León XIV

Hoy, 8 de mayo de 2025, la Iglesia Católica ha acogido a Robert Prevost como Papa León XIV, un acontecimiento que resuena en los corazones de los fieles y en un mundo que, en su desorientación, parece alejarse de Nuestro Señor. Desde el balcón de la Basílica de San Pedro, sus primeras palabras fueron un llamado universal: «Que mi saludo de paz llegue a toda la Tierra. La paz sea con todos vosotros, hermanas y hermanos. Dios nos ama a todos incondicionalmente». Añadió que «Dios nos ama a todos y el mal no prevalecerá», exhortando a una «paz humilde y desarmada» y a «construir puentes mediante el diálogo», con un énfasis en la unidad, la esperanza y la renovación espiritual. Estas palabras, pronunciadas en español, reflejan un tono pastoral, pero su vaguedad despierta tanto expectativas como inquietudes entre quienes ven en el Magisterio el fundamento inquebrantable de la fe. Para comprender las ideas y principios que podrían guiar a León XIV, su currículum ofrece pistas valiosas: una vida marcada por la formación agustiniana, el servicio misionero en Perú, el liderazgo administrativo y una cercanía al pontificado de Francisco. Invito al lector a reflexionar sobre este nuevo pontificado, evaluando cómo su trayectoria podría moldear su misión, siempre con la doctrina tradicional como faro.

Nacido en Chicago en 1955, de ascendencia española, francesa e italiana, Prevost creció en un hogar católico donde la fe era vivida con fervor. Su padre, catequista, y la presencia constante de sacerdotes en su casa forjaron su vocación temprana. Ingresó al noviciado de la Orden de San Agustín en 1977, tras obtener un título en Matemáticas por la Universidad de Villanova, una maestría en Divinidad por la Catholic Theological Union y un doctorado en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma. Su tesis sobre el rol del prior local en la orden agustiniana revela un interés por la autoridad al servicio de la comunidad, un principio que podría reflejarse en su visión del papado. Ordenado sacerdote en 1982, su formación intelectual y espiritual, arraigada en San Agustín, sugiere una inclinación hacia la humildad y la búsqueda de la verdad divina, como enseñó el santo: «No hay paz sin verdad, ni verdad sin Cristo» (Confesiones, 397). Sin embargo, esta formación también lo expuso a corrientes modernas, lo que genera preguntas sobre cómo equilibrará la ortodoxia con las demandas de un mundo secularizado.

Su labor misionera en Perú, desde 1985 hasta 1998, con un breve intervalo, marca un pilar de su trayectoria. En Trujillo, fue párroco, profesor de seminario, juez eclesiástico y administrador, mostrando una cercanía a los pobres y marginados que resuena con el mandato de Nuestro Señor de amar al prójimo. Esta experiencia, reforzada por su ciudadanía peruana, indica un compromiso con la justicia social, pero también plantea interrogantes sobre si priorizará esta dimensión sobre la enseñanza doctrinal. San Juan Bosco, que transformó vidas con su fe práctica, nos recuerda que «la caridad sin verdad es ciega» (Memorie Biografiche, 1878). Si León XIV canaliza esta pastoral hacia la proclamación clara del Evangelio, su pontificado podría ser un puente entre los necesitados y la verdad eterna.

Como prior general de los agustinos entre 2001 y 2013, Prevost demostró habilidades administrativas, liderando una orden global y visitando casi 50 países. Su reelección refleja un reconocimiento a su capacidad de unir diversas perspectivas, un rasgo que podría servirle para abordar la polarización eclesial. Sin embargo, su énfasis en la «humildad» como «fundamental para todo discípulo de Cristo» (entrevista de 2023) podría interpretarse como una apertura excesiva al diálogo, especialmente en un contexto donde la sinodalidad amenaza la autoridad del Magisterio. El Concilio de Trento proclamó que «la fe es una, y su verdad no admite negociación» (Decreta, 1563). Los fieles esperan que esta humildad se traduzca en una defensa firme de la doctrina tradicional, no en concesiones a las modas del momento.

Su rol como prefecto del Dicasterio para los Obispos desde 2023, nombrado por Francisco, lo colocó en el corazón de la Curia, supervisando la selección de obispos a nivel mundial. En una entrevista con Vatican News, expresó que «nuestro primer deber es comunicar la belleza y la alegría de conocer a Jesús», sugiriendo un enfoque pastoral sobre el doctrinal. Esta visión, alineada con Francisco, incluyó la incorporación de tres mujeres al proceso de selección de obispos, un gesto que, aunque enriquecedor según él, preocupa a quienes ven en estas reformas un alejamiento de la tradición. San Pío X advirtió que «la fe no es un sentimiento, sino una verdad que debe enseñarse con claridad» (Pascendi Dominici Gregis, 1907). Si León XIV prioriza la experiencia espiritual sobre la enseñanza precisa, podría alimentar ambigüedades que inquietan a los defensores de la ortodoxia.

Las controversias sobre su manejo de casos de abuso sexual durante su tiempo en Perú y como provincial en Chicago son una sombra en su currículum. Acusaciones de negligencia en Chiclayo (2022) y de permitir la presencia de un sacerdote acusado en Chicago (2000) han sido negadas por la diócesis, que afirma que Prevost siguió los protocolos canónicos. Sin embargo, estas críticas, planteadas por grupos como SNAP, subrayan la necesidad de un liderazgo transparente. San Juan Pablo II enseñó que «la justicia de Dios exige reparación para las víctimas» (Veritatis Splendor, 1993). Su silencio público sobre estos casos, aunque no definitivo, genera dudas sobre su capacidad para abordar una de las heridas más profundas de la Iglesia.

Sus primeras palabras como Papa, con un llamado a la «paz humilde» y la «unidad», reflejan los principios de su trayectoria: humildad agustiniana, cercanía pastoral y una visión global. Sin embargo, la falta de referencias explícitas al Magisterio en su mensaje inicial inquieta a quienes temen que el diálogo y la inclusión prevalezcan sobre la verdad doctrinal. Su apoyo previo a la sinodalidad, descrito como «el camino para vivir la fe y crecer en hermandad cristiana» (2023), es particularmente alarmante, pues podría debilitar la autoridad del Papa como custodio de la fe. La doctrina tradicional, que proclama la santidad del matrimonio, la defensa de la vida y la redención a través de Jesús, debe ser el cimiento de su pontificado. Como enseñó San Pío V, el Papa es «el guardián de la fe que no cambia» (Regnans in Excelsis, 1570).

Pese a estas preocupaciones, el currículum de León XIV ofrece esperanzas. Su afirmación de que «el mal no prevalecerá» evoca la promesa de Nuestro Señor: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18). Su experiencia misionera sugiere un corazón abierto a los marginados, que podría revitalizar la evangelización si se arraiga en la verdad. Santa Teresa de Ávila nos recuerda que «la verdad de Dios es nuestra fortaleza» (Camino de Perfección, cap. 40). Su formación intelectual y administrativa lo equipa para unificar a una Iglesia polarizada, siempre que priorice el Magisterio sobre experimentos como la sinodalidad. Además, su visión global, expresada en el saludo a «toda la Tierra», podría aprovechar plataformas digitales como X para llevar la doctrina tradicional a los jóvenes, como propuso Donoso Cortés: «La verdad, cuando se proclama con valentía, transforma corazones» (Ensayo sobre el catolicismo, 1851).

El Magisterio es la brújula de este pontificado. En un mundo que exalta el subjetivismo, León XIV debe enseñar con claridad las verdades de la fe, confirmando a los fieles en su camino hacia Jesús (Lucas 22:32). Su currículum revela un hombre de fe, servicio y obediencia, pero también expuesto a influencias modernas que podrían desviar su rumbo. Las inquietudes son reales: la ambigüedad de su mensaje, su origen estadounidense, las acusaciones de negligencia y el riesgo de la sinodalidad exigen respuestas firmes. Sin embargo, las esperanzas son igualmente poderosas: un Papa que custodie la doctrina, alcance a los necesitados, unifique a los fieles y evangelice con audacia puede transformar este momento en una primavera de la fe. Como nos enseñó Santa Teresa, «nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda» (Poesías, 9). Invito al lector a rezar por León XIV, para que, guiado por el Espíritu Santo, haga brillar la luz de Nuestro Señor, cumpliendo el mandato de San Ignacio de Loyola: «Todo para mayor gloria de Dios» (Ejercicios Espirituales, 1548).

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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