Del Concilio a la reforma: Cómo nació la Misa de hoy
En diciembre de 1963, cuando los Padres conciliares promulgaron la constitución Sacrosanctum Concilium, pocos imaginaban que aquel documento, redactado con prudencia y no pocas cautelas, terminaría sirviendo de pretexto para una de las transformaciones más profundas que haya conocido la liturgia romana en sus dos mil años de historia.
El texto del Concilio era, en esencia, moderado. Pedía una reforma, sí, pero una reforma que se hiciera “con prudencia” y respetando la “sustancial unidad del rito romano”. Hablaba de conservar el latín, de dar primacía al canto gregoriano, de mantener el Canon Romano y de proceder por vía de desarrollo orgánico. No hablaba de suprimir oraciones, de multiplicar los cánones eucarísticos ni de alterar radicalmente la orientación del sacerdote. Era un documento de reforma, no de revolución.
Sin embargo, apenas cerrado el Concilio, se puso en marcha una maquinaria que pronto escapó al control de los mismos obispos que habían aprobado aquellos principios. El Papa Pablo VI creó el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, un organismo extraordinario al que se encomendó la tarea de llevar a cabo la reforma. Al frente de su secretaría quedó monseñor Annibale Bugnini.
Lo que siguió no fue una aplicación fiel de las normas conciliares, sino una de las más graves interpretaciones abusivas que se hayan hecho del Concilio. Ciertos sectores, imbuidos de un espíritu progresista y ecumenista, se arrogaron el derecho de leer Sacrosanctum Concilium no según su letra, sino según un supuesto “espíritu del Concilio” que ellos mismos definieron. Bajo esta impunidad interpretativa, se procedió a una reconstrucción casi total de la liturgia romana.
En pocos años se compuso un nuevo Misal. Se introdujeron nuevos textos para el Ofertorio, se crearon nuevos cánones eucarísticos, se suprimieron oraciones centenarias y se cambió la orientación del sacerdote. Todo ello se presentó como desarrollo del Concilio, cuando en realidad constituía uno de sus excesos más graves y de mayores consecuencias. La reforma litúrgica no fue el fruto de una evolución orgánica, sino el resultado de una lectura interesada y unilateral de Sacrosanctum Concilium, llevada adelante por quienes creyeron tener carta blanca para moldear la liturgia según sus propias ideas.
El resultado fue el Novus Ordo Missae, promulgado en 1969 (¡el año de mi primera comunión!). Un rito nuevo en su forma concreta, que se apartaba sensiblemente del que había alimentado la fe de innumerables generaciones de católicos.
Por sus frutos los conoceréis, dijo el Señor. Y es justo aplicar este criterio evangélico a la reforma litúrgica. ¿Obtuvo esta dramática transformación efectos beneficiosos para la Iglesia? ¿Se llenaron las iglesias de fieles que hasta entonces se sentían marginados por una liturgia que supuestamente no comprendían? ¿Renació la fe, aumentó la reverencia, crecieron las vocaciones? Naturalmente, esta reforma no fue el único factor de la decadencia que siguió al Concilio. Influyeron también el proceso de secularización acelerada de las sociedades occidentales, ciertos desvíos teológicos y una crisis más amplia de autoridad y de transmisión de la fe. Sin embargo, lo que resulta innegable es que la reforma litúrgica no produjo los resultados positivos que se esperaban de ella. Lejos de atraer a las multitudes que supuestamente se sentían alejadas, las iglesias comenzaron a vaciarse de forma progresiva y sostenida. La práctica dominical decayó de manera dramática, las vocaciones sacerdotales y religiosas sufrieron un colapso sin precedentes, y la creencia en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía se debilitó notablemente entre los fieles. La reforma que pretendía hacer más participativa y comprensible la liturgia terminó, en muchos casos, produciendo una mayor superficialidad y una notable pérdida del sentido de lo sagrado.
Aquí surge, para el católico fiel, una pregunta dolorosa: ¿cómo se sostiene la fidelidad al Papa cuando se contempla este salto entre lo que el Concilio escribió y lo que finalmente se impuso? La autoridad del Romano Pontífice es real y debe ser reconocida. Pablo VI tenía potestad para promulgar un nuevo Misal. Sin embargo, la fidelidad a la Iglesia no puede exigirnos aceptar que toda interpretación del Concilio sea legítima, ni que todo lo que se hizo en su nombre responda al depósito de la fe. Se puede mantener la debida sumisión al Sucesor de Pedro sin por ello cerrar los ojos ante los frutos de una reforma que, en lo esencial, no renovó la Iglesia, sino que contribuyó a su debilitamiento.
No se trató de un error de ejecución. Fue una decisión deliberada de quienes se creyeron libres de para deformar el sentido del Concilio, transformaron una reforma prudente en una ruptura litúrgica de enorme alcance. Y los frutos de aquella decisión siguen estando a la vista de todos.
Es por todo esto que siento simpatía por quienes buscan y se sienten más a gusto con la Misa preconciliar, entre los que cuento con muchos familiares y amigos. Sin embargo, en el contexto de los acontecimientos de la última semana, creo necesario aclarar que esta simpatía no significa acompañar a los que formalmente desobedecen la autoridad papal y han incurrido en cisma y excomunión. Que Dios, en su misericordia, sepa perdonar a los laicos que se equivocan de buena fe. Y me incluyo en ese grupo, si es que también yo me estoy equivocando en estas apreciaciones.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
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