El laberinto que no extravía




Fui a ver, en cine, Heaven in Stone and Glass, el documental de monseñor Robert Barron sobre las grandes catedrales góticas de Francia. No esperaba que una de las cosas que más me quedara grabada no fuera solo la luz de Chartres o el vértigo de las bóvedas, sino aquello que está bajo los pies: el laberinto.

En la nave de Chartres —y en otras pocas catedrales que aún lo conservan— hay un círculo de piedra de casi trece metros de diámetro, trazado con once circuitos concéntricos. Un solo camino. Doscientos sesenta metros de ida hasta el centro. No es un dédalo para perderse. Es un camino para llegar.

Eso, en el siglo XIII, no era un adorno.

La catedral gótica era, antes que nada, una Biblia abierta para un pueblo que en su mayoría no sabía leer. Portadas que predicaban la Encarnación, la Ascensión y el Juicio. Capiteles que contaban a Sansón, a Judith, a Tobías. Vidrieras que convertían la luz del sol en doctrina: el azul de Chartres no es un capricho estético, es teología hecha color. El abad Suger lo entendió en Saint-Denis: la lux nova no distrae; eleva. Cada rosetón, cada nervadura, cada figura escatológica en el tímpano era catequesis para el campesino, el comerciante, el niño. Piedra y luz educando al fiel mientras caminaba hacia el altar.

El laberinto formaba parte de esa misma pedagogía. Cuando Jerusalén cayó de nuevo en 1187, el peregrino pobre ya no podía ir a la Ciudad Santa. Entonces la Iglesia le ofreció un sustituto: el chemin de Jérusalem. Recorrer de rodillas, o al menos con el alma atenta, aquel trazado era una peregrinación interior. El mismo tiempo, decían algunos, que tardó Cristo en llevar la Cruz. El centro no era un premio turístico: era la Jerusalén celestial, o el sepulcro vacío, o el encuentro con Aquel que ya había vencido.

Barron lo dice con esa claridad suya que no es blanda: el laberinto es el itinerario de la vida. Largo, sinuoso, lleno de vueltas que parecen alejarnos justo cuando creemos acercarnos. Nadie avanza en línea recta hacia Dios. Hay retrocesos, aparentes callejones, la tentación de saltar el dibujo y “ganar tiempo”. El diseño gótico no lo permite. Hay un solo sendero. Quien lo sigue llega.

Y hay más. En Pascua, según testimonios medievales, el deán caminaba el laberinto con una pelota amarilla —sol, Resurrección— y la lanzaba a los canónigos. Cristo, nuevo Teseo, entra en el laberinto del mundo, mata al Minotauro —el pecado, la muerte, el Demonio— y sale trayendo la luz. El mito pagano queda bautizado, como tantas cosas en la Edad Media: no se destruye, se convierte.

Barron añade una imagen que me dejó pensando días. El rosetón oeste de Chartres tiene el mismo diámetro que el laberinto. A cierta hora, la luz que atraviesa el Cristo del Juicio cae exactamente sobre el círculo de piedra. Si la catedral es el cuerpo de María, el laberinto está a la altura del seno. La luz del Espíritu desciende, fecunda, hace de aquel vientre de piedra el tabernáculo. Arquitectura que es teología encarnada.

En nuestro tiempo se pretendió reemplazar todo esto por templos fríos, blancos, vacíos, con el pretexto de “evitar distracciones”. El resultado está a la vista: no se evitó la distracción; se evitó el asombro. Se vació el misterio y se llamó a eso sobriedad. No funcionó.

Hoy mucha gente recorre esos laberintos antiguos como ejercicio de mindfulness o “energía”. Está bien que caminen. Pero el sentido original no era autorrealización. Era penitencia, memoria de la Pasión, esperanza de la Gloria. El centro no es el yo. El centro es Cristo.

Vivimos en una época que adora los laberintos que sí extravían: ideologías que prometen mil salidas y no llevan a ninguna parte, caminos “propios” que terminan en el mismo vacío. Las catedrales góticas nos recuerdan otra cosa. Hay un camino. Es estrecho. Da vueltas. A veces duele las rodillas. Pero tiene salida, y la salida no es nuestra invención.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

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