Sufro, luego existo. La víctima como héroe



Sufro, luego existo. La víctima como héroe Pascal Bruckner Siruela, 2026

Hay libros que llegan como un sopapo en plena siesta colectiva. Este es uno de ellos. Pascal Bruckner, con esa mezcla de elegancia francesa y mala leche lúcida que lo caracteriza desde hace décadas, nos entrega un ensayo que podría titularse también El lamento como bandera o Competencia por el podio del padecimiento. El título, por supuesto, es una variación cínica del famoso cogito cartesiano, pero llevado al terreno del exhibicionismo moral contemporáneo: ya no pienso, sufro; y cuanto más sufro (o cuanto mejor lo demuestro), más existo, más valgo, más derechos acumulo.

Bruckner diagnostica con precisión quirúrgica lo que muchos sospechábamos pero pocos se atrevían a nombrar sin eufemismos: la victimización se ha convertido en la principal moneda de intercambio simbólico de Occidente. Ya no se trata solo de reconocer el sufrimiento real —que lo hay, y mucho—, sino de convertir el sufrimiento (real, exagerado o inventado) en certificado de nobleza. El que más duele, gana. Y si no duele lo suficiente, se inventa o se amplifica. Hasta los privilegiados, los ricos, los blancos heterosexuales de clase media-alta, compiten por un lugarcito en la aristocracia del margen. Es la paradoja suprema: en la sociedad más cómoda y segura de la historia, el estatus más codiciado es el de víctima.

El libro avanza con ritmo de panfleto lúcido y bien documentado. Bruckner recorre el camino desde la Ilustración —que prometía emancipación y dominio sobre el destino— hasta esta era del resentimiento sacralizado. La modernidad, que debía liberarnos del fatalismo, ha parido en cambio una humanidad que se complace en lamerse las heridas. El sufrimiento ya no es un accidente del que se sale; es una identidad, un capital moral, un arma política. Y como todo capital, genera competencia feroz: la “competencia victimista” que describe Bruckner con frases que duelen de tan exactas.

Hay páginas particularmente feroces cuando analiza cómo el culto al dolor alimenta el resentimiento y la venganza como pasiones políticas dominantes. El mártir ya no es excepción; es modelo. La pose de la exclusión se ha vuelto mainstream. Y en el centro de todo, una pregunta incómoda que Bruckner lanza como granada sin seguro: ¿serán capaces las generaciones criadas en la hipersensibilidad, el miedo al roce y la demanda permanente de reconocimiento, de enfrentar un mundo que —pese a todo lo que digamos— sigue siendo caótico, violento y lleno de catástrofes?

No es un libro complaciente. Bruckner no reparte caricias. Critica por igual a neofeminismos identitarios, antirracismos profesionales, empresarios de la memoria histórica y hasta ciertas derivas pro-palestinas o LGTBQ cuando se convierten en puro postureo victimario. Eso le valdrá, como siempre, ser acusado de reaccionario, de insensible, de privilegiado que no entiende nada. Pero la fuerza del texto está precisamente ahí: en su negativa a callar por miedo a la excomunión moral del momento.

¿Debilidades? Algunas. A ratos el tono se vuelve tan tajante que roza la caricatura; uno echa de menos un poco más de matices en ciertos ejemplos. Además, la solución que insinúa —volver a la acción, romper el apego narcisista al propio sufrimiento, recuperar la capacidad de superar el trauma en lugar de instalarse en él— suena un poco a receta ilustrada del siglo XVIII, admirable pero difícil de aplicar en masa en una época que premia justamente lo contrario.

Aun así, Sufro, luego existo es de esos ensayos que dejan marca. No porque ofrezca consuelo, sino porque quita excusas. Bruckner nos recuerda que el verdadero heroísmo no consiste en exhibir el certificado de sufrimiento más grande, sino en levantarse pese a él. O, mejor aún, en dejar de convertirlo en la única prueba de que uno está vivo.

Recomendado para quien todavía cree que la lucidez duele menos que la autocompasión perpetua. Y para quien sospecha que, en el fondo, Descartes se habría horrorizado al ver en qué hemos convertido su pobre cogito.

 

Comentarios

  1. Muy acertadas las criticas de Bruckner a la sociedad actual ,salpicada de autocompasión y resentimiento.
    A que se deberá?
    Falta de disciplina,falta de formación,pero sobre todo falta de fé.

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  2. Muy buen artículo!! Gracias Alfonso! es tan aburrido vivir encerrado en uno mismo! la victimización está de moda y se lucra mucho con eso...lleno de psicólogos que viven de terapias eternas para sanar supuestas heridas. Tanto más sano es la resiliencia!

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