Las Malvinas, otra vez de remate
Trump no ha descubierto las Malvinas. Las ha encontrado en el fondo del cajón, junto a los aranceles, los aliados “gorriones” y cualquier otro palo con el que se pueda golpear a un laborista inglés que no quiere gastar lo que Washington exige. “Siempre reviso todas las posiciones. Esa es apenas una entre muchas.” Traducción: no me importa un rábano quién tiene razón; me importa quién paga la cuenta de la OTAN. El tipo no hace doctrina. Hace subasta.
Y en Argentina, claro, la subasta se convierte en milagro. Una frase de tres segundos en el Salón Oval y de pronto los medios —ese jardín de infantes con redacción— anuncian el giro histórico de la política exterior norteamericana. Como si Trump fuera Metternich y no un vendedor que cambia de mercadería según el cliente de la tarde. Milei habla de “algo muy fuerte” y prepara cadena nacional. Faltaba el himno y la lágrima en cámara. Cuarenta y cuatro años después de la guerra seguimos esperando que un comentario de pasillo nos devuelva lo que no reconquistamos con barcos, con diplomacia seria ni con un Estado que deje de improvisar.
Los ingleses, por su parte, no merecen el beneficio de la duda. Administran un archipiélago a once mil kilómetros como si fuera un suburbio de Hampshire, invocan la “autodeterminación” de tres mil habitantes plantados ahí precisamente para que esa palabra suene bien, y cuando les aprietan el presupuesto de defensa se indignan como si la “relación especial” fuera un sacramento y no un negocio. Londres cobra el petróleo, cobra la pesca, cobra el prestigio imperial de bolsillo… y se ofende si alguien les recuerda que el paraguas yanqui no es gratis. Hipocresía británica de manual: soberanía cuando conviene, aliado cuando hay que disparar, víctima cuando hay que pagar.
Tres farsas en un solo acto. Trump usa las islas como palanca contable. La Argentina las usa como opio patriótico, el recurso infalible para no hablar de lo que no funciona. Gran Bretaña las usa como souvenir victoriano y como prueba de que todavía puede darse el lujo de no escuchar. Y el pueblo, otra vez, se conmueve. Como si la soberanía se recuperara por titular.
Las Malvinas no son un chiste. El chiste es que, cada vez que alguien en Washington o en Whitehall pronuncia una vaguedad, nosotros volvemos a creernos el cuento. Una vergüenza que un reclamo justo siga sirviendo, tan impunemente, para distraer, para inflar y para no hacer lo único que importaría: ser un país que no necesite que un extravío de Trump le preste, por un rato, la ilusión de tener política.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
Totalmente de acuerdo! Agrego que, mientras es así lo siguen siendo usadas con un propósito subalterno o político -que es lo mismo-, da igual que sean aargentinas o inglesas. En cualquiera de los dos lados que estén serán útiles para dicho propósito.
ResponderBorrarThe people of the Falklands weren't "planted" there. They were born there. They live there. It's their land. It has nothing whatsoever to do with Argentina.
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