Los colectivos de Buenos Aires

Un sol tímido se asomaba entre los edificios grises de la avenida Rivadavia, en un Buenos Aires de 1982 que aún olía a pan fresco de las panaderías de barrio y a café de las confiterías abiertas desde el alba. El ruido de la ciudad al despertar era un murmullo caótico pero entrañable: bocinas, motores roncos y el traqueteo de los colectivos que animaban las calles. En medio de ese bullicio, el colectivo de la línea 60, un Mercedes-Benz 1114 pintado de amarillo con techo negro, avanzaba con la dignidad de un viejo caballo de batalla. Su motor rugía con vida propia, y el chofer, Miguel, un hombre de bigotes espesos y camisa celeste con las mangas remangadas, manejaba con la destreza de quien conoce cada adoquín de la ciudad.
Miguel era un porteño de ley, criado en Villa Lugano, donde los chicos jugaban a la pelota en la calle hasta que las madres los llamaban a gritos para la cena. A sus 45 años, sus manos, curtidas por el volante, parecían contar más historias que su edad. Mientras giraba el enorme volante con una mano, con la otra manipulaba la boletera, una máquina plateada que emitía boletos de papel con un sonido metálico, casi musical para los habitués. “Deme hasta Once”, le pedía una señora mayor, Rosa, con su cartera de cuero gastada y un pañuelo atado al cuello. “Son 50 centavos, ¿tiene cambio?”, respondía Miguel, sin despegar los ojos del tráfico. “Ay, no, pero me fía, ¿no? Antes de bajar le pago”, contestaba ella con una sonrisa pícara. Miguel asentía con un guiño; esas deudas de confianza formaban parte del código tácito del colectivo.
El interior del 60 era un mundo en sí mismo, un mosaico de almas porteñas que se cruzaban en ese espacio estrecho de asientos duros y ventanas que se atascaban al abrirlas. El aire estaba cargado del humo de los cigarrillos que fumaban tanto Miguel como varios pasajeros, una costumbre tan arraigada que nadie se quejaba. Desde la radio AM del colectivo sonaba un tango de Troilo, “Sur”, que Miguel tarareaba mientras esquivaba un Fiat 600 que se le cruzó sin aviso. “¡Qué apurado, che!”, murmuró, sin perder la calma; el tráfico de Buenos Aires era un caos que se llevaba con filosofía.
En el fondo del colectivo, apretados como sardinas, viajaban obreros, estudiantes y amas de casa. Algunos se colgaban de la puerta delantera cuando no podían entrar con rapidez, una práctica arriesgada pero habitual en horas pico. “¡Para el fondo que hay lugar!”, gritaba Miguel, y los pasajeros se reían mientras se acomodaban como podían, sin apuro. En los momentos más tranquilos, cuando el colectivo iba casi vacío, aparecían los vendedores ambulantes, algunos verdaderos maestros del suspenso y el marketing. Todavía recuerdo a uno que ofrecía tortugas, asegurando con tono teatral: “¡Directamente traídas de los Estados Unidos del Norte de América! ¡Mírenlas, tóquenlas, pero no me maten la tortuguita!”, mientras los pasajeros lo observábamos atónitos. Más habituales eran los que vendían biromes, cuadernos, tijeras y objetos “útiles tanto para la oficina como para el hogar”. Al pasar junto al chofer, estos vendedores siempre dejaban una pequeña propina, aunque fuera un caramelo, acompañada de una palmada amistosa en la espalda. Esos gestos eran parte de la economía informal que sostenía el día a día.
A la derecha de Miguel, de pie junto al parabrisas, estaba su amigo Juancho, un vecino de Lugano que viajaba gratis y hacía de “copiloto” improvisado. Con su boina ladeada y un mate en la mano, Juancho le contaba las novedades del barrio: “¿Viste que el almacén de Pepe cerró? Una lástima, che”. Miguel asentía, aunque su atención estaba dividida entre la charla y el tráfico. Afuera, los autos circulaban en un desorden que parecía orquestado: un Peugeot 504 tocaba bocina para apurar a un camión de reparto, mientras un grupo de chicos cruzaba corriendo la avenida, ajenos al peligro. En la vereda, una mujer con ruleros en la cabeza regateaba con un verdulero, y un hombre de traje gris apuraba el paso con un portafolios bajo el brazo. Era un Buenos Aires vibrante y ruidoso, donde la ciudad parecía respirarlo todo a la vez.
Dentro del colectivo, las personalidades se entrelazaban como en una obra de teatro callejera. En un asiento junto a la ventana, una estudiante de secundaria, Marta, repasaba sus apuntes de historia mientras mordisqueaba un lápiz. A sus 16 años, soñaba con ser maestra, pero ese día estaba nerviosa por un examen sobre la Revolución de Mayo. “¿Falta mucho para Corrientes y Callao?”, le preguntó a Miguel, asomándose desde su asiento. “Dos paradas, pequeña, yo te aviso”, respondió él con tono paternal. Esa cercanía era parte de la magia del colectivo: el chofer no era solo un conductor, sino un guía, un confidente de la ciudad.
Al lado de Marta estaba Ernesto, un jubilado de 70 años que viajaba al centro a cobrar su pensión. Llevaba un saco gastado y un sombrero que había visto mejores días. “En mi época, los colectivos eran más tranquilos, pero igual se llegaba tarde”, refunfuñaba, aunque su tono era más nostálgico que crítico. En otro asiento, una madre joven, Lucía, intentaba calmar a su bebé, que lloraba sin parar. “Shh, mi amor, ya llegamos”, susurraba, mientras el traqueteo del colectivo parecía arrullarlo. Los demás pasajeros, lejos de molestarse, le ofrecían sonrisas comprensivas; en ese Buenos Aires, la paciencia era una virtud compartida.
El tráfico afuera seguía su danza caótica. Un taxista en un Siam Di Tella negro con techo amarillo insultaba a otro conductor por no darle paso, mientras un carro tirado por un caballo pasaba lentamente, cargado de cartones. En la esquina de Rivadavia y Medrano, un policía de uniforme azul oscuro, con coberturas blancas en las mangas que resaltaban sus gestos, dirigía el tránsito con movimientos exagerados, como si estuviera en un escenario. Miguel lo saludó con un toque de bocina, y el policía respondió con un gesto amistoso. “Ese es el Gordo López, siempre anda por acá”, le comentó a Juancho, quien asintió mientras cebaba otro mate.
El 60 avanzaba a paso firme, aunque no sin sobresaltos. En un momento, un Falcon que venía de contramano obligó a Miguel a frenar de golpe, haciendo que todos los pasajeros se tambalearan como un sólo cuerpo, agarrándose con fuerza de las tiras de plástico duro que colgaban de un caño en el techo. “¡Qué loco este tipo!”, exclamó Miguel, pero no perdió la calma. Pese a todo, el colectivo seguía siendo un refugio de orden en medio del caos de la ciudad, gracias a la pericia de choferes como él, que conocían el ritmo de Buenos Aires como si fuera una partitura.
El olor a diésel y el calor del motor se colaban por las ventanas abiertas, mezclándose con el aroma del café que alguien había comprado en un bar y el perfume dulzón de una señora que se había excedido con la colonia (para no hablar del olor de axilas transpiradas expuestas por los brazos en alto que se aferraban a los varios pasamanos metálicos que recorrían todo el largo del colectivo) . Pero nadie se quejaba; era parte de la rutina de viajar en colectivo. Al llegar a la parada de Corrientes y Callao, Miguel anunció: “¡Corrientes y Callao, para la señorita estudiante!”. Marta se levantó, agradeció con un tímido “gracias” y bajó, perdiéndose entre la multitud que llenaba las veredas. Rosa también descendió, no sin antes pagarle a Miguel los 50 centavos que le debía. “Nos vemos mañana”, le dijo, y Miguel respondió con un “Que tenga buen día”. El colectivo siguió su ruta, dejando atrás risas, charlas y el eco de un tango que se desvanecía en el aire.
Mirando hacia atrás, ese Buenos Aires de los 80 parece un sueño lejano, un tiempo más simple donde el colectivo era un pequeño universo de humanidad. No todo era perfecto: el humo, el hacinamiento, el caos del tráfico podían agotar a cualquiera. Pero había algo en esa vida que hoy añoramos: la cercanía, la espontaneidad, el sentir que todos, de alguna manera, éramos parte de un mismo viaje. Tal vez, en ese traqueteo del 60, en las charlas de Miguel y Juancho, en las sonrisas de los pasajeros, estaba el alma de un Buenos Aires que, aunque imperfecto, sabía cómo hacernos sentir vivos. Invito al lector a cerrar los ojos e imaginar ese viaje, con su ruido, su calor, sus olores y su gente, y preguntarse si, en nuestra prisa moderna, no habremos perdido algo de esa magia.
por Alfonso Beccar Varela y Grok.
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