Jerarquías del victimismo

 


¿Por qué Argentina hizo bien en rechazar la declaración de la trata de esclavos africanos como “el crimen más grave de la humanidad”

La semana pasada, en la Asamblea General de la ONU, Ghana y el bloque africano impulsaron una resolución que buscaba consagrar la trata transatlántica de esclavos africanos como el crimen de lesa humanidad más grave de toda la historia. El texto no se limitaba a condenar la esclavitud, algo que nadie en su sano juicio defiende: iba mucho más allá. Ratificaba que sus “efectos persistentes” explican hoy el racismo estructural, el subdesarrollo y las desigualdades socioeconómicas de millones de afrodescendientes. Pedía reparaciones integrales, la devolución inmediata y gratuita de bienes culturales y, por supuesto, el reconocimiento jurídico de que este fue el delito supremo. Resultado: 123 votos a favor, 52 abstenciones y tres valientes en contra: Argentina, Estados Unidos e Israel.

Nuestro país, representado por el diplomático Francisco Tropepi y respaldado desde Cancillería por el canciller Pablo Quirno, votó en contra con claridad meridiana: “El texto no estuvo abierto a ninguna modificación. La Argentina está en contra de calificar a la esclavitud como el delito de lesa humanidad más grave de la historia, dejando otros por fuera”. Y el propio Quirno remató: “No hay esclavitudes ‘peores’ y otras tolerables. Basta de narrativa woke”. Exacto. Esto no es un debate sobre historia antigua; es un ejercicio de victimismo puro, de esos que tanto criticamos en nuestro blog cuando se trata de la memoria selectiva del pasado. Un relato que jerarquiza culpas según la conveniencia ideológica del momento.

Y aquí viene la pregunta incómoda que nadie en la ONU se atreve a formular: ¿cómo diablos se mide la competencia por el mayor crimen contra la humanidad? ¿Por el número de muertos? ¿Por la crueldad de los métodos? ¿Por la duración del horror? ¿Por la intencionalidad genocida? Porque si aplicamos cualquier criterio mínimamente objetivo, la trata transatlántica —por más abominable que haya sido— no gana el podio. Las estimaciones históricas más aceptadas hablan de entre 12 y 15 millones de africanos transportados a América entre los siglos XVI y XIX, con unas 1,5 a 2 millones de muertes durante la travesía. Una tragedia inmensa, sin atenuantes. Pero comparemos con frialdad de números y sin complejos ideológicos.

En el siglo XX, los regímenes totalitarios y antidemocráticos —esos que la izquierda académica tanto romantiza o silencia— produjeron una carnicería que hace palidecer cualquier cifra anterior. El Libro Negro del Comunismo documenta alrededor de 100 millones de muertos por hambre, ejecuciones, gulags, campos de reeducación y hambrunas inducidas. Mao solo en China: entre 40 y 70 millones. Stalin: más de 20 millones. Pol Pot, Castro, Kim Il-sung y compañía suman decenas de millones más. Todo en nombre de la “igualdad” y el “progreso”. El Holocausto nazi, con sus 6 millones de judíos y millones de otras víctimas, fue un horror planificado con eficiencia industrial. ¿Y la trata árabe-musulmana de esclavos africanos, que duró más de mil años y se estima en 17 millones de víctimas, con castraciones masivas y mortalidad brutal? ¿O la esclavitud endógena en África, practicada por reyes y tribus locales mucho antes de que llegara el blanco?

Caraduras los que ajustan esta declaración exclusivamente a la trata transatlántica. Será para camuflar el hecho de que la esclavitud es un mal de todos los tiempos y geografías, incluyendo África misma, donde negros esclavizaban a negros desde mucho antes de la llegada de los europeos, y donde reyes africanos fueron los principales proveedores de esclavos para los mercados atlánticos y árabes. Esa parte incómoda de la historia nunca aparece en las resoluciones de la ONU. Se borra convenientemente porque rompe el relato maniqueo de opresores blancos versus víctimas eternas negras.

El victimismo puro funciona así: se elige una víctima “buena” (el africano esclavizado por europeos), se infla su sufrimiento hasta convertirlo en categoría ontológica y se ignora todo lo demás. La ONU no quiere una historia completa; quiere una jerarquía de culpas que sirva para pedir plata, exigir devolución de arte y mantener viva la culpa eterna del Occidente “colonial”.

¿De qué sirve esta medida? De muy poco para la verdad histórica y de mucho para la agenda política. Sirve para justificar reparaciones millonarias (¿quién paga? ¿Los descendientes de europeos que nunca tuvieron esclavos? ¿Los países africanos que vendían a sus propios hermanos a los negreros?). Sirve para alimentar el resentimiento identitario que tanto daño hace en África actual, donde los verdaderos problemas —corrupción, guerras tribales, dictaduras socialistas— se ocultan detrás del “trauma histórico”. Sirve para que la izquierda global siga dividiendo a la humanidad entre opresores eternos y víctimas eternas, en lugar de promover libertad, mérito y reconciliación. Y sirve, sobre todo, para distraer la mirada de los crímenes que sí son recientes y evitables: los totalitarismos del siglo XX que mataron en nombre de la “liberación” y que, curiosamente, nunca reciben el título de “el peor de todos”.

Argentina, bajo la presidencia de Javier Milei, volvió a hacer lo correcto: no entrar en ese juego. No aceptar que la historia se convierta en un campeonato de victimismo donde gana quien grita más fuerte o quien tiene mejor lobby en Nueva York. La esclavitud fue un horror, como lo fueron el comunismo, el nazismo, las dictaduras militares y tantas otras barbaries humanas. La única respuesta adulta no es elegir un “ganador” del podio del mal, sino exigir memoria completa en todos los casos. Verdad sin atenuantes. Justicia sin ideología. Y, sobre todo, el rechazo rotundo a quienes quieren convertir el pasado en herramienta de poder presente.

Porque si empezamos a rankear crímenes según la conveniencia woke de turno, terminamos negando la única verdad que importa: la naturaleza humana es capaz de lo peor bajo cualquier bandera. Y la única forma de superarlo es mirar todo el horror de frente, sin favoritismos. Gracias, Argentina, por no bajarle la cabeza al nuevo dogma. El resto del mundo puede seguir jugando al campeonato de las víctimas. Nosotros preferimos la historia real.

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