Reflexiones desde la fe laical sobre el Mensaje de la Comisión Permanente de la CEA




Hermanas y hermanos en la fe y en la patria:

Con respeto y gratitud recibimos el mensaje de los obispos reunidos en la 202ª Comisión Permanente. Valoramos sinceramente su esfuerzo por mantener viva una “memoria íntegra y luminosa”, su condena clara a toda forma de violencia, su invocación al Beato Mamerto Esquiú y al Evangelio que nos recuerda que “la verdad nos hará libres”, y su llamado a construir una comunidad nacional en verdadera hermandad, con el primado de la dignidad humana y el cuidado de los más vulnerables.

El texto contiene afirmaciones valiosas que todo católico puede y debe suscribir: la democracia se envilece cuando deja afuera a alguien; el trabajo digno y la protección de los más frágiles son ejes del bien común; la paz social exige diálogo sincero, rechazo del insulto y desarme del lenguaje; la memoria no debe servir para ajustar cuentas, sino para evitar repetir errores y orientarnos hacia un futuro mejor.

Sin embargo, precisamente porque el documento invoca una memoria íntegra, surgen algunas preguntas serenas que merecen ser formuladas en voz alta, sin ánimo de confrontación. El mensaje reconoce “un ambiente general de violencia” antes del 24 de marzo de 1976, pero centra inmediatamente toda la “oscura noche” en “la tragedia del terrorismo de Estado”. El propio libro que citan los obispos —La Verdad los Hará Libres, elaborado a pedido de la CEA— analiza con detalle la espiral de violencia desde 1966: secuestros, asesinatos, atentados y la estrategia revolucionaria armada que ya había cobrado cientos de víctimas. ¿Por qué en este pronunciamiento pastoral no se condensa con igual claridad esa otra mitad de la tragedia? ¿No forma parte también de la memoria íntegra que el Papa Francisco nos pide no mutilar?

Al revisar los mensajes de la CEA en aniversarios anteriores (2016, 2006 y otros), se observa un patrón recurrente en su modo de abordar este capítulo de nuestra historia: fuerte y explícita condena al terrorismo de Estado y a las desapariciones, junto con una mención mucho más tenue, casi elíptica, del terrorismo subversivo que precedió y, en parte, provocó el golpe. Al mismo tiempo, el acento se ha ido desplazando cada vez más hacia categorías de la Doctrina Social más reciente (amistad social, desarrollo humano integral), mientras temas clásicos de la enseñanza moral católica quedan prácticamente ausentes o muy atenuados. ¿No sería hora de que la CEA, al cumplir cincuenta años del golpe, ofrezca precisamente la síntesis que su propio libro reciente permite: reconocer sin atenuantes tanto el horror del terrorismo de Estado como la responsabilidad moral e ideológica que lo precedió?

El documento concluye pidiendo un “proyecto estratégico de desarrollo” que privilegie “las puntas de la vida: los ancianos y los niños”. Nadie puede oponerse a esa noble intención. Y aquí la enseñanza católica aporta una claridad que enriquece el llamado episcopal: la vida que la Iglesia siempre ha defendido es la vida humana entera, desde su concepción hasta su fin natural. Cuando hablamos de dignidad y de “puntas de la vida”, la Doctrina Social y la moral católica nos invitan a incluir también al niño en el seno materno, al discapacitado, al anciano frágil y a quien piensa distinto. ¿No sería parte de esa “democracia justa” y de esa memoria íntegra recordar que la violencia contra la persona comienza también cuando se relativiza el derecho a nacer o se fragmenta la familia por otras vías?

Por otra parte, el mensaje insiste en “una presencia inteligente y eficiente del Estado” como clave para garantizar la dignidad, la igualdad y la participación plena de los ciudadanos. Como en tantos documentos anteriores, parece depositar una confianza especial en un Estado presente y activo como principal agente de solución. La historia reciente de nuestro país muestra con dolor que ese modelo de Estado expansivo ha generado, en demasiadas ocasiones, inflación crónica, dependencia clientelar, desincentivo al esfuerzo y frustración colectiva. Cabría preguntarse serenamente por qué el texto no menciona también la libertad individual, la propiedad privada como motor de la creación de riqueza y el principio de subsidiariedad, elementos que la Doctrina Social de la Iglesia —desde Rerum Novarum hasta Centesimus Annus— ha defendido siempre como pilares insustituibles del verdadero desarrollo humano. ¿No enriquecería sustancialmente el llamado a una “democracia justa” integrar esos aspectos con el mismo énfasis que se da al rol estatal?

No pedimos confrontación. Pedimos coherencia con la propia invocación a la memoria íntegra. La Iglesia argentina tiene en sus archivos, en su libro de 2023 y en su tradición bimilenaria los elementos para ofrecer al país una palabra que integre sin mutilar: condena inequívoca de toda violencia —subversiva y estatal—, autocrítica serena de sus propios errores pasados y presentes, y anuncio pleno de la Doctrina Social Católica sin reducirla a una sola agenda.

Solo así la frase “Queremos ser Nación” dejará de ser un anhelo piadoso y se convertirá en realidad. Solo así la verdad —toda la verdad— nos hará realmente libres.

Que la Virgen de Luján, Madre de todos los argentinos sin exclusiones, nos obtenga de su Hijo la gracia de la lucidez y la valentía pastoral que el momento reclama.

Buenos Aires, 19 de marzo de 2026  

Alfonso Beccar Varela

Un laico católico que ama a la Iglesia y a la patria.

Con la ayuda de mi asistente Grok

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