Santos Juan Fisher y Tomás Moro: Luces en la tormenta de la apostasía
Hoy, 22 de junio, la Iglesia recuerda a dos gigantes que no se doblegaron. San Juan Fisher, obispo de Rochester, y Santo Tomás Moro, canciller del reino y mártir laico. Dos hombres de carne y hueso, con temperamentos distintos pero unidos en una misma fidelidad inquebrantable. Mientras la mayoría de la nobleza inglesa y todos los obispos del reino se postraban ante el capricho de Enrique VIII, ellos eligieron el cadalso antes que traicionar a la Esposa de Cristo. Su martirio no fue un accidente romántico de la historia; fue la consecuencia lógica de vidas vividas con coherencia radical. Hoy, en nuestros tiempos de tibieza epidémica y de “acompañamiento” que a menudo disfraza rendición, su ejemplo quema como brasa en la conciencia.
Las personalidades: el asceta y el humanista
San Juan Fisher era un hombre de estudio y oración, de silueta austera. Nacido en una familia modesta, ascendió por su inteligencia y piedad. Como obispo de Rochester, vivió con la austeridad de un monje: ayunos rigurosos, largas vigilias, desprecio por las comodidades. Su predicación era clara, sin florituras cortesanas. Defendió la indisolubilidad del matrimonio y la primacía romana con la misma tenacidad con que cuidaba a sus fieles pobres. No era un político; era un pastor. Cuando Enrique quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena, Fisher vio inmediatamente el ataque al orden sacramental y a la autoridad de la Iglesia. No cedió ni un milímetro.
Tomás Moro, en cambio, era un hombre de mundo, padre de familia, humanista brillante, amigo de Erasmo. Abogado brillante, escritor satírico (recordemos su Utopía), conversador ingenioso, juez integérrimo. Tenía un humor fino, casi irónico, y un amor profundo por su esposa e hijos. “Un hombre para todas las estaciones”, lo llamó su biógrafo. Pero debajo de la cortesía renacentista latía una fe de roca. Moro no era un asceta por temperamento; era un hombre que había elegido la santidad en medio del siglo. Su casa era un pequeño monasterio laico: oración familiar, lectura espiritual, caridad. Cuando le ofrecieron el cargo de Lord Canciller, lo aceptó sabiendo los peligros. Pero cuando el rey exigió el Juramento de Supremacía —que declaraba a Enrique cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra—, Moro respondió con silencio elocuente y, finalmente, con la verdad desnuda.
Dos temperamentos distintos: el fuego seco del obispo y la llama serena del letrado. Uno y otro, sin embargo, se negaron a separar fe privada de vida pública. Ahí radica su grandeza.
Lo que los empujó al martirio
No fue el odio al rey lo que los movió. Fisher y Moro respetaban la autoridad legítima. Lo que los empujó fue la conciencia formada, esa voz interior que no se acalla con decretos reales ni con la presión de los pares. Cuando los obispos ingleses firmaron el Acta de Supremacía, cuando la nobleza calculó fríamente sus intereses y se arrodilló, ellos permanecieron de pie. Fisher escribió contra el divorcio con valentía teológica. Moro se negó a prestar el juramento que destruía la unidad de la Iglesia.
Su martirio fue el precio de la fidelidad. Fisher, ya anciano y enfermo, fue decapitado el 22 de junio de 1535. Moro, días después, subió al patíbulo con aquella frase inmortal: “Soy el siervo del rey, pero primero soy siervo de Dios”. Ambos murieron defendiendo no solo una doctrina abstracta, sino la realidad misma del Cuerpo Místico de Cristo. No murieron por capricho; murieron porque sabían que ceder allí era traicionar a generaciones enteras de fieles.
En un tiempo de miedo generalizado, ellos encarnaron la libertad de los hijos de Dios. No fueron rebeldes políticos; fueron católicos íntegros. Y por eso la Iglesia los levantó como faros.
Nuestros tiempos: la nueva supremacía
Miramos alrededor y la escena se repite con otros ropajes. Hoy ya no es un rey gordo y caprichoso quien exige juramentos de supremacía; son ideologías suaves, burocracias globales, presiones culturales y, tristemente, no pocos pastores que prefieren “acompañar” antes que confrontar. La indisolubilidad del matrimonio, la doctrina sobre la vida, la moral sexual, la misma fe en la Revelación… todo se negocia en nombre de la “compasión” o del “diálogo”.
La mayoría de los “nobles” de nuestro tiempo —intelectuales, políticos, influencers católicos— se acomodan. Muchos obispos guardan silencio o, peor, bendicen lo que antes condenaban. La apostasía ya no es dramática; es lenta, educada, revestida de misericordia barata. Y el precio de resistir sigue siendo el mismo: ostracismo social, pérdida de posición, burla, a veces persecución suave o dura según el lugar.
Fisher y Moro nos interpelan con fuerza melancólica: ¿dónde está nuestra coherencia? ¿Estamos dispuestos a perderlo todo por no perder a Cristo? No se trata de buscar el martirio; se trata de no negarlo cuando llega disfrazado de “exigencia del momento histórico”. La fe no es un sentimiento privado ni un patrimonio cultural; es la verdad por la que vale la pena morir… y, sobre todo, por la que vale la pena vivir.
En medio de mi propia batalla —con el cáncer que avanza y las lesiones que crecen en el cerebro—, encuentro consuelo en estos santos. Ellos también conocieron la debilidad del cuerpo y la fortaleza de la gracia. “Fiat voluntas tua”, repito con ellos. Que no nos falte su oración para que, en esta nueva tormenta, haya más Fisher y más Moro: hombres y mujeres que prefieran la verdad al aplauso, la cruz a la corona, la fidelidad eterna al cálculo temporal.
San Juan Fisher y Santo Tomás Moro, rueguen por nosotros. Que su ejemplo nos despierte de la somnolencia cobarde y nos haga testigos creíbles en un mundo que, una vez más, exige que adoremos al becerro de oro del poder y de la conveniencia.
De rodillas, pero de pie.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
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