"La bella Marianne", mi antepasada


Este escrito sobre la vida de mi antepasada se basa en una detallada biografía escrita por mi tío, Marcelo Aubone Ibarguren, que se puede leer completa y en su formato original en la ficha de Johanna Maria Carolina Ruaux en Genealogía Familiar. La he re-escrito con la ayuda de mi asistente Grok, que también imaginó la imagen que ilustra el artículo.


En los salones de Buenos Aires —cera de piso, gardenias de Palermo, café que nunca se enfriaba del todo— las mujeres de los Schindler porteños se inclinaban unas hacia otras cuando los hombres hablaban de negocios o de política. Bajaban la voz. Pedían reserva absoluta. Y entonces, como quien entrega una reliquia, revelaban el secreto: Guillermo, el fundador, no era hijo de un comerciante hamburgués venido a menos. Era hijo por la mano izquierda. Del Kaiser. O del rey de Suecia. O, en la versión que más se arraigó, de Carlos Federico Augusto Guillermo, el vigésimo tercer duque de Brunswick. La sangre azul había cruzado el océano disfrazada de inmigrante. El prestigio de la nobleza europea, tan ansiado en una ciudad que se miraba en el espejo de París y de Londres, quedaba así salvado por un rumor que circulaba de abuela a nieta, siempre en femenino, siempre en secreto.

Yo mismo lo oí en la casa de mi abuelo Carlos Ibarguren, marido de Estela Schindler, nieta de Guillermo. Se hablaba en tono de confidencia. Había —decían unos— un cajón de escritorio con medallas. Suponían otros que Guillermo habría hecho la carrera militar en Prusia; que, al graduarse de oficial, se sentó con un amigo ante un mapa del mundo en busca de alguna guerra donde lucir su valor; que halló la del Paraguay, se subió a un barco y el resto es historia. Todo leyenda, pero leyenda linda. Por un tiempo me hizo sentir también a mí más alto, más importante: descendiente de un héroe herido en combate. Sólo así —añadían— se explicaban las recomendaciones de altos personajes alemanes que abrieron puertas a un joven de veinte años recién desembarcado. El cajón nunca apareció ante mis ojos. El rumor, sí. Y el rumor tenía la forma exacta que Buenos Aires prefiere: misterio, blasones y una mujer hermosa al origen de todo. Y en honor a la verdad, mi abuelo, historiador y genealogista, nunca le dio a estos rumores más credibilidad de la que merecían: ninguna.

Y la madre de Guillermo era una bella mujer y excepcionalmente fuerte. Como nos cuenta un estudioso del pasado hamburgués, Armin Clasen, que publicó el libro "La bella Marianne: Un capítulo en la historia de la vida social de Hamburgo”, la bella Marianne "no era sólo de buenas costumbres y culta, sino también decente". Pero hechizaba a todos: "era de gran altura, de cuerpo generoso y una belleza que fascinaba a todos, sin importar si llegaban en carruaje de cuatro caballos o si llegaban caminando cual peregrinos, tan sólo para echar una mirada a sus ojos, que brillaban como un lago de Plön".

Marianne era Johanna Maria Carolina Ruaux que nació el 2 de julio de 1802 en Altona y fue bautizada el día 8. Hoy Altona es un barrio de Hamburgo. Entonces no. Era ciudad propia, pegada a la Hansa como una hermana rival, y pertenecía al ducado de Holstein, gobernado en unión personal por el rey de Dinamarca. El viajero cruzaba un límite de aduana, de moneda y a veces de idioma entre dos mundos que se miraban por encima del Elba: Hamburgo, ciudad libre, luterana y celosa de sus privilegios; Altona, más permisiva, con calles que se llamaban Große Freiheit y Kleine Freiheit porque allí podían vivir católicos, reformados, menonitas y judíos que en Hamburgo no hallaban el mismo aire.

Sus padres, Jean François Ruaux y Louise le Vavasseur, venían de Caen, en Normandía. No sabemos el día exacto en que cruzaron la frontera, pero el motivo se deja imaginar sin forzar los papeles. La Revolución Francesa no fue sólo la toma de la Bastilla y la Declaración de los Derechos: fue también el cierre de conventos, la venta de bienes de la Iglesia, la leva, el Terror, y después las guerras de Napoleón que vaciaron los pueblos. Una familia de oficio humilde —blanqueadores de tela, no aristócratas— podía irse por hambre, por miedo, o porque el trabajo se había ido con los clientes. Caen había visto milicias, confiscaciones y el vaivén de los ejércitos. Hamburgo y Altona, puertos de tránsito, recibían franceses como recibían holandeses y judíos portugueses: a cambio de manos útiles.

El padre tenía una lejía. Conviene detenerse aquí, porque la palabra engaña al oído moderno. No era el frasco de hipoclorito que hoy compramos para el baño. Era una Bleicherei: un taller de blanqueo. Las sábanas, las camisas, los lienzos de barco y de mesa llegaban grisáceos o amarillentos. Se lavaban con lejía de potasa o de ceniza, se tendían en prados al sol del norte —un sol pálido, paciente— y se devolvían blancos, que era el color de la decencia burguesa. El patio de Emmaus debió de oler a jabón rancio, a agua estancada y a tela húmeda. En invierno, las prendas se rigidizaban al hielo. En verano, las moscas. Ese era el imperio de Jean François antes de que quebrara.

La adolescente Marianne, alta ya, y con ese cuerpo generoso, entró al servicio de Madame Jeanne Rainville, antigua patrona de sus padres. Allí aprendió lo que ninguna escuela enseñaba: cómo se recibe a un extraño para que se sienta esperado, cómo se sirve un plato para que tenga el gusto de lo que se come en casa, cómo se sostiene una conversación cuando el vino ya ha aflojado las lenguas. En una fonda del norte alemán de 1820 se comía pesado y se bebía más pesado aún: sopas de cebada, anguilas del Elba, carne en salsa oscura, col, pan negro, cerveza y Korn. Las mujeres de servicio llevaban cofia, delantal oscuro, corpiño ajustado; las damas que venían de visita, vestidos de cintura alta que aún arrastraban el imperio, después falda más ancha y chal de cachemira. Marianne aprendió a moverse entre ambos mundos.

Pocos años después alquiló la antigua lavandería de su padre y la convirtió en taberna. La llamó Marianenruh: el reposo de Marianne. El éxito fue inmediato y casi violento. Gente de todos los niveles sociales —mercaderes de la Hansa con levita oscura y sombrero de copa, oficiales daneses de casaca, marineros con las manos tatuadas, viajeros ingleses, burgueses que llegaban en carruaje de cuatro caballos y pobres que venían a pie como peregrinos— se agolpaba a la puerta. Había que cobrar entrada. Aun así hacían falta soldados y policías para mantener el orden.

Pese al nombre de la taberna, Marianne no podrá reposar mucho. Como dueña del negocio, estaba en el centro de todo, y su belleza y vitalidad daban vida al lugar. Un cronista escribió que sus ojos brillaban como el lago de Plön. El Plöner See no es un charco de postal: es el mayor lago de Schleswig-Holstein, más de veintiocho kilómetros cuadrados de agua entre morrenas, islas y juncos, con un castillo blanco asomado a la orilla. En el siglo XIX los viajeros hamburgueses iban hasta allí en excursión, a comer las famosas anguilas de Plön y a mirar un agua que cambia de plomo a plata según el viento del Báltico. Comparar unos ojos con ese lago no era piropo barato: era decir que había en ellos profundidad, frío y un brillo que no se agota.

Heinrich Heine, que no elogiaba a la ligera, colocó a Marianenruh en el tercer puesto entre las cosas dignas de verse en Hamburgo, después del Ayuntamiento y de la Bolsa. Se escribieron sainetes. Se pintaron retratos. La tabernera de Eimsbüttel se volvió personaje literario antes de cumplir treinta años.

Dicen que era decente. Culta. De buenas costumbres. Eso no impidió que la leyenda le inventara amantes de alcurnia. El más persistente: el joven duque Karl de Braunschweig —Brunswick, en la boca inglesa y en la de las damas porteñas—, que habría llegado en 1826, se habría enamorado perdidamente y le habría ofrecido matrimonio. Ella, según el cuento, habría respondido que no podría satisfacer las exigencias de esa posición ni hacer felices a otros. El encuentro no está documentado. Las fechas, además, traicionan el mito: en 1826 Marianne tenía veinticuatro años y estaba en la plenitud de su belleza. Guillermo Schindler, el hijo que las damas porteñas convertirían en príncipe bastardo, nació el 15 de febrero de 1841, cuando ella tenía treinta y ocho. Quince años de diferencia. La leyenda no resiste la aritmética, pero en Buenos Aires la aritmética nunca fue obstáculo para un buen chisme.

La realidad fue otra. En 1831 Marianne estaba embarazada de John Jochmus, un comerciante hamburgués de buena familia, altas maneras y nulo apego a los compromisos. No quiso esperar al nacimiento de su hija y se embarcó hacia Saint Louis, en Missouri sobre el Misisipi, cientos de leguas al norte de Nueva Orleans. Había sido puesto francés y formó parte de aquel inmenso paquete que Napoleón vendió a Estados Unidos en 1803: la Compra de Luisiana. Pero en 1831 Missouri ya era estado de la Unión desde hacía diez años. Era frontera interior: vapor en el río, comercio de pieles, alemanes y franceses mezclados con americanos, barro, fiebre y la promesa de hacerse rico lejos de las deudas de Hamburgo. Jochmus eligió esa lejanía. El 21 de octubre Marianne dio a luz a hija Emilie Ludovica Caroline —Lilly—, que no fue bautizada y creció en secreto con la abuela francesa. En una ciudad luterana, un bautismo católico o su ausencia no era detalle menor: el nombre inscrito en el libro parroquial era la primera prueba de que uno existía ante Dios y ante el juez. Lilly, al principio, no existió en esos libros.

Con el tiempo el negocio empezó a resentirse. Aparecieron las “tabernas a lo Marianne”, copias baratas que la revista Erzähler mencionaba con sorna. Marianne se mudó más lejos, a Eimsbüttel, entonces arrabal de jardines y huertas, todavía bajo la soberanía holsteiniana del rey danés, un lugar más tranquilo, con menos faroles. Fue allí donde apareció Robert Schindler Kitzing, nacido en Leipzig el 23 de octubre de 1809, siete años menor, comerciante sin casa propia que en 1834 había adquirido la ciudadanía hamburgesa. Pero apareció en la vida de Marianne y estuvo dispuesto a reconocer a Lilly. Se casaron el 3 de abril de 1836 en Eppendorf. Él cumplió su palabra: bautizó a la niña. Fue el comienzo de los años más difíciles.

Nacieron María Alwine, en septiembre de 1836; Gabrielle Henry Robert, en diciembre de 1837; Heinrich Wilhelm —el que en Hamburgo se llamó Enrique y en el Río de la Plata sería siempre Guillermo—, el 15 de febrero de 1841, bautizado el 22 de junio en la iglesia de San Miguel en su ciudad natal; y Adolphine Henriette Mathilde, en febrero de 1843. Una casa llena y un suelo que se hundía. Se comía lo que se podía: sopa, pan, a veces un trozo de carne los domingos. Se rezaba o no se rezaba, según el día y según el credo mixto de aquella familia francesa en tierra luterana. Se debía el alquiler.

La fonda, la cafetería, la vinería: todo se desmoronó. Desalojos, deudas, pleitos utópicos que Schindler perdía uno tras otro. Un antiguo admirador, el conde Wilhelm von Luckner —después embajador danés en Lisboa— les prestó dinero para un hotel. Fracasó. En 1848 —el año de las revoluciones en Europa, cuando también en Altona y en Holstein se alzaban voces contra Copenhague— Schindler se presentó en cesación de pagos. Tres días después murió Louise le Vavasseur, a los ochenta y seis años, y la enterraron en el cementerio católico: un último gesto de fidelidad a Caen. Marianne se separó formalmente de su marido, pero no lo abandonó. Lo cuidó cuando la demencia —amentia, fatuitas— lo fue apagando. Lo llevó a los médicos de Bramstedt. El 31 de julio de 1849 lo dejó en el Hospital General de Hamburgo. No volvió a verlo con vida.

Mientras tanto Lilly, a los quince años, descubrió que no era Schindler. Escribió a su padre en Estados Unidos. Hubo juicio. El tribunal declaró que Emilie Ludovica Caroline era hija legítima de John Jochmus y debía llevar su apellido. La niña dejó la casa de su madre y nunca más la vio. La familia Jochmus tenía peso: un tío llegó a teniente general y barón. Lilly se casó en 1855 con el conde Felix Carl Otto Johann von Bothmer. Enviudó. Entró en la corte de Weimar. Fue dama de honor de la gran duquesa Pauline, alcanzó el título de Excelencia y el cargo de Primera Dama de Honor. En Weimar se usaba el protocolo de las cortes alemanas: reverencias medidas, vestidos de seda, el tratamiento exacto, el silencio oportuno. Murió en 1911 y la enterraron en el castillo de Bothmer. Allí circuló el rumor de que no era una Jochmus auténtica, sino una expósita. Ella se llevó el secreto a la tumba. Marianne, desde Hamburgo, prefirió el silencio. No iba a poner piedras en el camino de la hija que había logrado lo que ella nunca tuvo: un palacio y un título.

Viuda, quebrada, con hijos que alimentar, Marianne no se quebró. Más de quince amigos de los años de Marianenruh —amigos de verdad, no los amantes que le inventó la literatura— formaron una sociedad, aportaron capital, pagaron deudas y le permitieron abrir de nuevo. El Hotel Garni que tuvo hasta 1853. Fonda. Restaurante. A los sesenta y cuatro años volvió a Eimsbüttel, alquiló una casa y puso una posada que sostuvo hasta 1872. El 4 de julio de 1882, dos días después de cumplir ochenta, dejó este mundo a las siete y media de la tarde, rodeada de las hijas que le quedaban y de los yernos. Johann Grüttel dio parte en el Registro Civil. La enterraron en Eppendorf. La lápida se perdió después de la Segunda Guerra, cuando el cementerio fue saqueado. El lugar exacto de sus huesos se diluyó. El recuerdo, no del todo aún.

Guillermo creció en medio de aquella ruina. Recibió buena educación, viajó a las Antillas a los diecisiete, volvió, y en 1861 desembarcó en Buenos Aires recomendado por “altos personajes alemanes”, lo que daría origen más tarde a toda suerte de rumores. La ciudad a la que llegó ya no era la aldea de ladrillo crudo de Rosas: era el puerto de Mitre y de Sarmiento, de las primeras compañías de seguros, de los uniformes prestados a la guerra interior. Entró al ejército, fue ayudante de Paunero, combatió al Chacho, recorrió el Chaco. Sirvió en el ejército argentino hasta el 25 de mayo de 1865, cuando como Teniente 2do cae con la cadera destrozada en un charco de su propia sangre durante un ataque que desalojaría a los paraguayos de la ciudad de Corrientes. En general Paunero, lo cubrió con su capote de General y le dio palabras de afecto. En la vida civil posterior, se dedicó a los seguros y ayudó a fundar La Estrella. El 9 de septiembre de 1871, en la iglesia de San Miguel Arcángel —el mismo nombre del templo donde lo habían bautizado en Hamburgo—, se casó con Emiliana Brabo Calderón, porteña, hija de Francisco Javier Brabo Franco, gallego de Pontevedra, y de Francisca Constancia Calderón Arroyo. Bendijo la boda el presbítero Miguel Velarde; fueron testigos los padres de la novia. Tuvieron cuatro hijos: Guillermo Timoteo, Enrique Francisco, Roberto Ezequiel y Alberto Antonio.

De esa rama nació Estela Schindler Rosa, que se casó con Carlos Ibarguren Aguirre. Son dos de mis cuatro abuelos. Y en aquella casa, generaciones más tarde, el rumor del duque y el cajón de las medallas seguía vivo: la explicación elegante de unas cartas de recomendación que, en verdad, tal vez no necesitaban más misterio que el de una madre que había hecho de una lejía un lugar al que Heine mandaba a la gente, y de un hijo que llegó a un puerto lejano con el oficio de no dejarse hundir.

Buenos Aires prefirió el cuento. Hamburgo se quedó con la mujer que crió en secreto a una hija que llegó a la corte, que cuidó a un marido demente y que, cuando todo se hundía, todavía encontró quince amigos dispuestos a salvarla. La bella Marianne no fue princesa. Fue algo más raro y más difícil: una mujer que se sostuvo de pie cuando el suelo desaparecía debajo. Y eso, aunque no encuadre en lo que muchos prefieren ver en la nobleza, es una historia que no necesita que la inventen.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

Comentarios

  1. Felicitaciones Alfonso! Sentido recorrido de un ser increíble, con una vida increíble, que tan bien narraste. Concuerdo con tu enfoque y el sentido que le das, fuera de posibles conjeturas nobiliaristas, haciendo centro en los valores que tuvo y que seguramente heredaste. Una verdadera saga familiar.

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