Donde cayó la cuchilla, se alzó el Cáliz
Quiero aferrarme a eso. Quiero verlo como triunfo. Porque me aferro a la barca de Pedro. No a una idea de Pedro: a Pedro. Aunque el timonel no sea el que yo habría elegido. Aunque a veces el rumbo me duela.
Y, al mismo tiempo, me sabe a poco.
La Iglesia no olvida los lugares del crimen: los consagra. El Coliseo no fue dinamitado; cada Viernes Santo el Papa recorre allí el Vía Crucis. El sitio del espectáculo de la sangre se volvió memorial de la Sangre que redime. Eso es lo que vi el sábado, o lo que quise ver: no la Iglesia ocupando el palacio del verdugo para ejercer la misma lógica, sino el altar donde estuvo el cadalso.
Vi lo que había que ver. Un papa que no eligió un estadio aséptico ni una catedral ya reconquistada, sino la plaza del crimen fundacional de la modernidad francesa. Vi la Misa votiva de María, Fuente de la Salvación. Vi las palabras sobre la sed que no se sacia con ídolos, sobre el vacío que solo Dios llena, sobre no ser un número de identidad. Vi el llamado a no esconder la fe, a dejar que se desborde, a reconstruir la nación desde raíces regadas por el bautismo. Vi a los jóvenes oír: «Ustedes son la Iglesia de hoy.» Vi nombrar a Blandina, a Ireneo, a Martín, a Vicente de Paúl: la otra Francia, la que no cabe en el relato de la cuchilla.
Eso es positivo. En la hija primogénita que metió el aborto en la Constitución y acaba de firmar la eutanasia, decir esas cosas en voz alta, en francés, ante más de medio millón de personas, no es nada. Quien no lo reconozca está buscando un pretexto para no obedecer. Ochocientas mil almas no se reúnen por nostalgia turística. Y los más de trece mil adultos bautizados en la última Pascua no son una anécdota estadística: son el remanente que el lugar, a su modo, también gritaba.
Yo lo reconozco. Y aun así siento el gusto de lo incompleto. Porque el lugar gritaba más de lo que la homilía se atrevió a nombrar. Gritaba 1793. Gritaba que la Revolución no fue un malentendido pedagógico, sino una apostasía armada: un proyecto teológico invertido, el hombre como medida de todas las cosas. Gritaba que de ese tronco inicial salió, con distintas podas, el laicismo militante, el relativismo moral y la cultura de la muerte que hoy se presenta como compasión. Un gesto de esa magnitud —el Cáliz sobre la guillotina— pedía, al menos para mi, una claridad sin anestesia: esto fue el mal; la Cruz lo vence; no volvamos a pactar con él. Quedarse en la poesía de la sed sin nombrar al sediento que diseñó la guillotina sería quedarse a mitad de camino.
No la hubo. Hubo prudencia. Hubo belleza. Hubo verdad… a medias. Y yo, que quiero ver en cada gesto del Papa lo que hay de bueno, que espero una terapia de shock que cure al mundo moderno, me encuentro otra vez en el mismo umbral: ¿es esto lo que Dios pide de su Iglesia en 2026, o es lo que una curia cansada y una diplomacia eclesiástica consideran administrable?
Esa pregunta no vive solo en la Iglesia. Vive también en mi cuerpo.
Hace tiempo que el cáncer avanzó como un ejército en la noche: hígado, pulmones, cerebro, columna. Hubo un diagnóstico que hablaba de días o de semanas. Hubo inmunoterapia, rayos gamma, la frase que uno no elige y termina rezando: Fiat voluntas tua. Seguí vivo. No sé por cuánto. No me corresponde saberlo. Pero lo que vivo es la misma tensión que siento ante León XIV: ¿me animo a pedir el milagro grande —como el de un papa que corte de raíz décadas de ambigüedad, que vuelva sin tapujos a la tradición y a la claridad, que no le tenga miedo al mundo porque confía que Dios premia el coraje— o soy yo el que debe aprender a ver la voluntad de Dios en lo que parecen pasos medidos, terapias que no llevan a ninguna parte? Sea en el mundo o en mi propio cuerpo. La misma pregunta, en dos altares.
La tentación de los tradicionalistas de mi especie (de mi «calaña», como me decía un amigo) es conocida: convertir el deseo legítimo de restauración en un tribunal permanente contra el Papa que nos tocó. Recitar una letanía de argumentos a medida y noticias seleccionadas que vuelan como un torbellino y no construyen nada bueno. Yo no quiero ese tribunal. Ya vi adónde lleva: al cisma vestido de fidelidad. A movimientos sectarios y falsos profetas. El que juega con fuego se quema. Pedro sigue siendo Pedro aunque no celebre como San Pío V ni hable como San Pío X.
La tentación contraria también la conozco: llamar «prudencia» a lo que a veces es solo miedo. Decir «los tiempos no están maduros» cuando lo que falta es fe. Confundir la caridad pastoral con el silencio ante el error. Aceptar que la Iglesia dialogue tanto con el espíritu de la época que termine hablando su idioma y olvidando el propio.
Entre esas dos tentaciones camino. Y como la neuropatía que entumece mis piernas, estas tentaciones me lo hacen difícil. El misterio no se administra.
Lo difícil no es criticar. Eso ya lo sé hacer, y he sido entrenado para eso desde la más tierna infancia. Lo difícil es mantener la confianza de que Dios está al timón cuando el rumbo no coincide con el mapa que uno se imaginó. Lo difícil es creer que la misma Providencia que permitió la Plaza de la Revolución —y la sangre, y el laicismo, y el vacío— es la que ahora permite que un papa de Chicago, formado en Perú, celebre allí la Misa sin pronunciar la palabra «Terror». Lo difícil es aplicar a la Iglesia lo que intento aplicar a mis tumores: que el milagro que pido puede no ser el que me dan, y que el que me dan puede ser, misteriosamente, el que necesito. Aunque no lo entienda.
Puedo pedir. Debo pedir. Pedir un papa con el coraje de sanar en la raíz, no solo en la corteza. Pedir que la claridad de Lourdes —«¡Penitencia, penitencia, penitencia!»— no se diluya al día siguiente en el lenguaje de las cancillerías. Pedir que se nombre el pecado y se ame al pecador. Pedir que el bien y el mal no se traten como construcciones culturales. Pedir que la barca no se conforme con no hundirse, sino que iza de nuevo las velas con la cruz de siempre. Pedir, también, si es voluntad de Dios, más tiempo de vida para ver algo de eso, o la gracia de no verlo y morir en paz.
Pero no puedo exigir el calendario. No puedo convertir mi hambre de restauración en un ultimátum a Dios. El Señor no me debe ni un pontífice a mi medida ni una cura a mi medida. Me debe lo que ya me dio: la barca, los sacramentos, la Cruz, y esta plaza absurda y santa donde la Guillotina y el Cáliz se miraron de frente.
Entonces, ¿qué hago con el sábado 26? Lo tomo como es. No como el principio de la reconquista que sueño, ni como la prueba de que «nada cambia». La Concordia del 26 no borra 1793. Lo vence. Y lo vence a la manera en que suelen vencer los signos mientras peregrinamos: no del todo, no todavía, no como yo lo habría escrito. Positivo: porque el altar ocupó el lugar del cadalso y medio millón de franceses todavía tienen sed. Insuficiente: porque el diagnóstico de Occidente pide cirugía de emergencia y a menudo nos ofrecen paños tibios.
El mal tiene monumentos; la Iglesia tiene el Sacramento. Y el Sacramento, cuando se celebra sin vergüenza, termina por ocupar el lugar que el mal creyó eterno. Eso vi. Eso me basta para quedarme. No me basta para callar el hambre.
Y me quedo en la barca. No porque el capitán me convenza siempre. Porque el que la construyó me convenció una vez, de una vez para siempre, y no me dió permiso de saltar al agua para construir mi propia balsa más pura.
Si Dios quiere un León que corte, lo dará. Si quiere que yo aprenda la paciencia de los pasos cortos, en la Iglesia y en el hospital, también lo dará. Lo que no puede darme, porque no existe, es la certeza anticipada del plan. Solo la fe de que hay plan.
Por eso, al terminar de escribir esto, no firmo una sentencia sobre el pontificado. Firmo una oración que ya usé cuando el médico habló de semanas:
Fiat voluntas tua.
Sobre la Plaza de la Concordia. Sobre Roma. Sobre este cuerpo que aún resiste. Sobre la Iglesia que amo y que a veces me desespera. Que el agua que brotó el sábado no se evapore en el análisis. Que riegue lo que pueda regar. Y que yo no sea tan soberbio como para decidir, desde Cleveland, cuándo Dios va demasiado lento.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
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