René Favaloro: el profeta que Argentina no quiso escuchar


Cuando Gerónimo Favarolo y Rosa Lazzaro pisaron tierra argentina a mediados del siglo XIX, formaban parte de esa inmensa marea de italianos que llegaban con un arcón de sueños y poco más. Huían de miserias antiguas, de tierras exhaustas y de un porvenir que en Europa se les cerraba. Traían las manos callosas, el corazón lleno de esperanza y esa tenacidad de quien sabe que el Nuevo Mundo no regala nada.

Sus hijos —tres, según los registros que hemos podido reconstruir— se casaron, como era natural entonces, con hijos e hijas de otros inmigrantes recientes. Compartían la misma nostalgia, las mismas penurias, el mismo acento entrecortado y la misma fe en que el trabajo duro podía redimir el destierro. En aquellos primeros años, la vida fue dura, áspera, a veces cruel. Y sin embargo, de ese humus de sacrificios anónimos brotó, una generación después, uno de los mayores genios de la medicina contemporánea.

René Gerónimo Favaloro, nieto de aquellos inmigrantes, se convirtió en un gigante. En la Cleveland Clinic dio sus primeros pasos decisivos, perfeccionó la técnica del bypass coronario y abrió un camino sin retorno que ha salvado millones de vidas en todo el mundo. Volvió a la Argentina con el fuego del que quiere devolverle a su patria lo que ella le había dado. Traía no solo conocimiento técnico, sino una visión humanista de la medicina, un proyecto civilizatorio.

Y aquí se cumplió, de manera trágica y previsible, el viejo adagio: nadie es profeta en su tierra. El país que tanto amaba no supo —o no quiso— darle el marco que merecía. Las dificultades económicas, la burocracia, la indiferencia y la mezquindad institucional terminaron ahogándolo. En julio de 2000, René Favaloro decidió poner fin a su vida con un disparo. Soltero, sin descendencia, se fue como llegó al mundo: solo ante su conciencia. Su muerte fue un grito silencioso, un reproche vivo a una Argentina que devora a sus mejores hijos y luego los llora con hipocresía.

Un primo hermano suyo, sin embargo, se emparentó con Beatriz Elsa Fernández Cruz Molina, mujer de profundas raíces criollas, tejidas a lo largo de muchas generaciones en esta tierra. Gracias a esa unión, mi amigo Diego Zigiotto pudo “enganchar” la rama de los Favaloro a nuestra base de datos de Genealogía Familiar y rendirle el homenaje que merece: incluirlo entre nuestros “destacados”. No es desagravio completo, pero sí un pequeño acto de justicia de la memoria.

Que René Favaloro descanse en paz. Que el Señor, en su infinita misericordia, le haya concedido el descanso y la gloria que este mundo ingrato le negó. Porque los verdaderos profetas, aunque sean rechazados por los suyos, dejan una huella que el tiempo no borra. Y su obra —ese camino abierto para salvar corazones— sigue latiendo en millones de pechos alrededor del planeta, como testimonio vivo de que la grandeza argentina no fue un sueño vano, aunque la Patria, tantas veces, haya preferido ser sorda.

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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