Frritt-Flacc

 


Julio Verne, el visionario francés que nos regaló las grandes epopeyas de la aventura y la ciencia —desde el viaje al centro de la Tierra hasta la vuelta al mundo en ochenta días—, no se limitó a celebrar el progreso técnico y el espíritu humano indomable. En sus relatos más oscuros, como este breve pero demoledor "Frritt-Flacc (1884), desnuda con crudeza las miserias del alma cuando el egoísmo y la codicia la dominan. Es un Verne menos conocido, casi goyesco, que deja de lado los globos y los submarinos para hundirse en lo siniestro del corazón humano.

El cuento transcurre en el ficticio y tormentoso pueblecito de Luktrop, en una noche infernal donde el viento aúlla ¡Frritt! y la lluvia azota ¡Flacc! como latigazos divinos. Allí vive el doctor Trifulgas, un médico avaro, frío y calculador que ha hecho de su profesión un negocio despiadado: no mueve un dedo por un enfermo si no ve primero el brillo del oro. Solo atiende a los ricos; los pobres pueden morirse en paz.

En plena tempestad llega a su puerta una joven desesperada, enviada por su padre moribundo —un humilde panadero llamado Vort Kartif—, suplicando que el doctor acuda de inmediato. Trifulgas regatea, se resiste, vuelve a la cama varias veces, exige 120 fretzers por adelantado y solo cede cuando oye el tintineo de las monedas. Con desgana, se pone en camino bajo la lluvia torrencial.

Al llegar a la miserable choza, penetra en la penumbra y se acerca al lecho del agonizante. Levanta la lámpara... y el horror lo paraliza: el rostro que agoniza sobre la almohada es el suyo propio. Se ve a sí mismo convulsionado por una apoplejía cerebral, con los ojos vidriosos, la boca torcida, el cuerpo ya sin fuerzas. Intenta salvarse —se practica sangrías, se administra remedios—, pero es tarde. Sus propias manos, las que tantas veces negaron auxilio por avaricia, ahora no pueden hacer nada por él. Muere entre estertores, solo, en la misma cama que rechazó ayudar.

La moraleja que nos deja este relato es dura y eterna, casi bíblica en su justicia poética: quien vive negando misericordia al prójimo por mezquindad material termina recibiendo la misma indiferencia cuando más la necesita. En un mundo que tiende a mercantilizar incluso la vida y la muerte —donde el valor de una persona se mide por su cuenta bancaria—, Verne nos recuerda que la avaricia no solo empobrece al otro, sino que condena al avaro a la más absoluta soledad. No hay ciencia ni progreso que redima un corazón endurecido; la verdadera catástrofe no es la tormenta exterior, sino la que uno mismo siembra en su interior. Un cuento breve, pero que golpea como un trueno: la caridad no es un lujo, es la única salvación que no se compra con oro.

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

Comentarios

Escritos más populares

De las cadenas a las cadenas: La vida de William Ellison y las sombras de la libertad

El Instituto de Frankfurt: Raíces intelectuales del relativismo y la erosión de Occidente