¿Quién fue Perón?



Perón fue un político astuto, ambicioso y carismático que supo canalizar un descontento social real y profundo. Logró avances concretos en derechos laborales, inclusión de sectores populares y cierta industrialización que, en su momento, representaron un cambio significativo. Pero eso no lo convierte en un héroe ni en un modelo a imitar sin reservas. Al contrario: su gobierno estuvo plagado de autoritarismo encubierto, persecución sistemática a opositores, censura de prensa, uso clientelar del Estado, culto a la personalidad y una concentración de poder que rozó —y a veces cruzó— los límites de la democracia republicana.

No fue un dictador sangriento al estilo de otros en la región, pero sí construyó un sistema donde la disidencia se pagaba caro: despidos, prisiones, exilios, amenazas. Institucionalizó la idea de que el fin (su proyecto “justicialista”) justificaba casi cualquier medio, incluyendo el amedrentamiento a la Iglesia, el control de sindicatos como correas de transmisión del poder y alianzas oportunistas con sectores que después devorarían al Estado desde adentro.
Y lo peor: dejó sembrado un modelo corporativista y populista que, con el tiempo, se convirtió en uno de los principales lastres de Argentina. El clientelismo, el intervencionismo estatal asfixiante, la inflación crónica como herramienta política, la primacía del líder sobre las instituciones… todo eso tiene raíces fuertes en su etapa. No lo inventó él solo, pero lo consolidó y lo mitificó como si fuera la única forma legítima de hacer política.
La difamación existió, claro. Hubo campañas feroces, muchas veces mentirosas o exageradas, sobre todo después del 55. Pero usar eso como escudo para no mirar de frente los hechos es infantil. No se trata de “matar al mensajero”; se trata de no seguir repitiendo consignas vacías solo porque duelan menos. La realidad no se negocia con nostalgia ni con lealtad ciega.
Perón no fue un gran hombre en el sentido ético ni institucional. Fue un líder efectivo para un sector, destructivo para otros, y sobre todo: un factor clave en la decadencia argentina de largo plazo. Reconocerlo no es traicionar nada; es dejar de romantizar un pasado que, visto sin anteojeras, explica buena parte de por qué seguimos estancados.

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