El monolito de la vanidad: El Centro Presidencial de Obama, un brutalismo horrible que grita hipocresía
El viernes pasado, con fanfarria de estrellas del espectáculo, ex presidentes y el habitual coro de progresistas extasiados, se inauguró en el Jackson Park de Chicago el Obama Presidential Center. O, como lo llaman con pompa, la “biblioteca” presidencial. Pero no busquen aquí archivos polvorientos de una presidencia; busquen más bien un monumento de piedra tallada a la egolatría contemporánea, un bloque brutalista que se alza como un dedo medio de hormigón y granito contra el cielo de un barrio humilde del South Side.
Ah, el edificio principal: una torre de ocho pisos, casi sin ventanas, revestida en granito de New Hampshire con patrones que pretenden ser “artísticos” pero que recuerdan más bien a las cicatrices de un bloque de prisión klingon o a un búnker nuclear disfrazado de obelisco truncado. Los arquitectos Tod Williams y Billie Tsien juran que evoca “cuatro manos uniéndose”. Yo veo una mano gigante cerrándose en puño sobre la esperanza de los que viven abajo, aplastando con su peso de 850 millones de dólares privados cualquier pretensión de humildad. “Obamalisk”, lo llaman con sorna. Y con razón. Es el sueño húmedo de un arquitecto brutalista que, en lugar de belleza, eligió intimidación.
Imaginemos la escena: un vecindario de bajos ingresos, donde la vida real duele, y en medio de él, esta mole gris, monolítica, con aberturas chamferadas que parecen troneras para drones o láseres de una nave nodriza. De día, un peñasco frío en el parque. De noche, un faro pretencioso. Los críticos la llaman mausoleo, tumba brutalista, Death Star de granito. Yo la llamo lo que es: el templo de un mesías político que prometió esperanza y cambio, y dejó un cascarón vacío, sin archivos físicos reales, pero con mucho espacio para selfies y narrativas autoconsagradas.
¿Dónde está la elegancia serena de otras bibliotecas presidenciales? ¿La dignidad clásica que honraba la república? Aquí no. Aquí impera el brutalismo horrible, esa estética de dictadores y utopistas fallidos que confunde fuerza con grandeza. Obama, el orador que citaba a Lincoln y soñaba con puentes, levanta un muro de piedra que aísla. Un edificio que, en su afán de ser “audaz” y “diferente”, resulta tan accesible y humano como un fortín soviético. Los vecinos del South Side, esos a quienes supuestamente vino a elevar, ahora tienen una sombra permanente: la sombra de la vanidad monumental.
Sarcasmo aparte —o no tanto—, este engendro arquitectónico encarna la era que nos tocó: la de los ídolos de barro que se erigen estatuas mientras la cultura se desmorona. Prometieron transparencia y nos dan un cubo casi ciego. Hablaron de unidad y construyen un símbolo que divide hasta en su estética: unos ven esperanza, otros ven un Klingon prison plantado en Chicago. Uno sospecha que aquí la voluntad fue más de egos y donantes que de servicio al bien común.
Que el tiempo juzgue. Por ahora, el Obama Center se yergue como un recordatorio crudo: en la república de las apariencias, hasta las bibliotecas se convierten en mausoleos de promesas incumplidas. Y el brutalismo, ese horror de cemento y arrogancia, encuentra en este monolito su apoteosis más adecuada. Bienvenidos al futuro que nos vendieron. Que lo disfruten los que aún creen en los espejismos de granito.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
Muy buena observavión Alfonso. Como arquitecto e historiador de la arquitectura coincido en que el brutalismo (moda courbusierana de los 50) finalmente ha resultado en casi todos los casos un monumento al comitente y/o a los arquitectos. Salvo honrosas excepciones los edificios brutalistas son más esculturas que arquitectura.
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