El toro que se comió la bula

 


En el año del Señor de 1567, San Pío V, ese dominico de mirada de acero y alma de cruzada, lanzó contra las plazas de España la más feroz de sus bulas. La llamó De salute gregis dominici y en ella describió las corridas como “espectáculos vergonzosos y cruentos, propios no de hombres sino de demonios”. Prohibió su celebración bajo pena de excomunión, amenazó con dejar sin sepultura cristiana al torero que muriera en el coso y ordenó a los clérigos que ni siquiera se asomaran al tendido.

Roma, desde su altura marmórea, había decidido que la sangre del toro ofendía al Cordero de Dios.

Pero en España el toro no leyó la bula.

Allí, bajo el sol implacable de Sevilla, de Ronda o de Pamplona, seguía levantándose la plaza como un templo pagano-cristiano. El polvo dorado se elevaba en remolinos cuando el toro negro, pesado de furia y de destino, salía al ruedo. Sangre caliente corría por sus ijadas, brillando como rubíes bajo la luz. Frente a él, el torero, vestido de oro y seda, ligero como un arcángel caído, jugaba con la muerte y la belleza en un solo movimiento. Capote, muleta, estoque. Un ballet mortal donde el hombre, frágil y soberbio, medía su coraje contra la fuerza bruta de la creación.

Y el pueblo, ese pueblo católico y antiguo, aplaudía, gritaba, lloraba y rezaba. Porque en esa danza sangrienta veían algo más que crueldad: veían el drama mismo de la existencia. La lucha entre el orden y el caos, entre la inteligencia y la naturaleza indomable, entre la gracia y la fatalidad. Veían, sin saberlo, un eco lejano de la Cruz: sangre derramada, valor, sacrificio y gloria.

Desde las islas húmedas y frías del norte, los anglosajones miraban todo esto con horror protestante. Para ellos, aquella fiesta era pura barbarie católica: sangre, ídolos, superstición y gozo pagano. “¡Crueldad!”, gritaban, mientras en sus colonias exterminaban bisontes a millones y convertían a los indios en esclavos con la bendición de su Biblia puritana. Pero eso, claro, era “progreso”. La sangre del toro en la plaza, en cambio, era intolerable.

Felipe II, el Rey Católico, prudente en todo menos en esto, miró la bula romana, miró a su pueblo y decidió, con esa astucia regia que lo definía, que España no iba a dejarse capar por decreto pontificio. No desobedeció ruidosamente. Simplemente dejó que la vida siguiera su curso. Las corridas continuaron. Las fiestas patronales conservaron su alma. Y el toro siguió muriendo con honor, mientras el torero se jugaba la vida por un momento de eternidad.

Los papas siguientes, con esa flexibilidad romana que a veces parece sabiduría y otras pura resignación, fueron limando, suavizando, olvidando. Gregorio XIII levantó la excomunión para los laicos. Clemente VIII aflojó todavía más. Y así, poco a poco, la bula de hierro de San Pío V se convirtió en un bello pergamino antiguo, guardado en archivos, mientras en las plazas de España el polvo seguía subiendo al cielo mezclado con el olor a sudor, a vino y a gloria.

Porque el toro español, ese animal negro y bravo, tenía más fuerza que una bula. Porque el pueblo español, católico hasta la médula, sabía que Dios no se ofende cuando el hombre celebra con arte su propia mortalidad. Porque la Tradición viva siempre termina siendo más poderosa que la letra escrita desde lejos.

Hoy, cuando algunos modernos —dentro y fuera de la Iglesia— vuelven a arrugar la nariz ante la sangre y el oro, conviene recordar esta pequeña epopeya. San Pío V quiso salvar el alma de España prohibiendo la plaza. España, con humilde tozudez, salvó su alma conservando la plaza.

Y el toro, sangriento y majestuoso, sigue saliendo al ruedo. El torero, dorado y efímero, sigue dibujando la belleza con la muerte. El polvo sigue subiendo al cielo como incienso pagano-cristiano.

Y Roma, discretamente, aprendió a callar.

¡Olé!

Comentarios

Escritos más populares

¡Bienvenido!

Del Vaticano II a la guerrilla

Refutación del artículo de Noticias ONU

Rápido: ¿Qué querés leer ahora?

Elige tu tema o búsqueda actual (posts del archivo, anteriores a noviembre 2025):