La barca que no se hunde. Una reflexión sobre la promesa de Cristo y la Iglesia herida
El artículo anterior, “Sobre el posible cisma de los lefevristas”, nació de una inquietud que me ha acompañado durante años como una sombra discreta pero persistente. Cada vez que oía, en conversaciones o lecturas, esa idea de que la Iglesia visible ha fallado de tal modo que ya no se puede confiar en ella, sentía un nudo en el pecho. Escribí entonces casi como un ruego, como quien pide a un amigo que no abandone la barca en plena tormenta. Las charlas que vinieron después —con hermanos en la fe que adoran la liturgia antigua, con algunos muy unidos a la Fraternidad San Pío X y con otros que simplemente comparten mi amor por la Tradición— me han sacudido aún más el alma. No vuelvo ahora para repetir lo ya dicho, sino para abrir un poco más el corazón, para ahondar en lo que siento y creo, y para recordar juntos desde dónde brota toda nuestra esperanza: de la promesa misma de Cristo, esa promesa que no conoce cláusulas ni sombras.
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Hay un lugar en la tierra que, desde los albores de la historia, ha sido cruce de caminos y teatro de tragedias sin fin. Hombres, pueblos e imperios lo han atravesado con el paso pesado de la ambición o con el paso ligero del peregrino, pero casi nunca con paz verdadera en el corazón. Lo llamamos Oriente Medio: un paisaje de polvo y piedra, de sol que quema y de memorias que arden. Allí, en esa encrucijada de siglos, Dios eligió encarnarse. “Y habitó entre nosotros”. Su vida breve fue como un espejo diminuto de todo lo que esa tierra había visto y seguiría viendo: adoración de reyes magos llegados de lejos, persecución de un rey aterrado, años de silencio en un pueblo olvidado y luego un ministerio público que partió en dos a la humanidad. Unos lo siguieron con el corazón abierto pero la mente confusa; otros lo odiaron con una claridad que sólo nace del conocimiento exacto de quién era. En medio de ese torbellino, Él unió cielo y tierra, lo visible y lo invisible. Al antiguo conflicto por el agua, por el poder, por las fronteras, añadió una contienda nueva y eterna: la salvación del alma de cada uno de nosotros.
A los senderos polvorientos que ya surcaban aquel paisaje —y aún me pregunto, con una mezcla de asombro y ternura, dónde estaría esa tierra que mana leche y miel que tanto prometía la Escritura— se sumó Él: el Camino vivo, el río de agua que apaga para siempre la sed del alma. Y, en esa lógica divina que siempre nos supera y nos humilla con su belleza, eligió para prolongar su obra a un puñado de hombres tan frágiles como cualquiera de nosotros. No sabios de academias ni gobernantes de imperios. Pescadores en su mayoría, un cobrador de impuestos, un hombre de temperamento ardiente. ¿Qué vieron en Él para dejarlo todo? Los Evangelios no lo ocultan: vieron milagros, pero también vivieron torpezas, impulsos, malentendidos, negaciones y traiciones. Y sin embargo, a Pedro —el más impulsivo, el que hiere con la espada y luego llora con amargura— Cristo lo llama roca. A él le confía las llaves del Reino, el poder de atar y desatar. Y como promesa que resplandece en la oscuridad de todas las edades: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.
Pentecostés fue el fuego que lo cambió todo. Aquellos hombres temerosos y desconcertados salieron a proclamar el Evangelio con una audacia que sólo la gracia explica. Junto a la Madre de Dios, emprendieron un camino que parecía imposible: anunciar paz, perdón y amor al enemigo en un mundo que los consideraba locura o debilidad. Casi todos sellaron su testimonio con la sangre. Y aun así, contra emperadores, contra herejías, contra divisiones, la Iglesia creció. El Espíritu hinchó las velas y la barca llegó hasta los confines de la tierra.
De todo aquello brotan en mí certezas que, llegado el caso, me gustaría sostener con la vida misma. El poder y la promesa dados a Pedro no se negocian ni se condicionan: no dependen de la santidad personal del que ocupa la Cátedra, ni de su carisma, ni de que piense como nosotros. Son un don irrevocable de Cristo a su Iglesia. Si alguna vez la estructura visible de la Iglesia —con su jerarquía, su magisterio, su sucesión apostólica— dejara de cumplir su misión salvífica de bautizar, enseñar la verdad, santificar y gobernar, entonces las puertas del infierno habrían prevalecido. Y eso significaría que Dios ha faltado a su palabra. Cosa que mi fe no puede aceptar, porque Él es fiel aunque nosotros seamos infieles. Por eso, todo argumento que insinúe que la Iglesia visible ha dejado de ser Iglesia, que su misión se ha extinguido o se ha refugiado en otro lugar, me parece falso desde la raíz. Si parece convincente, es porque alguna premisa o alguna conclusión está torcida. Y no soy ni es mi trabajo ser especialista en derecho canónico o conocedor de la totalidad de la enseñanza de la Iglesia durante todos los siglos para descifrarlo yo.
En algunos círculos que he frecuentado con cariño y con dolor, se ha tejido una explicación que redibuja los contornos de lo que llamamos “Iglesia”, como quien manipula un mapa para que su territorio quede siempre dentro de los límites deseados —un gerrymandering del alma, en cierto modo. (1) Se hace esta gimnasia argumental, esta pirueta sutil del entendimiento, precisamente para no tener que dar el paso lógico y doloroso que sería declarar formalmente que ellos mismos —y sólo ellos— constituyen la verdadera Iglesia, la única que conserva la fe intacta. En el fondo, es un acto de cobardía espiritual: no se atreven a romper del todo con la barca visible, pero tampoco se atreven a obedecerla; prefieren habitar en una zona gris, en una Iglesia teórica que les permita conservar el consuelo de la pertenencia sin el peso de la obediencia plena. Se dice que la Iglesia existe todavía, que las puertas del infierno no han prevalecido… pero que lo que hoy vemos —desde el Papa hasta el último párroco— es una “estructura” que ha abandonado la misión salvífica, que incluso pone en peligro las almas. Siempre se encuentran excepciones: un sacerdote fiel aquí, una comunidad que resiste allá. Se recuerdan crisis del pasado —el arrianismo, la iconoclasia, el protestantismo— para decir que “esto ya ocurrió antes” y que la verdadera Iglesia sobrevive en minorías heroicas. Sin embargo, ninguna de aquellas tormentas alcanzó la magnitud del abandono de la fe y de la doctrina que hoy se atribuye a esa “estructura”: se habla de una apostasía casi universal, de una corrupción doctrinal que habría tocado el núcleo mismo del depósito de la fe, algo que ni en los momentos más sombríos de la historia se había osado imputar al Magisterio vivo en su conjunto. El desenlace práctico es una adhesión teórica al “Papado” como idea, pero no al Papa concreto; una fidelidad a la “Tradición” interpretada ya no por la voz viva de la Iglesia, sino por lecturas personales, por teólogos disidentes o por la propia conciencia.
Estas construcciones me duelen, porque las veo tejidas con celo sincero y con un amor a lo antiguo que yo mismo comparto en muchas cosas. Pero me parecen, en el fondo, piruetas del entendimiento que esconden una soberbia sutil: la de creer que nosotros podemos discernir mejor que Dios dónde está su Esposa y hasta dónde llega su promesa. Bajar la cabeza con humildad no es rendirse; es reconocer que Él sabe más que nosotros. Es confiar en que, aunque la barca se balancee y el viento sople en contra, y aunque el timonel parezca vestido de pirata, Aquel que caminó sobre las aguas no la dejará hundirse.
Porque al final no se trata de tener razón nosotros. Se trata de permanecer en el amor a la Iglesia tal como es: herida, peregrina, a veces escandalosa, pero siempre la Esposa amada por Cristo. Se trata de esperar con nostalgia por los días en que todo era más claro, con caridad hacia los que sufren la misma confusión que yo he sentido, y con esperanza en Aquel que dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Esa promesa no tiene escapatoria, y en ella descansa toda mi paz.
Que la Virgen, que permaneció al pie de la cruz cuando el cielo parecía mudo, nos alcance la gracia de amar a esta Iglesia nuestra —tan humana y tan divina— con el mismo amor con que Ella la amó en su Hijo.
por Alfonso Beccar Varela y Grok.
(1) El gerrymandering es una práctica política, principalmente en Estados Unidos, que consiste en redibujar los límites de los distritos electorales de manera artificial y caprichosa para favorecer a un partido o grupo, concentrando o diluyendo votos de manera estratégica. Aquí se usa como analogía para describir el esfuerzo de redefinir los “límites” de lo que es la Iglesia visible, de forma que la propia posición quede incluida sin admitir una ruptura formal con ella.
Vuelvo a recurrir, como ilustración que tanto me conmueve y que refleja con maestría lo que llevo en el corazón, al famoso cuadro de Rembrandt: *Cristo en la tormenta en el mar de Galilea* (o *La tormenta en el mar de Galilea*), esa única escena marina que pintó el maestro holandés en 1633. Ya lo había usado en un posteo anterior —un cuento en inglés donde me imagino a mí mismo como testigo silencioso dentro de la barca, en esa noche de terror y gracia. En esa tela oscura y dramática, el viento azota las olas como si quisieran devorar la pequeña embarcación; los discípulos, aterrorizados, luchan con las velas rasgadas y el agua que inunda la cubierta; y en medio del caos, en la popa, Cristo duerme plácidamente sobre un cojín, ajeno al pánico que lo rodea. Rembrandt no pinta el momento del milagro consumado —el “Calla, enmudece” que aplaca todo—, sino el instante previo, el de la prueba máxima: cuando la fe parece naufragar, cuando el miedo grita más fuerte que la promesa. Y sin embargo, ahí está Él, presente, tranquilo, soberano incluso en su aparente indiferencia. Me identifico profundamente con esa escena. En estos tiempos de confusión eclesial —cuando la barca de la Iglesia da bandazos violentos, cuando algunos gritan “¡Maestro, no te importa que perezcamos!”—, yo también me siento en esa barca. No como espectador lejano, sino como uno más de los que tiemblan, que se aferran a la borda, que miran con angustia el horizonte negro. Pero también miro a Aquel que duerme. Y en esa mirada encuentro la paz que no se explica con argumentos: la certeza de que, aunque el viento sople en contra y las olas nos cubran, Él no ha abandonado la nave. Duerme, sí, pero duerme en la popa, en el lugar del gobierno. No ha saltado por la borda ni ha transferido el timón a otro. Este cuadro, perdido desde el robo de 1990 en el Museo Isabella Stewart Gardner de Boston, me recuerda que la Iglesia visible puede parecer vulnerable, herida, incluso al borde del naufragio. Pero la promesa no depende de la calma del mar ni de la pericia de los marineros: depende de Aquel que prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. En la tormenta, la humildad consiste en no pretender tomar el timón nosotros mismos, ni declarar que la barca ya no es barca porque no navega como quisiéramos. Consiste en despertar al Maestro con fe, no con reproche; en confiar que su sueño no es abandono, sino soberanía. Que este lienzo, aunque ya no podamos verlo en persona, siga hablándonos al alma: la tormenta pasa, pero la promesa permanece. Y en esa promesa descansa, al final, toda nuestra esperanza.
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