Sobre el posible cisma de los lefevristas
Dicen que la Iglesia ya no salva almas porque cambiaron las formas, porque el lenguaje se suavizó, porque ya no hay procesiones de flagelantes ni púlpitos que truenen contra el modernismo como en los tiempos de antes. Y en nombre de esa supuesta “pérdida de la misión”, les parece legítimo levantar una estructura paralela, con seminarios propios, obispos propios y una obediencia a elección que, en la práctica, equivale a decir: “Roma erró, pero nosotros no”.
Y entonces llega la Fraternidad San Pío X —o los sectores más duros de ella— y anuncia nuevas consagraciones episcopales sin mandato pontificio, como si el drama del '88 fuera una comedia que merece secuela. ¿Salvación de almas? ¿Estado de extrema necesidad? No me vengan con eso. Lo que se juega ahí es el orgullo propio y la certeza de tener siempre la razón contra el Vicario de Cristo. Lo demás es retórica.
La misión salvífica de la Iglesia no depende de ustedes ni de mí, ni de la estética litúrgica que más nos conmueva, ni del grado de dureza con que se predique contra el pecado. Depende de la promesa infalible de Cristo: “las puertas del infierno no prevalecerán”. Y esa promesa no trae asterisco que diga “salvo que aparezca un Concilio que no les guste”.
¿De verdad creen que Dios, que ha conducido a su Iglesia a través de papas pecadores, cismas orientales, antipapas, Renacimientos paganos, revoluciones francesa y bolchevique, pontificados desastrosos y herejías que parecían invencibles… ha decidido justamente ahora, en el siglo XX y XXI, abandonar su promesa y dejar que la barca se hunda porque unos obispos se juntaron en el Vaticano y escribieron textos que les parecen ambiguos?
¿Tan poca fe tienen en los caminos de Dios?
La Iglesia postconciliar bautiza millones, confirma millones, ordena sacerdotes (aunque no tantos como quisiéramos), consagra vírgenes, entierra a los difuntos con esperanza cristiana, reconcilia pecadores en el confesionario, lleva la Eucaristía a los moribundos, sostiene misiones en los lugares más perdidos del planeta. ¿Eso no es misión salvífica? ¿O solo es salvífica la que se hace con sotana hasta los pies, latín exclusivo y cero diálogo con el mundo?
Quien reduce la salvación de las almas a un estilo, a una forma ritual, a una determinada temperatura doctrinal, está haciendo exactamente lo que hacían los fariseos: poner la tradición de los hombres por encima del mandato divino. Y el mandato divino es claro: “Apacienta mis ovejas”. No dice “apacienta mis ovejas pero solo con la liturgia que a vos te gusta y solo si el Papa piensa como vos”.
Los que desde la FSSPX juegan con fuego cismático —y en 2026 siguen amenazando con nuevas consagraciones ilícitas— no están defendiendo la Tradición; están añadiendo una tradición nueva: la del católico que se cree con derecho a decidir cuándo el sucesor de Pedro ya no es confiable y, por tanto, puede desobedecerle de manera estructural. Eso no es tradición; eso es protestantismo con encaje de bolillos y misal del '62.
Dios no necesita nuestras estructuras paralelas para salvar almas. Las necesita para nuestra soberbia. Y justamente por eso las permite: para que se vea quién ama de verdad a la Iglesia y quién ama más su propia idea de lo que debería ser la Iglesia.
Dejen de juzgar a la Esposa. Ámenla, sufran por ella, recen por ella, corran el riesgo de parecer ingenuos por quedarse en la barca aunque el viento sople fuerte y algunos reman en dirección contraria. Pero no se bajen de la barca para armar una balsa propia y llamarla “la verdadera Iglesia”.
Porque al final, cuando comparezcamos ante el Juez, no nos va a preguntar si fuimos capaces de detectar todas las ambigüedades del posconcilio, sino si permanecimos en la comunión visible de la Iglesia que Él fundó, aunque no nos gustara del todo el modo en que la gobernaban sus vicarios.
“Quien escucha a ustedes, me escucha a mí”. Palabras de Cristo, no mías. Y siguen vigentes, aunque algunos prefieran ponerles fecha de caducidad.
Que la Virgen, Madre de la Iglesia, nos alcance humildad para no creernos más católicos que el Papa, y fortaleza para quedarnos en su barca aunque dé bandazos.
En el Corazón de Jesús.

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