Tupac Amarú y nuestra bandera
La historia del Sol de Mayo en la bandera argentina entrelaza de manera profunda la herencia incaica con la gesta independentista rioplatense, un vínculo que se materializa en la figura de Juan de Dios Rivera Túpac-Amaru y en la rebelión de su tío, Túpac Amaru II.
Túpac Amaru II (José Gabriel Condorcanqui Noguera, 1738-1781) fue el líder de la mayor sublevación indígena contra el dominio español en el Virreinato del Perú. Descendiente directo de los últimos incas de Vilcabamba, invocó el legado de sus ancestros y el dios solar Inti como símbolo de justicia, resurgimiento y resistencia frente a los abusos coloniales: tributos excesivos, mita forzada y explotación. Su rebelión, iniciada en noviembre de 1780 con la ejecución del corregidor Antonio de Arriaga en Tinta (Cusco), se extendió por el sur andino y amenazó el control español en vastas regiones. Sin embargo, fue derrotado en 1781: capturado, torturado y ejecutado de forma brutal en la Plaza de Armas del Cusco. Primero se ahorcó a su esposa Micaela Bastidas y a sus hijos; luego, a él se le cortó la lengua, se le decapitó y se descuartizó su cuerpo, dispersando los restos para infundir terror y disuadir futuras revueltas.
Entre los afectados por la represión se encontraba la familia de Juan de Dios Rivera Túpac-Amaru (Cusco, ca. 1760 - Buenos Aires, 1843), grabador, platero y artesano descendiente de la nobleza incaica. Su madre, la ñusta Juana de la Concha Túpac Amaru, era prima hermana de José Gabriel Condorcanqui, lo que convertía a Túpac Amaru II en su tío (o tío segundo en términos genealógicos precisos). Tras la ejecución de 1781 y la persecución sistemática contra parientes y allegados de los rebeldes (con ejecuciones, confiscaciones y destierros), la familia de Juan de Dios huyó del Cusco. Cruzaron los Andes hacia el sur y se instalaron en el Virreinato del Río de la Plata: primero en Córdoba (donde aprendió y ejerció el oficio de platero), luego en Luján y finalmente en Buenos Aires alrededor de 1790. Allí, ya radicado como artesano, se casó con Mercedes Rondeau y ganó reconocimiento por su habilidad en grabados y objetos de plata.
En 1813, la Asamblea del Año XIII lo contrató para diseñar el sello oficial y las primeras monedas argentinas (de 8 reales en plata y oro). En ese contexto, Rivera creó el Sol de Mayo: un sol radiante con rostro humano y 32 rayos (16 rectos y 16 flamígeros intercalados), inspirado directamente en el dios Inti de la tradición incaica —el mismo que Túpac Amaru II había invocado como emblema de libertad y renacimiento andino—. Este sol, grabado con maestría cusqueña, simbolizaba un "nuevo amanecer" para las Provincias Unidas del Río de la Plata, fusionando herencia indígena americana con los ideales republicanos de la Revolución de Mayo.
Cinco años después, en 1818, el Congreso incorporó ese mismo diseño a la bandera mediante una ley del 25 de febrero, propuesta por el diputado Luis José de Chorroarín y promulgada bajo el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón. Se estableció como distintivo de la "bandera de guerra" o "bandera mayor" (con sol), reservada para usos oficiales, estatales y militares, mientras que los particulares, escuelas, hospitales e instituciones civiles debían usar la "bandera menor" o "bandera civil" (celeste-blanco-celeste sin sol). Esta distinción se reforzó en 1944 con el Decreto Nº 10.302 del gobierno de facto de Edelmiro Farrell, cuyo artículo 3° prohibía expresamente a los particulares enarbolar la versión con sol.
Durante décadas —incluyendo las de mi infancia en los primeros años '70—, esta norma se aplicó con rigor: en actos oficiales y edificios públicos flameaba la bandera con sol (la "oficial" o "de guerra"), mientras que en hogares y usos cotidianos predominaba la sin sol. La separación generaba confusión y limitaba la apropiación plena del símbolo por parte de la ciudadanía.
Esta dualidad se eliminó definitivamente en 1985, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, con la sanción de la Ley Nº 23.208 (promulgada el 16 de agosto de ese año). La ley derogó normas previas que sustentaban la distinción y estableció en su artículo 1° que la única Bandera Oficial de la Nación es la celeste y blanca con el Sol de Mayo en el centro. Otorgó derecho de uso a gobiernos, reparticiones oficiales y, explícitamente, a particulares e instituciones civiles, siempre con respeto y honor. Fue un acto simbólico de democratización tras la dictadura, devolviendo el emblema completo —incluido el sol inspirado en Inti— a toda la sociedad argentina.
Así, el Sol de Mayo une dos historias: la rebelión andina de Túpac Amaru II contra la opresión colonial, y la independencia rioplatense que, a través de su sobrino exiliado Juan de Dios Rivera, incorporó ese símbolo solar como emblema de libertad y resurgimiento. Hoy, al flamear en cualquier balcón o acto público, recuerda no solo la gesta de Belgrano y San Martín, sino también el legado incaico que cruzó fronteras y siglos para formar parte de nuestra identidad nacional.

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