El día que vi por primera vez: Memorias del ciego de Siloé
Mi nombre no importa mucho; en los Evangelios me llaman simplemente "el ciego de nacimiento". Pero hoy, pasados ya más de veinticinco años desde aquel sábado que transformó mi existencia, escribo estas líneas como discípulo fiel de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Lo hago desde una humilde casa en las afueras de Jerusalén, cerca de Betania, donde nos reunimos los creyentes para partir el pan, orar y recordar sus palabras y obras. Mi vista física, ese don inmerecido, sigue intacta; pero la luz que entró en mi alma aquel día brilla aún con más fuerza. Escribo para que quien lea pueda sentir en el pecho el mismo asombro que yo sentí: que la oscuridad más profunda puede convertirse en luz eterna si uno se acerca al Verdadero Enviado.
Nací ciego en una aldea pobre al sur de la Ciudad de David, en los tiempos de Herodes el Grande y luego bajo el yugo romano. Jerusalén entonces era una ciudad de contrastes abrumadores: al norte y oeste, la Ciudad Alta con sus mansiones de piedra blanca, calles anchas pavimentadas con losas romanas, fuentes y jardines donde vivían los saduceos ricos, los sacerdotes principales y los funcionarios de Herodes. Allí las casas tenían patios con columnas, mosaicos y cisternas privadas. Al sur y este, la Ciudad Baja —donde yo crecí— era un laberinto de callejuelas estrechas, empinadas y sinuosas, casas de adobe y piedra tosca apiñadas unas contra otras, con techos planos de ramas y barro donde las familias dormían en verano. El aire olía a humo de hornos, a estiércol de burros, a pan recién horneado y al incienso que subía del Templo. El Templo mismo, reconstruido y embellecido por Herodes, dominaba todo: una montaña artificial de mármol blanco y oro que relucía bajo el sol, visible desde leguas, con sus murallas imponentes, sus pórticos y sus patios escalonados donde miles de peregrinos subían en las fiestas.
Mis padres, judíos devotos pero de pocos recursos, me criaron con ternura. Mi padre era un jornalero que trabajaba en las canteras o en los olivares; mi madre hilaba lana y vendía telas burdas en el mercado. Vestían como la mayoría: túnicas de lino o lana cruda en tonos beige, marrón o gris opaco, ceñidas con un cinturón de cuerda o tela, sandalias de cuero gastado en los pies. Sobre la túnica interior llevaban un manto cuadrado o rectangular con un agujero para la cabeza, que servía de abrigo y manta por la noche. Los fariseos se distinguían: sus túnicas eran más limpias, a veces de lino fino, con flecos largos (tzitzit) en las esquinas como mandaba la Ley, y algunos llevaban filacterias (cajitas de cuero con versos de la Torá) bien visibles en la frente o el brazo, más anchas que las de otros, para mostrar su piedad. Caminaban con paso medido, hablando alto de la Ley, rodeados de discípulos.
Desde niño mendigaba junto a una de las puertas de la ciudad o en el atrio de los gentiles del Templo, donde los devotos daban limosna por mérito. El polvo de las calles me cubría; oía el bullicio constante: vendedores gritando "¡Aceite! ¡Higos! ¡Corderos sin tacha!", el balido de animales rumbo al sacrificio, el rumor de sandalias y bastones, las conversaciones en arameo y algo de griego. Nunca vi el sol poniente tiñendo de oro el Monte de los Olivos ni los rostros arrugados de mis padres. Mi mundo era oscuridad, sonidos y olores
En nuestra tradición, la ceguera y otras discapacidades se veían como señal de maldición divina, un castigo por algún pecado —propio o de los padres—. Desde pequeño oí los susurros: "Seguro que sus padres ofendieron a Dios", o "Algo malo hizo en el vientre". La gente evitaba tocarme por temor a contaminarse; me dejaban monedas desde lejos, como a un leproso. Era un estigma pesado: no solo la pobreza, sino la idea de que yo era impuro, indigno, marcado por el cielo. Por eso, cuando oí la pregunta de los discípulos de aquel rabí —"¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?"—, sentí otra vez la acusación que me había acompañado toda la vida, como un peso en el pecho.
Pero la voz de aquel hombre —Jesús de Nazaret— era distinta. La reconocí porque había oído hablar de Él en las calles y en el Templo: el galileo que sanaba enfermos, expulsaba demonios, hablaba con autoridad como nadie. Su voz era serena, profunda, con un acento suave del norte, pero cargada de una certeza que hacía callar el bullicio. Respondió con calma: "Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".
Sentí cómo escupía en el suelo, mezcló la saliva con tierra, hizo barro y me lo untó en los ojos. Barro en los ojos de un ciego: absurdo, humillante, pero obedecí cuando dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé". Siloé era una gran piscina trapezoidal al sur de la Ciudad de David, excavada en la roca, con tres series de cinco escalones en los lados que bajaban al agua. Medía más de 60 metros de ancho en su parte más amplia; el agua fresca llegaba por el túnel de Ezequías desde el manantial de Gihón, en el valle del Cedrón. Era lugar de purificación para peregrinos antes de subir al Templo; allí se reunían multitudes en las fiestas, lavándose para estar ritualmente limpios.
Caminé tanteando las callejuelas empinadas que bajaban hacia el sur, con el barro húmedo pegado a los párpados. Tropecé dos o tres veces con piedras sueltas o bordes irregulares; en una ocasión caí de rodillas, raspándome las manos. Nadie me ayudó: el estigma era tal que la gente se apartaba, murmurando "impuro" o "maldito". Seguí solo, guiándome por el eco de mis pasos y el olor a agua fresca que se hacía más fuerte. Me incliné en los escalones, me lavé... y la luz irrumpió: colores vivos, el azul del cielo, las piedras grises, los rostros asombrados de la gente. Vi por primera vez. Lloré, reí, toqué mi propia cara como si no creyera.
Al volver, los vecinos murmuraban: "¿No es el que mendigaba?". Unos decían sí, otros no; yo repetía: "Soy yo". Conté todo. Me llevaron ante los fariseos. Ellos, con sus túnicas bordadas, flecos largos y filacterias prominentes, fruncieron el ceño: era sábado, y amasar barro era "trabajo" prohibido. Me interrogaron una y otra vez. Respondí lo mismo. Llamaron a mis padres, que temblaban de miedo —los líderes ya expulsaban de la sinagoga a quien confesara a Jesús como Mesías—. Dijeron: "Es nuestro hijo, nació ciego; cómo ve ahora, no sabemos; pregúntenle a él". Me llamaron de nuevo: "Da gloria a Dios; ese hombre es pecador". Yo: "Si es pecador, no sé; una cosa sé: era ciego y ahora veo". "¿Qué te hizo?". "Ya se lo dije; ¿quieren ser también sus discípulos?". Se airaron: "Tú naciste en pecados, ¿y nos enseñas?". Me expulsaron.
Después de ser echado fuera —excomulgado, apartado de la comunidad, sin poder entrar al Templo ni reunirme en la sinagoga—, me dirigía de vuelta a casa, cabizbajo, por las mismas callejuelas, sintiendo el peso del rechazo. Pero ahora... ahora veía. ¡Y qué diferencia! Durante toda mi vida, aquellas callejuelas habían sido un mapa de sonidos y tacto: el eco rebotando en las paredes estrechas, el roce de mi bastón contra las piedras irregulares, el olor a humo y a pan que salía de las puertas bajas, el calor del sol en mi piel que me indicaba la hora del día. Sabía exactamente dónde girar por el cambio en el eco, dónde bajar un escalón por el desnivel en el suelo. Eran familiares, predecibles, casi reconfortantes en su monotonía.
Pero ahora, al levantar la vista, todo era abrumadoramente nuevo y vivo. Las paredes de adobe y piedra tosca que antes solo tocaba o oía, ahora se alzaban ante mí en tonos terrosos, grises y ocres, con grietas y musgo que nunca imaginé. El cielo —¡el cielo!— era un azul inmenso, infinito, que me hacía sentir pequeño y al mismo tiempo parte de algo grandioso. El sol no era solo calor en la cara: era luz dorada que danzaba en las piedras, que hacía brillar el polvo en el aire como partículas de oro. Las personas... ¡las personas! Rostros que antes eran solo voces —amables, indiferentes o crueles— ahora tenían ojos, narices, bocas que se movían al hablar. Vi sonrisas, ceños fruncidos, miradas de asombro. Vi niños corriendo, con túnicas cortas y pies descalzos, levantando polvo que antes solo sentía en mis tobillos. Vi mujeres con cántaros en la cabeza, hombres cargando cestas, burros con alforjas. Todo se movía, todo respiraba, todo era tridimensional y profundo, no plano como mis recuerdos auditivos.
Al principio fue casi demasiado: los colores vibrantes me herían los ojos, las formas cambiaban al moverme, como si el mundo se inclinara y se enderezara. Un muro que conocía por su textura áspera ahora era una pared alta con sombras y relieves que parecían saltar hacia mí. Una voz conocida de vecino gritó mi nombre, y al girar vi su cara —arrugada, con barba canosa— y por primera vez asocié esa voz con ese rostro. Era como si mis oídos y mi tacto hubieran construido un mundo seguro y ordenado, y ahora la vista lo rompía todo en mil pedazos brillantes, caóticos, hermosos. Lloré de nuevo, no solo de alegría, sino de sobrecogimiento: el mundo que había habitado por sonido era real, pero este mundo visible era infinitamente más rico, más lleno de la gloria de Dios. Sentí gratitud inmensa, pero también un vértigo: ¿cómo había vivido sin esto? ¿Cómo podía la gente ver todo esto y no caer de rodillas ante el Creador?
Fue entonces cuando Jesús me encontró, probablemente en una de esas calles cercanas al Templo o en el barrio bajo donde vivía. Oyó lo que me habían hecho. Me preguntó: "¿Crees en el Hijo del Hombre?". "¿Quién es, Señor?". "Lo has visto; el que habla contigo, ése es". "Creo, Señor". Lo adoré. La luz interior se completó.
Durante la Pasión, años después, estuve en Jerusalén. Vi la multitud en las calles; oí los gritos "¡Crucifícalo!". Estuve cerca del pretorio —el palacio de Herodes en la parte occidental de la ciudad, donde Pilato residía en las fiestas grandes—. Reconocí a algunos fariseos y saduceos que me habían interrogado: sus túnicas, sus posturas altivas. Los vi en el gentío, discutiendo con Pilato o entre ellos. No me acercaron; yo era un testigo olvidado, pero mi corazón ardía. Cuando crucificaron al Maestro en el Gólgota, estuve entre los que miraban desde lejos. Vi la cruz, oí sus palabras. Lloré como nunca.
Conversé después con algunos apóstoles —con Pedro, con Juan— sobre lo que había pasado. Ellos me confirmaron lo que yo sentía: que mi ceguera era como la del mundo entero, envuelto en tinieblas por el pecado; que Jesús, con barro de la tierra y su saliva divina —como al crear al hombre en el Génesis—, me recreó; que el lavado en Siloé era como un bautismo, obedecer al Enviado y recibir la luz. No era solo vista física: era fe, conversión. Los que decían "vemos" quedaron ciegos en su orgullo; yo, que era ciego, vi y creí.
Hoy, viejo y agradecido, sigo siendo testigo. Jesús no vino a condenar, sino a salvar. Vino para que los que no ven, vean; y para que los que creen ver, reconozcan su ceguera y pidan misericordia. Si lees esto y sientes un fuego en el alma, no temas: ve a Él. Di como yo: "Creo, Señor". Y verás. Verás de verdad la gloria de Dios.
Que la Luz del mundo ilumine tu camino, como iluminó el mío junto a Siloé. Amén.
por Alfonso Beccar Varela y Grok
Ilustración: La curación del ciego o Cristo curando a un ciego de nacimiento es una pintura realizada por Doménikos Theotocópuli, conocido como el Greco.
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