Hay muchos más Elías Rodríguez de lo que creemos

La noche del 21 de mayo de 2025, Elías Rodríguez, un activista de 30 años vinculado al Party for Socialism and Liberation (PSL), asesinó a Sarah Lynn Milgrim y Yaron Lischinsky, empleados de la embajada israelí, frente al Capital Jewish Museum en Washington, D.C. Gritando “Lo hice por Gaza. Palestina libre” (Reuters, 22 de mayo de 2025), Rodríguez perpetró un acto que expuso las consecuencias de un fenómeno cultural y psicológico: la demonización de Israel y la santificación de la causa palestina, especialmente entre una juventud que parece desinteresada en la verdad histórica o la complejidad del conflicto en Oriente Medio. Esta narrativa simplista ha moldeado percepciones, alimentado la violencia y dejado un rastro de responsabilidad compartida.

En las últimas dos décadas, una narrativa dominante ha ganado terreno en círculos progresistas, particularmente entre la juventud occidental. Israel es presentado como un opresor colonialista, mientras la causa palestina se eleva a un símbolo de resistencia y justicia. Un estudio de Pew Research Center (2024) revela que el 61% de los estadounidenses menores de 30 años ven la causa palestina como “principalmente justa”, frente al 41% que apoya a Israel. Esta percepción surge de una campaña que combina activismo, redes sociales y educación sesgada. Organizaciones como el PSL promueven una visión antiisraelí que glorifica la “resistencia” palestina, a menudo sin distinguir entre acciones pacíficas y violentas (The Jerusalem Post, 22 de mayo de 2025). Rodríguez, quien participó en un grupo de estudio del PSL en abril de 2025, compartía en su cuenta de X (@kyodo.leather) contenido incendiario, como un video incitando a “bombardear Tel Aviv” y mensajes como “Muerte a Israel” (The Jerusalem Post, 22 de mayo de 2025). Estas ideas, amplificadas por algoritmos que priorizan contenido polarizante (MIT Technology Review, 2023), crean cámaras de eco donde la complejidad histórica se reduce a eslóganes.

La juventud, especialmente la Generación Z, muestra un desinterés por la historia compleja de Oriente Medio. Según The Atlantic (2023), los jóvenes prefieren fuentes rápidas como TikTok o X, donde videos de 15 segundos o publicaciones virales moldean opiniones más que los análisis históricos. En este contexto, la causa palestina se presenta como una lucha moral clara, mientras Israel es caricaturizado como un estado genocida. La historia de los pogromos, la Shoá, los desplazamientos de judíos de países árabes o los atentados contra civiles israelíes rara vez aparece en estas narrativas. Forward (22 de mayo de 2025) argumenta que cánticos como “intifada” o “desde el río hasta el mar” pueden interpretarse como llamados a la violencia por individuos radicalizados como Rodríguez. Su ataque refleja cómo una narrativa santificada puede justificar actos extremos en mentes susceptibles, ignorando hechos como la fundación de Israel como refugio para un pueblo perseguido o los acuerdos de paz rechazados por líderes palestinos.

Quienes normalizan esta versión unidimensional del conflicto—activistas, académicos, influencers y medios—comparten una responsabilidad moral en tragedias como la de anoche. Al demonizar a Israel y presentar a los palestinos como víctimas absolutas, se crea un marco donde cualquier acción contra “el opresor” parece justificada. The Washington Post(22 de mayo de 2025) reportó que algunos usuarios en X defendieron a Rodríguez, argumentando que las víctimas “representaban la opresión sistémica”. Otros recurren al “whataboutism”: “Los judíos mataron a muchos palestinos, así que esto es una reacción” (The New York Times, 2023). Esta mentalidad erosiona la empatía hacia las víctimas judías, como Milgrim, voluntaria de Tech2Peace para el diálogo entre palestinos e israelíes, y Lischinsky, su prometido (CNN, 22 de mayo de 2025). Como señala Hannah Arendt en Sobre la violencia (1970), “la violencia no resuelve conflictos; solo destruye la posibilidad de diálogo.” La normalización de la retórica antiisraelí no ha avanzado la justicia para los palestinos, sino que ha engendrado más dolor y polarización.

Es una vergüenza que, en 2025, una parte de la juventud (y lamentablemente muchos adultos también) justifiquen o racionalicen el asesinato de inocentes basándose en narrativas sesgadas. La santificación de la causa palestina, despojada de matices, deshumaniza a las víctimas judías y perpetúa un ciclo de odio. Como católico, me duele ver cómo se ignora el mandato de Jesús de amar al prójimo, reemplazándolo por una ideología que premia la indignación sobre la verdad. Esta tragedia nos invita a preguntarnos: ¿cómo hemos llegado a un punto donde la verdad histórica es sacrificada por eslóganes? ¿Cómo podemos recuperar un diálogo que respete la dignidad de todos, palestinos e israelíes? Que las muertes de Milgrim y Lischinsky nos llamen a buscar la verdad con humildad y a rechazar la violencia con la fuerza de la razón y la fe.

Por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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