Un Dios "a la carte"



La gran estafa espiritual de nuestra época no es tanto discutir si Dios existe, o si todos creemos en el mismo Dios. El verdadero problema es más profundo, más siniestro y más cotidiano: el hombre se cree con derecho a inventar a Dios a su medida, a recortarlo, pulirlo, descartar lo que le molesta y quedarse solo con lo que le queda cómodo… y encima actúa como si con esa operación de cirugía estética divina hubiera cambiado la realidad de quién es Dios.

Es el relativismo teológico en su máxima expresión: “mi verdad”, “mi Dios”, “mi espiritualidad”. Ya no se trata de buscar a Dios y rendirse ante Él. Se trata de fabricar un ídolo que apruebe mi vida tal como es.
Empecemos por casa. Los que dicen creer en “el Dios de la Biblia” son los primeros en practicar esto. Eligen el Dios amoroso del Nuevo Testamento, el que perdona, abraza y pone la otra mejilla… pero silencian al del Antiguo, el Santo, el Celoso, el que fulmina desobediencia, ordena guerras contra la idolatría y exige santidad radical. Olvidan que es el mismo Dios, revelación progresiva: primero prepara con la Ley para que entendamos cuánto necesitamos salvación, después viene en persona a pagarla. No cambió de carácter. Se mostró más profundo. Pero el hombre moderno dice “eso era otra época” y arma su propio Jesucristo light: inclusivo, nunca juzga, bendice todo lo que yo quiero. Es “cristianismo de cafetería”: te servís el amor, el perdón y la misericordia… y dejás en la bandeja el juicio, el infierno, la moral sexual y el arrepentimiento y la necesidad de conversión. No es fe. Es autoayuda con aureola.
Y esto no es solo cristiano light. Es el patrón universal del hombre que no quiere someterse.
En el hinduismo no hay un Dios único que se revela paso a paso. Hay deidades distintas con caracteres opuestos: Vishnu el preservador amoroso, Shiva el destructor asceta, Kali la fiera de la lengua afuera y collar de cabezas que exige sangre. Nadie dice que son “etapas del mismo”. Son dioses separados, cada uno con sus templos y sus devotos. El hombre elige cuál le sirve según su necesidad del momento.
En las tradiciones africanas yoruba pasa igual: Olodumare es el creador lejano, pero la gente reza y ofrece sacrificios a los orishas: Shango del trueno y la justicia, Ogun de la guerra y el hierro, Yemayá del mar y la maternidad. Entidades con voluntades propias, colores, días y ofrendas específicas. Otra vez, multiplicidad real. El hombre elige su santo protector según lo que le conviene: uno para el amor, otro para la plata, otro para la venganza.
Y llegamos al caso más claro del “pionero del Dios a la carta”: Mahoma y el Islam. Toma del judaísmo y del cristianismo lo que le sirve (monoteísmo, profetas, juicio final, paraíso), descarta lo que no (Trinidad, encarnación, crucifixión real, relación filial con Dios). Arma el tawhid absoluto: Alá uno, indivisible, sin “socios”. Jesús es solo profeta, la cruz fue ilusión. Y de yapa, promete a los mártires huríes vírgenes en un paraíso lleno de placeres sensoriales y sexuales (Corán 55, hadices de 72). ¿Resultado? Un Dios que justifica perfectamente la visión del mundo, el liderazgo y las conquistas del siglo VII árabe. No fue revelación progresiva. Fue selección selectiva. Mahoma moldeó a Alá a su medida… y el mundo sigue pagando las consecuencias de esa customización.
El relativismo posmoderno aplaude todo esto: “¡Qué lindo, cada uno tiene su camino al mismo Dios!”. Pero es mentira. Porque si Dios es real, trascendente, inmutable y objetivo, no soy yo quien decide qué es Dios. Es Él quien se revela como es, y yo quien debe rendirse o rechazarlo. Pretender lo contrario es la idolatría más sofisticada de la historia: fabricar un dios que me apruebe en vez de adorar al que me exige conversión.
El hombre no cambia a Dios por más que lo recorte. Solo se engaña a sí mismo y construye un ídolo cómodo que al final no salva a nadie.
Por eso yo no compro el eslogan de la "buena onda universal". Prefiero mirar las cosas de frente: o hay un Dios que se reveló de verdad (y el resto son intentos humanos más o menos nobles), o todos estamos inventando fantasías a nuestra imagen y semejanza.

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