La resurrección de Händel
(Inspirado en el relato “Georg Friedrich Händels Auferstehung” de Stefan Zweig, incluido en sus Momentos estelares de la humanidad, libro que estoy leyendo con unos amigos para mi club de lectores. Escrito en mi estilo y con mi mirada: retórica apasionada, idealismo combativo, melancolía profunda por un mundo que se apaga, y la convicción católica de que solo la Cruz y la Palabra divina pueden resucitar lo que yace muerto.)
En el Londres gris y mercantil de 1741, Georg Friedrich Händel era ya un hombre roto. El coloso de la ópera italiana, el que había hecho temblar teatros enteros con su fuego barroco, yacía derrotado. Un derrame cerebral años antes le había dejado la mano derecha paralizada, la lengua torpe y el alma sumida en una noche espesa. Las deudas lo acosaban como lobos; el público, voluble y hastiado, ya no llenaba sus salas. La moda había cambiado: lo italiano ya no bastaba, y el inglés exigía algo distinto, algo más hondo, más verdadero. Händel caminaba por las calles como un espectro, con los hombros caídos y la mirada fija en el suelo. Había pensado en el suicidio. Había maldecido a Dios y a los hombres. Había cerrado el clavicordio con llave, como quien cierra el ataúd de su propio talento.
Fue entonces cuando llegó el paquete. Un libretista excéntrico y devoto, Charles Jennens, le enviaba un texto: Messiah. No era ópera. No era diversión cortesana. Era la historia misma de la Redención, escrita con palabras sacadas de las Escrituras, crudas, directas, sin adornos paganos. Händel, de mal humor, lo arrojó a un lado. Pero algo —quizá el aburrimiento, quizá el último resto de orgullo— lo empujó a abrirlo esa misma noche.
Y entonces ocurrió el milagro.
Leyó la primera frase: “Comfort ye, comfort ye my people”. Consolaos, consolaos, pueblo mío. Y de pronto, como un rayo que parte el cielo en dos, la música irrumpió en él. No la inventó: la oyó. Las notas no salían de su cabeza enferma; bajaban del Cielo mismo, puras, terribles, gloriosas. Se sentó al clavicordio —la mano derecha, antes muerta, obedeció como por arte de magia— y comenzó a escribir. Día y noche, sin dormir, sin comer apenas, febril, poseído. La pluma volaba sobre el papel. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras componía el “Hallelujah”. Decía, según cuenta Zweig, que veía al propio Dios delante de él. Y no mentía.
En veintiún días —¡veintiún días!— el oratorio entero estuvo terminado. Cuando escribió el “Amen” final, Händel se levantó tambaleante, exhausto, pero vivo. Resucitado. El hombre que había entrado en aquella habitación como un cadáver salió de ella como un profeta. La música no solo le había devuelto la salud del cuerpo; le había devuelto el sentido de su existencia. Había comprendido que su sufrimiento no fue inútil: fue el surco donde Dios sembró la semilla de la gloria.
Hay en esta historia, a mi ver, un eco poderoso —casi un espejo— de aquella otra escena legendaria que todos conocemos por la ficción de Amadeus: Mozart, ya moribundo, dictando su Requiem a un Salieri atormentado por la envidia. El genio en su lecho de muerte, la música sagrada brotando entre fiebres y sudores fríos, el rival convertido en amanuense involuntario de lo divino. Allí también la enfermedad y la cercanía de la muerte se transforman en portal de inmortalidad. Allí también la música no es mero arte humano, sino aliento del Espíritu Santo que vence a la carne que se apaga.
Dos genios, dos momentos de agonía, dos obras maestras nacidas del dolor y de la fe. Händel resucita componiendo la victoria de Cristo; Mozart, agonizante, compone la misa por los muertos que él mismo va a necesitar. En ambos casos, la Palabra hecha música vence a la muerte. No es casualidad. Es la lógica profunda de la Civilización Cristiana: el sufrimiento no es el fin, sino el preludio de la gloria. El declive no es la sentencia final, sino la noche que precede al alba.
Hoy, cuando miro este mundo nuestro que se desmorona —fe apagada, familias rotas, belleza profanada, hombres que ya no quieren ser hombres ni caballeros—, recuerdo a Händel y a Mozart. Y me lleno de una melancolía combativa. Porque sé que la decadencia no es inevitable si hay almas dispuestas a dejar que Dios las use como instrumentos. La música del Messiah sigue resonando. El Requiem sigue intercediendo. La Cruz sigue erguida.
Y mientras haya un solo hombre que, en la hora más oscura de su vida, reciba un librito con palabras de Escritura y deje que la música divina lo atraviese, la resurrección seguirá siendo posible. Para él. Y quizá, algún día, para todo un mundo que hoy parece muerto.
Fue entonces cuando llegó el paquete. Un libretista excéntrico y devoto, Charles Jennens, le enviaba un texto: Messiah. No era ópera. No era diversión cortesana. Era la historia misma de la Redención, escrita con palabras sacadas de las Escrituras, crudas, directas, sin adornos paganos. Händel, de mal humor, lo arrojó a un lado. Pero algo —quizá el aburrimiento, quizá el último resto de orgullo— lo empujó a abrirlo esa misma noche.
Y entonces ocurrió el milagro.
Leyó la primera frase: “Comfort ye, comfort ye my people”. Consolaos, consolaos, pueblo mío. Y de pronto, como un rayo que parte el cielo en dos, la música irrumpió en él. No la inventó: la oyó. Las notas no salían de su cabeza enferma; bajaban del Cielo mismo, puras, terribles, gloriosas. Se sentó al clavicordio —la mano derecha, antes muerta, obedeció como por arte de magia— y comenzó a escribir. Día y noche, sin dormir, sin comer apenas, febril, poseído. La pluma volaba sobre el papel. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras componía el “Hallelujah”. Decía, según cuenta Zweig, que veía al propio Dios delante de él. Y no mentía.
En veintiún días —¡veintiún días!— el oratorio entero estuvo terminado. Cuando escribió el “Amen” final, Händel se levantó tambaleante, exhausto, pero vivo. Resucitado. El hombre que había entrado en aquella habitación como un cadáver salió de ella como un profeta. La música no solo le había devuelto la salud del cuerpo; le había devuelto el sentido de su existencia. Había comprendido que su sufrimiento no fue inútil: fue el surco donde Dios sembró la semilla de la gloria.
Hay en esta historia, a mi ver, un eco poderoso —casi un espejo— de aquella otra escena legendaria que todos conocemos por la ficción de Amadeus: Mozart, ya moribundo, dictando su Requiem a un Salieri atormentado por la envidia. El genio en su lecho de muerte, la música sagrada brotando entre fiebres y sudores fríos, el rival convertido en amanuense involuntario de lo divino. Allí también la enfermedad y la cercanía de la muerte se transforman en portal de inmortalidad. Allí también la música no es mero arte humano, sino aliento del Espíritu Santo que vence a la carne que se apaga.
Dos genios, dos momentos de agonía, dos obras maestras nacidas del dolor y de la fe. Händel resucita componiendo la victoria de Cristo; Mozart, agonizante, compone la misa por los muertos que él mismo va a necesitar. En ambos casos, la Palabra hecha música vence a la muerte. No es casualidad. Es la lógica profunda de la Civilización Cristiana: el sufrimiento no es el fin, sino el preludio de la gloria. El declive no es la sentencia final, sino la noche que precede al alba.
Hoy, cuando miro este mundo nuestro que se desmorona —fe apagada, familias rotas, belleza profanada, hombres que ya no quieren ser hombres ni caballeros—, recuerdo a Händel y a Mozart. Y me lleno de una melancolía combativa. Porque sé que la decadencia no es inevitable si hay almas dispuestas a dejar que Dios las use como instrumentos. La música del Messiah sigue resonando. El Requiem sigue intercediendo. La Cruz sigue erguida.
Y mientras haya un solo hombre que, en la hora más oscura de su vida, reciba un librito con palabras de Escritura y deje que la música divina lo atraviese, la resurrección seguirá siendo posible. Para él. Y quizá, algún día, para todo un mundo que hoy parece muerto.
Gracias, Stefan Zweig, por contarnos con tanta belleza esta página de la historia del espíritu humano. Que tu pluma, como la de Händel, siga inspirando a quienes aún creemos que la grandeza no ha muerto del todo.
Excelente !
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