiel al relato. Cuando la Escritura le presta por primera vez al hombre una voz de júbilo, esa voz no sube en abstracto. Señala a la que tiene delante, y la señala como igual. "Hueso de mis huesos" no quiere decir propiedad. Quiere decir la misma humanidad: otra persona, no un animal más útil que los demás.

Juan Pablo II se detiene ahí porque es la primera vez que el hombre manifiesta gozo. El descubrimiento no es el de una ayuda doméstica. Es el de la comunión. El hombre es imagen de Dios no sólo porque piensa, como enseñó una tradición larga y verdadera, sino también porque no está hecho para guardarse. Nadie serio dice que el matrimonio sea la Trinidad. Lo que el Papa dice es más modesto: el amor que se da es, en la carne, un reflejo del Dios que no es soledad cerrada. La mujer está ahí porque Dios la puso. El hombre no la fabrica. La recibe, y al recibirla deja de estar solo.


Desnudos, y sin avergonzarse

Sigue el versículo que a mi formación le habría resultado intolerable. «Estaban los dos desnudos, y no se avergonzaban.» No es una estampa de inocencia infantil. Es transparencia. En el principio, el cuerpo no esconde a la persona, ni la entrega como objeto de uso. La manifiesta.

De ahí sale la idea central de todo el ciclo, dicha en la audiencia del 16 de enero de 1980. El cuerpo humano, con su sexo, con su ser varón o mujer, no es sólo fuente de fecundidad, como lo es el cuerpo en el resto de la naturaleza. Lleva desde el principio otro atributo, que el Papa llama esponsalicio: la capacidad de expresar el amor. Ese amor en el que la persona se convierte en don y, por ese don, cumple el sentido de su ser y de su existir.

Un mes después, el 20 de febrero, lo dice todavía más directo: "El cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo."

Esto es lo que mi estoicismo no podía oír. El cuerpo no es el estuche del alma, ni el lastre del espíritu. Es el lugar donde lo que no se ve se hace señal. Fue creado para eso. Pero hay que clavar aquí una distinción, porque más de un divulgador la soltó. La desnudez sin vergüenza no es un programa para el hombre caído. Es el estado en que el cuerpo todavía no había sido amenazado por la mirada que usa. El Papa habla de libertad del don. No habla de libertad del apetito.

A quien fue enseñado que la mujer es la tentación perpetua, esta página le cambia el eje. La mujer no entra en el relato como peligro. Entra como la única ante la cual el hombre reconoce su propia carne y canta. El peligro viene después. Y no es ella. Es la mirada que deja de ver persona.


El corazón, después de la caída

La caída no borra la diferencia entre el varón y la mujer. Rompe la transparencia. "Conocieron que estaban desnudos." Se cubren. Se esconden de Dios. Juan Pablo II no lee esa primera vergüenza como una virtud ya formada, ni como un vicio. La lee como una frontera. La persona ya no está segura de ser mirada como persona, y levanta un muro. "Tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí." No es pudor de salón. Es la conciencia de que el cuerpo puede ser arrebatado.

Y entonces viene la palabra dura del Génesis, dicha a la mujer: "Hacia tu marido irá tu deseo, y él te dominará." El Papa no la suaviza. La concupiscencia no es el deseo a secas. Es el deseo que ha dejado de ser don y se ha vuelto uso. El dominio del varón sobre la mujer, y el ardor que busca al otro sin recibirlo, son la misma herida dicha desde los dos lados. San Juan nombra esa herida por tres: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la vida. Las tres limitan aquel significado primero del cuerpo. No lo anulan del todo. Lo amenazan de continuo. Por eso el hombre que somos sigue sintiendo que el cuerpo significa comunión, y al mismo tiempo tiende a proteger ese significado de la mirada que lo reduce a cosa.

Cristo lo dice sin rodeo. Quien mira a una mujer para desearla ya adulteró en el corazón. El adulterio no empieza en la cama. Empieza cuando el otro deja de ser persona y pasa a ser medio. Aquí Juan Pablo II no inventa. Recoge lo que había escrito en 1960, en Amor y responsabilidad: la persona es un bien tal que la única actitud adecuada hacia ella es el amor. Usarla contradice lo que es, aunque haya consentimiento, y aunque el uso ocurra dentro del matrimonio. Las veintisiete audiencias sobre el Sermón de la Montaña no son un canto al deseo. Son una moral del corazón.

La redención no borra la concupiscencia de un golpe. Le devuelve al cuerpo la posibilidad de significar otra vez el don. La continencia, el dominio de sí y la pureza siguen haciendo falta. Quien lea estas páginas como un permiso al apetito no las ha leído.

Conviene decirlo contra dos errores que se dan la espalda. El primero es el de mi formación: hacer de la lujuria el único pecado y de la mujer el único peligro. El Papa no absuelve la mirada. La juzga. El segundo es el de cierta divulgación posterior, que habla como si el hombre redimido hubiera recuperado ya la desnudez del Edén. El Papa dice otra cosa. La concupiscencia permanece como un foco de resistencia. La pureza madura no es la dispensa de la lucha. Es la forma cristiana de librarla.


Lo que la resurrección no abole

La tercera figura cierra el arco, y cierra también una sospecha. En la resurrección no se toman marido ni mujer. Un lector enemigo del cuerpo respiraría aliviado: por fin la carne queda atrás. Juan Pablo II lee la frase de Cristo al revés. No se casan porque la comunión alcanza entonces su medida en Dios, no porque el cuerpo sea abolido. El cuerpo resucita. Es el artículo del Credo que más cuesta, y sigue en pie. Lo que cesa es la forma histórica del matrimonio. No cesa el hecho de que la persona se expresa en su carne.

De ahí sale la virginidad por el Reino. "Hay quienes se hicieron eunucos a sí mismos por el Reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda." En la audiencia del 28 de abril de 1982 el Papa saca una consecuencia que mi formación no habría esperado. La continencia por el Reino no es desprecio del cuerpo, ni una corrección del matrimonio. Es otra manera de vivir el mismo significado: una entrega de sí, que tiene forma de renuncia, hecha sobre todo por amor, para responder al amor del Esposo. Esa continencia, dice, sólo se entiende a la luz de ser varón o mujer. El célibe no niega el cuerpo. Lo asume y lo orienta. Sin el matrimonio no se entendería la virginidad. Sin la virginidad, el matrimonio olvidaría que no es el último horizonte.

La inmolación de la que hablaba anoche Ezequiel cabe aquí sin forzarla. El que se guarda no se cumple. El que se da —en el matrimonio que dice la verdad, o en la continencia que dice otra verdad— realiza el sentido de su ser. No son dos morales. Son dos formas del mismo don.


El cuerpo que habla

La segunda mitad de las catequesis baja esta antropología a la vida concreta. El matrimonio es sacramento porque el cuerpo habla. En el acto conyugal, ese lenguaje dice entrega total, fidelidad y apertura a la vida. Se puede mentir con el cuerpo igual que se miente con la palabra. La clave está en la carta a los Efesios: el gran misterio es Cristo y la Iglesia, y el matrimonio lo representa. Los profetas ya habían comparado la Alianza con unas nupcias. Oseas, Ezequiel, el canto de la esposa. Juan Pablo II llama a eso el profetismo del cuerpo: el cuerpo anuncia, con lo que hace, una alianza que lo supera. El varón y la mujer no inventan el signo. Lo reciben. Por eso la indisolubilidad no es una carga añadida por la ley. Está inscrita en lo que el cuerpo dice cuando dice la verdad.

Veinte años antes, en El taller del orfebre, ya había puesto la misma intuición en una tienda. El orfebre pesa los anillos, y el peso no es el del oro. Es el del amor que cada uno pone. Si el amor no pesa, el anillo no pesa. Las audiencias son esa escena dicha desde la cátedra de Pedro, con la Escritura abierta y sin seudónimo.

De ahí se llega a Humanae vitae, que es el puerto al que iba toda la navegación. El acto conyugal significa, al mismo tiempo, la unión y la fecundidad posible. Separar artificialmente esos dos significados es falsificar el lenguaje. No se trata de una prohibición biológica, ni de una desconfianza ante el placer. Se trata de la verdad de lo que el acto dice. La continencia periódica, cuando hay razones justas, no miente: deja pasar el tiempo fértil y respeta el ritmo que el cuerpo ya tiene. La contracepción interviene para que el acto diga una entrega que de hecho retiene. Juan Pablo II no suaviza a Pablo VI. Le da suelo. Al cerrar el ciclo lo dice sin rodeo: en el acto conyugal no es lícito separar artificialmente el significado de unión y el significado de procreación, porque los dos pertenecen a la verdad íntima del acto.


La tirantez, dicha sin esconderla

Aquí está el punto en que quien aprendió el matrimonio por el canon de 1917 tiene que detenerse.

La doctrina anterior tenía una gramática precisa. San Agustín había nombrado tres bienes del matrimonio: los hijos, la fidelidad y el sacramento. Pío XI, en Casti connubii, de 1930, los recoge, y pone en primer lugar la procreación y la educación de los hijos. El Código de 1917 lo fija en una frase de manual: el fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole; el fin secundario, la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia. Fin primario quiere decir el fin que ordena a los demás. Fin secundario no quiere decir fin despreciable. Quiere decir fin verdadero, pero subordinado.

En 1944 esa fórmula fue puesta a prueba. Habían aparecido escritos que negaban que el fin primero fuera la prole, o que enseñaban que los otros fines eran igual de principales e independientes. El Santo Oficio planteó la cuestión en forma de pregunta cerrada: ¿puede admitirse esa opinión? Los cardenales respondieron que no. Pío XII aprobó la respuesta al día siguiente, y el 1 de abril de 1944 se publicó el decreto. En el latín de la curia, esa respuesta se escribe con una sola palabra: Negative. No es un juicio vagamente desfavorable. Es un no. No puede enseñarse que la procreación haya dejado de ser el fin primero, ni que los otros fines estén a su misma altura y no dependan de él. No era un capricho de época. Se defendía el matrimonio de convertirse en un contrato de uso recíproco, y se defendía la vida frente a la tesis, ya en circulación, de que el amor de los esposos podía dispensarse de la fecundidad.

Gaudium et spes y Humanae vitae ya no hablan con esa gramática. Hablan de una comunidad íntima de vida y de amor, y de dos significados que no se pueden separar: el unitivo y el procreador, los dos queridos por Dios, los dos intocables por iniciativa del hombre. El Código de 1983 dirá que el matrimonio está ordenado por su propia naturaleza al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole. Ya no dice primario. Ya no dice secundario. La teología del cuerpo lleva ese cambio de lenguaje hasta el final. No niega que el matrimonio esté ordenado a la vida. Hace de la apertura a la vida una dimensión interior del don, no un fin exterior al cual el amor serviría de instrumento. Los hijos siguen siendo, como decía el Concilio, el don más excelente del matrimonio. Lo que retrocede es el lenguaje de la jerarquía.

¿Hubo ruptura? Depende de qué se pretenda haber roto. La condena no se retiró. Casti connubii declara contrario a la ley de Dios el acto matrimonial frustrado a propósito en su poder de engendrar. Humanae vitae repite la misma norma y cita a Pío XI. Las catequesis no abren una ventana. Cierran la que algunos habían querido abrir en 1968. En eso hay continuidad estricta. Quien diga que Juan Pablo II autorizó la contracepción no ha leído el último ciclo.

Lo que sí cambia es la razón que se le ofrece al fiel. El hombre de 1930 recibía un fin primero enunciado como artículo de código. El hombre de 1980 recibe un cuerpo que habla, y una mentira que no puede decirse con la carne. Algunos tomistas, Michael Waldstein entre ellos, han argumentado que la estructura de fondo permanece: Santo Tomás no hacía del remedio de la concupiscencia la gloria del matrimonio, y el bien de los hijos sigue siendo intrínseco. Es un argumento serio. También es serio el malestar de quien oye desaparecer una fórmula que el Santo Oficio había protegido cuarenta años antes. Un desarrollo de la doctrina no se decreta porque el acento nuevo sea más bello. Se discierne. El discernimiento, me parece, da esto. La norma moral no fue abrogada. La manera de enseñarla fue reordenada. El riesgo de esa reordenación es real: que el significado de unión, dicho con demasiada música, termine comiéndose al de procreación en la cabeza de quien escucha. El Papa no cometió ese error. Más de un discípulo sí.


Lo que objetan, y lo que queda en pie

Los sectores tradicionalistas no objetan una sola cosa. Objeta varias, y no todas pesan lo mismo.

La primera objeción es la de la ruptura. Algunos, y no los menos leídos, dicen que estas audiencias no desarrollan la doctrina, sino que introducen una novedad, y que por tanto no obligan. Serían meditaciones personales de un papa, no doctrina católica. La distinción merece respeto en un punto y no en el otro. No son una definición infalible en sentido estricto. Un católico puede discutir el método, el acento, la prudencia de una fórmula sacada de la experiencia. No puede hacer como si el sucesor de Pedro no hubiera enseñado, durante cinco años y en el ejercicio ordinario de su magisterio, que el cuerpo es lenguaje de la persona y que ese lenguaje tiene una verdad. El magisterio ordinario no es un diario íntimo. Tampoco es una definición solemne. Cabe entre las dos cosas, sin necesidad de humillarlo ni de arrodillarse ante cada adjetivo.

La segunda objeción es la del deseo coronado. Se dice que Juan Pablo II sustituyó la caridad por la pasión, el fin por el sentimiento, la santidad por la sexualidad. Si se lee a Christopher West y a cierta industria posterior, la objeción da en el blanco. David Schindler, que no era un tradicional de sacristía, advirtió que esa divulgación era demasiado erótica y demasiado romántica, y que desplazaba el centro: el acto sexual no es la clave de la Eucaristía. Alice von Hildebrand y otros señalaron el mismo desliz, con más alarma. Pero el desliz es del divulgador. Las audiencias tienen un ciclo entero sobre el adulterio del corazón, otro sobre la vida según el espíritu, otro sobre la virginidad. Llamar a eso un himno al deseo es no haber pasado de la solapa.

La tercera es la de la concupiscencia minimizada. Aquí hay que ser justos con el texto y duros con el uso. El Papa escribe que la lujuria convierte la relación de don en relación de apropiación, y que el cuerpo no sometido al espíritu es un foco permanente de resistencia. No dice que el hombre casado haya recuperado la inocencia original. Dice que la redención abre una posibilidad. No dice que entregue una inmunidad. Quien predica la teología del cuerpo como si la vergüenza fuera una etapa ya superada, predica otra cosa. En el hombre que somos, la vergüenza protege. Perderla no es volver al Edén. Es una forma de la caída.

La cuarta es la que más me toca, porque es la mía. Se sospecha de toda Teología del Cuerpo porque se sospecha del cuerpo. Esa sospecha tiene un padre noble y un padre turbio. El noble es san Pablo: el espíritu desea contra la carne, y la carne contra el espíritu. El turbio es el maniqueo, condenado por la Iglesia precisamente porque hacía de la materia un mal y del matrimonio una suciedad tolerable. San Agustín, a quien nadie tendrá por blando, escribió sobre el bien del matrimonio contra esa secta. Santo Tomás enseña que el alma es la forma del cuerpo, no su carcelera. El Credo confiesa la resurrección de la carne, no la fuga de la carne. Una formación que hace de la mujer la tentadora eterna, y del cuerpo el lastre, está más cerca del error ya condenado que estas catequesis. Puede ser severa. Puede incluso guardar a un joven del desorden. No por eso es, sin más, la fe de la Iglesia. La Iglesia siempre tuvo miedo del pecado. No siempre tuvo miedo de la obra de Dios.

Queda una objeción fina, y no quiero disolverla. El método de estas audiencias es personalista. Parte de la experiencia, de la conciencia, del sujeto que se posee y se da. La moral clásica parte de la naturaleza, del fin y del acto. Las dos pueden encontrarse: el don no contradice el fin, y el fin no humilla a la persona. Pero no hablan igual. El oído formado en el canon de 1917 oye, en la audiencia, un desplazamiento hacia lo vivido. Es verdad que hay un desplazamiento de lenguaje. No es verdad que lo vivido haya reemplazado a la ley. El último ciclo vuelve a la norma, y la norma no se toma de la sinceridad del sentimiento. Se toma de lo que el acto dice.


Lo que queda, cuando se apagan las disputas

Al final, la Teología del Cuerpo no pide que miremos el cuerpo con menos gravedad. Pide que lo miremos como lo miró quien lo asumió. El Verbo no salvó un alma desnuda. Tomó carne, la entregó y la resucitó. Todo lo que estas catequesis intentan decir cabe en eso. La carne no es el exilio del espíritu. Es el lugar donde el don se hace visible, se hiere y puede ser redimido.

Yo llegué tarde, y llegué por un rodeo. Llegué porque un pariente joven habló de inmolación, y porque quise saber si esa palabra tenía detrás algo más que fervor. Lo tiene. Tiene el Génesis. Tiene el corazón del que habla Cristo. Tiene un Papa que durante cinco años se negó a dejar el cuerpo fuera de la teología. No me pide que olvide la concupiscencia. Me pide que no confunda la concupiscencia con la creación. No me pide que cante al deseo. Me pide que no trate de bestia lo que fue hecho signo.

Lo demás —la soledad, la vergüenza, la pureza, el sacramento, la fecundidad, la virginidad— son comentarios de una sola frase. El cuerpo, y sólo él, hace visible lo que es invisible. Fue creado para eso. También fue herido. También puede, todavía, decir la verdad.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

Comentarios

Escritos más populares

Cuando el cielo dejó de caber en el hormigón

Donde cayó la cuchilla, se alzó el Cáliz

Rápido: ¿Qué querés leer ahora?

Elige tu tema o búsqueda actual (posts del archivo, anteriores a noviembre 2025):