Del Vaticano II a la guerrilla
El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y la formación de la izquierda peronista en Argentina
La influencia de los Sacerdotes del Tercer Mundo (MSTM) constituyó un punto de inflexión en la izquierda latinoamericana y, con particular gravedad, en la Argentina. El movimiento surgió en Argentina a fines de 1967, cuando 270 sacerdotes firmaron una carta de adhesión al Manifiesto de los 18 obispos del Tercer Mundo, redactado el 15 de agosto de 1967 por prelados como Hélder Câmara, sin participación argentina. Ese documento, que denunciaba la “violencia institucionalizada” del sistema capitalista, reivindicaba un “socialismo” más cercano al Evangelio que el capitalismo y llamaba a cambios estructurales profundos, se convirtió en el acta fundacional del MSTM. El primer encuentro nacional se realizó en Córdoba los días 1 y 2 de mayo de 1968, con representantes de 13 diócesis; allí se formalizó la organización y se envió una carta a los obispos reunidos en Medellín. El movimiento llegó a reunir entre 400 y 524 sacerdotes —alrededor del 9 % del clero argentino total—, con una estructura de responsable general (Miguel Ramondetti fue el principal coordinador), secretariado nacional, coordinadores regionales y boletín interno Enlace (1968-1973).
Esta deriva no puede entenderse sin su vínculo directo con el Concilio Vaticano II (1962-1965). El Concilio, a través de la constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, promovió la apertura al mundo moderno y el diálogo con las realidades sociales. La encíclica Populorum Progressio (1967) de Pablo VI profundizó esa línea al criticar el “imperialismo del dinero” y el subdesarrollo. En América Latina, la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) aplicó esas orientaciones de forma regional, consagrando la “opción por los pobres” y denunciando las “estructuras de pecado”. Los sacerdotes del MSTM se presentaron como fieles ejecutores de ese espíritu conciliar: reinterpretaron el Evangelio en clave de lucha contra las “estructuras opresoras” y convirtieron la fe en un llamado a la transformación socialista de la sociedad. Lo que para algunos fue una legítima actualización pastoral, resultó en una lectura selectiva que confundió el Reino de Dios con el reino político terrenal, sustituyendo la caridad cristiana por la praxis revolucionaria.
En el plano regional, el MSTM actuó como vanguardia organizada antes de la publicación del libro fundacional de Gustavo Gutiérrez (Teología de la Liberación, 1971). Inspirados en el sacerdote colombiano Camilo Torres —integrado a la guerrilla del ELN y muerto en combate en 1966—, promovieron la idea de que el cristianismo auténtico exigía compromiso activo con los procesos de liberación nacional. Su influencia se extendió a través de la revista Cristianismo y Revolución y contactos con grupos como Cristianos por el Socialismo en Chile. Aportaron una legitimación religiosa al socialismo que permitió a la izquierda revolucionaria presentarse con un barniz espiritual, aunque en Argentina esta corriente adquirió un sello propio al fusionarse con el peronismo.
En nuestro país, el MSTM se identificó cada vez más con el peronismo como “encuadre político de la clase obrera”. En el segundo encuentro nacional (Colonia Caroya, Córdoba, 1-3 de mayo de 1969), con 80 sacerdotes de 27 diócesis, se elaboraron documentos clave como “Política y Pastoral” y “Coincidencias Básicas”, que rechazaron formalmente el sistema capitalista y el imperialismo. El tercer encuentro (Santa Fe, 1-2 de mayo de 1970), con 117 sacerdotes de 25 diócesis, produjo el “Documento de Santa Fe”, que expresó explícitamente el apoyo al peronismo como “antecedente revolucionario del pueblo argentino” y camino posible hacia un “socialismo original latinoamericano”, incluyendo la socialización de los medios de producción, del poder económico, político y cultural. Sacerdotes como Miguel Ramondetti, Carlos Mugica —fundador de los curas villeros—, Rubén Dri, Alberto Carbone y otros intensificaron su labor en villas miseria, barrios obreros y sindicatos. Apoyaron el Cordobazo de 1969, repudiaron iniciativas como la consagración del país a la Virgen por Onganía y vieron en Perón —aún exiliado— al líder de la “liberación nacional”. En 1972, un grupo de unos 70 curas se reunió con Perón en Gaspar Campos y reafirmó su compromiso con el peronismo como vía de liberación.
Esta orientación radicalizó a miles de jóvenes formados en la Juventud Estudiantil Católica (JEC). Militantes como Mario Firmenich, Carlos Ramus y Fernando Abal Medina transitaron del activismo católico al peronismo revolucionario y, en varios casos, a Montoneros. Aunque la mayoría de los sacerdotes no empuñaron armas, su marco teológico —reforzado por la “Teología del Pueblo” de Lucio Gera— ofreció justificación religiosa a la violencia política de los años 70. La revista Cristianismo y Revolución y los documentos del movimiento circularon entre militantes peronistas y guerrilleros, contribuyendo a convertir sectores de la Iglesia en aliados objetivos de la izquierda revolucionaria.
La presencia de curas y monjas extranjeros amplificó esta tendencia. Sacerdotes europeos, muchos formados en el movimiento de curas obreros francés, trajeron una lectura más clasista e internacional de la “opción por los pobres”. Arturo Paoli, italiano radicado en Argentina desde 1954, influyó con su trabajo en cooperativas y su libro Diálogo de la liberación (1969). Otros franceses y españoles se incorporaron a fábricas y villas del Gran Buenos Aires y Rosario, sirviendo de modelo de “presencia obrera”. Entre las monjas, destacaron las francesas Alice Domon y Renée (Leonie) Duquet, de las Hermanas de las Misiones Extranjeras, secuestradas, torturadas y desaparecidas en diciembre de 1977 mientras acompañaban a familiares de detenidos. Estos religiosos no fueron mayoría numérica, pero actuaron como catalizadores: aportaron contactos con teólogos de la Liberación, bibliografía radical y un ejemplo vivo de encarnación en el mundo del trabajo que sedujo a una generación de militantes.
La jerarquía eclesiástica argentina condenó en varios documentos las derivas políticas del movimiento, pero la fractura ya era irreversible. Entre 1974 y 1983, la violencia se cobró la vida de sacerdotes del MSTM: Carlos Mugica fue asesinado por la Triple A el 11 de mayo de 1974; durante la dictadura iniciada en 1976, al menos 20-21 sacerdotes y religiosos vinculados al tercermundismo fueron asesinados, desaparecidos o torturados, entre ellos las víctimas de la masacre de San Patricio (julio de 1976), donde los represores dejaron la sigla “MSTM” escrita en la escena. El movimiento se disolvió de hecho en 1976.
El legado persiste. El modelo de presencia en villas y la articulación entre fe y “justicia social” se mantiene en los curas villeros contemporáneos, muchos de los cuales se reconocen herederos directos. En el peronismo de izquierda y en sectores del kirchnerismo sigue vigente el discurso que mezcla Evangelio y transformación estructural. Lo que comenzó como una interpretación del Concilio Vaticano II terminó convirtiendo a importantes sectores de la Iglesia argentina en aliados objetivos de la izquierda revolucionaria. La confusión entre salvación eterna y revolución terrenal dejó una huella profunda: división eclesial, radicalización política y un alto costo en vidas y en la unidad de la fe. Esa es la lección incómoda pero necesaria de aquellos años.
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